¿Crisis o parálisis nacional?
Hemos querido ser siempre cuidadosos en los términos con que se estudia y se refiere a la política. Más que por una razón de purismo intelectual por razones de política práctica. Si no logramos identificar con la mayor claridad posible los procesos sociales, no podremos actuar de manera objetiva en la consecución de los objetivos propuestos. La utilización de categorías adecuadas parece ser una exigencia de primer orden tanto para los analistas políticos como para aquellos que dedican su vida a la política práctica. Lo es también un imperativo para los medios de comunicación social, cuyo deber no sólo es informar sino también formar una opinión pública para la democracia y el debate.
Voy a referirme a algunos conceptos utilizados cotidianamente, que forman parte del diario debate político y que inducen a graves equívocos que impiden una real comprensión de la realidad nacional. El primero, señalado hasta el cansancio por "improvisados analistas" y por "improvisados políticos" es el de crisis. Con cansada regularidad escuchamos que Panamá se encuentra en una profunda crisis económica, social y política. Mucho me temo que el término crisis se está utilizando con extremada ligereza y su enfermizo uso impide ver la realidad. Crisis significa una situación social extrema, un "punto de no retorno" cuya salida está configurada por una situación excepcional. Nos preguntamos ¿es esa la situación actual de Panamá?. Nos parece que no, en la medida en que los mecanismos de solución de los conflictos sociales, que a no dudarlo existen, puedan ser resueltos por mecanismos institucionales. Hago un comentario no tan lateral sobre Panamá. La mesa de diálogo instalada entre gobierno y oposición va en la vía de intentar que los conflictos sociales no se agudicen y exista una salida democrática a la situación existente. Cosa muy distinta es que apostemos a que ello tendrá un excelente resultado. Ello dependerá de múltiples circunstancias que no es del caso analizar ahora.
Otro de los temas recurrentes es el de que el actual gobierno es similar al de la dictadura que existió en Panamá. Esto no sólo es un dislate sino que una proposición mal intencionada. No existe ninguna similitud entre el actual gobierno y la dictadura vivida en Panamá. Nuestra democracia, aunque recortada y frágil, no consolidada permite, aún en esos márgenes, el juego de las ideas. Apelar a la similitud con la dictadura es una operación mental de "nostálgicos" de aquélla, de quienes creen descubrir el agua tibia diciendo que el gobierno de Mireya Moscoso es igual al de Manuel A. Noriega. No, ni son iguales ni se parecen. Las categorías políticas deben ser utilizadas con propiedad, sobretodo por aquellos que se creen expertos analistas de la política. Ya la mala categorización ha creado estragos en la política mundial, para repetir esos errores en Panamá. Lo mismo se puede decir de la categoría fascismo. Se utiliza con tal liviandad que pierde su carácter descriptivo para transformarse en un lugar común. He escuchado a más de cuatro decir que el gobierno de Mireya Moscoso es fascista. ¿Sabrán los que lo afirman qué es el fascismo?.
Finalmente, con demasiada regularidad escuchamos una prédica antidemocrática. Señalan que lo que vivimos en Panamá, las dificultades económicas y sociales son producto de la democracia. Argumento falaz por dos razones: la primera, porque lo que ocurre en Panamá no es un exceso de democracia, sino una insuficiencia de la misma, que poco tiene que ver con procesos electorales y sí con la participación real de todos en todos los ámbitos de la vida social. En segundo lugar, porque la dictadura resulta un peor remedio para los males sociales.
Sobre la democracia queda un aspecto que sería provechoso resaltar. No se puede ser demócrata descalificando al adversario. No digo que no se debe criticar sus posiciones políticas. Lo que señalo es que para que exista una real democracia se debe reconocer al adversario, reconocer su status y su responsabilidad institucional. Las descalificaciones morales, la apelación al pasado no son argumentos positivos para construir una verdadera democracia. Para los nostálgicos de la dictadura (los que la necesitan porque la quieren o los que le siguen haciendo oposición, aunque ya no exista como régimen político) les señalo: en Panamá lo que se necesita es más democracia. Porque no la ha habido casi nunca. Ni en la vieja república oligárquica de los primos y los "babys", ni con el régimen militar y la existente hoy es insuficiente.
Voy a referirme a algunos conceptos utilizados cotidianamente, que forman parte del diario debate político y que inducen a graves equívocos que impiden una real comprensión de la realidad nacional. El primero, señalado hasta el cansancio por "improvisados analistas" y por "improvisados políticos" es el de crisis. Con cansada regularidad escuchamos que Panamá se encuentra en una profunda crisis económica, social y política. Mucho me temo que el término crisis se está utilizando con extremada ligereza y su enfermizo uso impide ver la realidad. Crisis significa una situación social extrema, un "punto de no retorno" cuya salida está configurada por una situación excepcional. Nos preguntamos ¿es esa la situación actual de Panamá?. Nos parece que no, en la medida en que los mecanismos de solución de los conflictos sociales, que a no dudarlo existen, puedan ser resueltos por mecanismos institucionales. Hago un comentario no tan lateral sobre Panamá. La mesa de diálogo instalada entre gobierno y oposición va en la vía de intentar que los conflictos sociales no se agudicen y exista una salida democrática a la situación existente. Cosa muy distinta es que apostemos a que ello tendrá un excelente resultado. Ello dependerá de múltiples circunstancias que no es del caso analizar ahora.
Otro de los temas recurrentes es el de que el actual gobierno es similar al de la dictadura que existió en Panamá. Esto no sólo es un dislate sino que una proposición mal intencionada. No existe ninguna similitud entre el actual gobierno y la dictadura vivida en Panamá. Nuestra democracia, aunque recortada y frágil, no consolidada permite, aún en esos márgenes, el juego de las ideas. Apelar a la similitud con la dictadura es una operación mental de "nostálgicos" de aquélla, de quienes creen descubrir el agua tibia diciendo que el gobierno de Mireya Moscoso es igual al de Manuel A. Noriega. No, ni son iguales ni se parecen. Las categorías políticas deben ser utilizadas con propiedad, sobretodo por aquellos que se creen expertos analistas de la política. Ya la mala categorización ha creado estragos en la política mundial, para repetir esos errores en Panamá. Lo mismo se puede decir de la categoría fascismo. Se utiliza con tal liviandad que pierde su carácter descriptivo para transformarse en un lugar común. He escuchado a más de cuatro decir que el gobierno de Mireya Moscoso es fascista. ¿Sabrán los que lo afirman qué es el fascismo?.
Finalmente, con demasiada regularidad escuchamos una prédica antidemocrática. Señalan que lo que vivimos en Panamá, las dificultades económicas y sociales son producto de la democracia. Argumento falaz por dos razones: la primera, porque lo que ocurre en Panamá no es un exceso de democracia, sino una insuficiencia de la misma, que poco tiene que ver con procesos electorales y sí con la participación real de todos en todos los ámbitos de la vida social. En segundo lugar, porque la dictadura resulta un peor remedio para los males sociales.
Sobre la democracia queda un aspecto que sería provechoso resaltar. No se puede ser demócrata descalificando al adversario. No digo que no se debe criticar sus posiciones políticas. Lo que señalo es que para que exista una real democracia se debe reconocer al adversario, reconocer su status y su responsabilidad institucional. Las descalificaciones morales, la apelación al pasado no son argumentos positivos para construir una verdadera democracia. Para los nostálgicos de la dictadura (los que la necesitan porque la quieren o los que le siguen haciendo oposición, aunque ya no exista como régimen político) les señalo: en Panamá lo que se necesita es más democracia. Porque no la ha habido casi nunca. Ni en la vieja república oligárquica de los primos y los "babys", ni con el régimen militar y la existente hoy es insuficiente.