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Críticos anónimos


El interés o la pasión por escribir parte de la necesidad personal de comunicar algo que creemos pueda ser útil o interesante para la sociedad de la que somos parte integral, ya sea como partícipes o como consumidores de cultura. También lo es la de encontrar almas gemelas o simplemente por dejar en libertad al trujamán que todos llevamos dentro. En mi caso particular siento la imperiosa necesidad de compartir lecturas, pensamientos, ideas u opiniones obtenidas desde el inmenso placer de la lectura. Compartir un poema, un artículo o un argumento es compartir esa fortuna con aquellos que como yo necesitan del pan intelectual, tanto como de la luz, el agua o el aire.

Siento gran aversión por los comentarios, sean lisonjas o críticas, expresados en forma anónima. Si bien es cierto que se pueden escribir grandes obras, en asuntos opinables el anonimato es una forma irresponsable de enfrentar una situación que por lo demás suele revelar desconfianza, inseguridad y malicia. No suelo leer comentarios u opiniones anónimas, salvo raras excepciones. En verdad algunas son muy útiles, pero se me hace imposible dialogar con fantasmas bajo el seudónimo de Eschizofrenia, Terminator o Troglodita.

La mayoría de los diálogos por la Internet se hacen bajo un reglamento más o menos estricto, pero no faltan quienes expresan su disconformidad de forma irrespetuosa, con insultos o acusaciones humillantes. La escritura es uno de los mayores dones que posee el ser humano y debiera ser respetada y cuidada como si fuera divina, aunque sólo seamos capaces de escribir diatribas. La recriminación y la diatriba también tienen su estilo. Numerosos autores, desde Epícteto a Rafael Alberti, han hecho de ellas una obra de arte. Pero la ofensa gratuita y personal, al margen de la valoración sobre las ideas en disputa, revela la catadura moral e intelectual de quien la emite.

El domingo 11 de este mes salió a la luz un escrito mío intitulado De las mentiras y las formas de escapar. Tal vez el tema central pudo no ser claro para algunos de mis lectores. No era otro que la manipulación que se hace de la realidad y de lo que desde la mentira se concibe como verdadero, ya sea en el campo científico o en el económico, para concluir con una vieja aseveración de Marcuse sobre la concepción unidimensional del mundo y del Hombre. Un tema tal vez demasiado ambicioso para ser tratado en apenas quinientas palabras.

Un lector anónimo, al parecer muy frustrado, no titubeó en atribuir la falta de claridad del artículo a un supuesto consumo de drogas y de alcohol, adicciones de las que doy fe soy un activo y ferviente combatiente, tal como lo pueden corroborar quienes me conocen.

Creo que los comentarios públicos escondidos tras el anonimato son un abuso de la libertad de expresión y no debieran ser admitidos en ningún medio de comunicación, del mismo modo que no se permite publicar sin firma responsable. Una tarea para ser tenida muy en cuenta por los directores de periódicos, encargados de proteger la ética periodística.

101 años de Panamá América

 
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