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Cuando de ideologías se trata


Ortega y Gasset decía que denominarse de izquierda o de derecha, constituía una afrenta al buen juicio. De seguro, tenía presente y mantenía vívido en su memoria, la cruel, descarnada y violentísima guerra civil que por tanto tiempo después dividió y marcó a los españoles y que constituyó el preludio a la Segunda Guerra Mundial.
En un mundo que reclama cada vez más la polarización política, es muy difícil ser un social demócrata. Despreciado por las izquierdas tradicionales, que hipócritamente endosan el desarrollo de relaciones políticas con una China Continental violadora de los derechos humanos, y a quienes gusta cultivar buenas relaciones con gobiernos totalitarios, como el de La Habana, o aspirantes al totalitarismo político, como el de Caracas. O, para quienes, la mejor y única solución política a los males por los que atraviesa la República, consiste en destruir todo lo construido hasta ahora, para que por arte de magia, y por medio de una denominada Asamblea Constituyente Originaria, el desarrollo de un nuevo texto constitucional, por sí y ante sí, sea el comienzo de la solución de todos los problemas que afronta el país.
Incomprendido por la derecha, que quiere romper con la protección mínima que debe el Estado a sus habitantes y ciudadanos más vulnerables y su obligación de colocarlos en igualdad de oportunidades, para el mejor desarrollo de todo su potencial humano. Por lo tanto, fiel creyente en las inversiones en salud, dotación de agua potable, educación, vías públicas, acceso y capacitación para el empleo, seguridad física y jurídica, lucha contra la corrupción, así como el mejoramiento del sistema de administración de justicia. Una derecha, que en sus manifestaciones más extremas, quiere retrotraernos a estadios jurídicos anteriores al gran paso constitucional que se da en el Istmo, a partir de la Constitución Nacional de 1946.
En el plano local, nunca justifiqué ni justificaré los abusos del régimen militar. Pero sí apoyé en su momento los Tratados Torrijos - Carter, así como he apoyado, con ciertas matizaciones, el ejercicio de sendos gobierno presididos por el PRD, luego de instaurada la democracia en la década del ´90. Todo el mundo sabe quién soy yo, así que ni mis amigos ni mis enemigos me dejarán mentir, cuando confieso haber combatido a Noriega desde las aulas universitarias con todas las fuerzas e ímpetu de un joven de esa edad.
Voy a decir algo más para finalizar. Mucha gente cree que no tengo tacto cuando escribo, y mucho menos, cuando hablo. Debo confesar, que lo último que podría aspirar a ser, sería miembro del cuerpo diplomático del país. Los años me han enseñado, no obstante, a procurar, cada vez que hablo en público o en privado, o cada vez que escribo, de no personalizar los temas y tratar de escribir siempre de manera que se destaquen las cosas positivas, y no tanto las cosas negativas. Es una habilidad que uno aprende a desarrollar cada vez mejor, conforme pasa el tiempo, así como mientras más añejo el vino, mejor es su sabor. No siempre se puede, pero de un tiempo para acá, siempre trato.
Entre otras cosas, todavía hay algunos mitos que debemos desterrar de nuestro suelo. Uno de ellos, muy arraigado en la vida política y cultural latinoamericana y por lo tanto, panameña, el que solamente desde la izquierda se pueden hacer aportes que repercuten en el mejoramiento de la calidad de vida de nuestros conciudadanos. Sin pretender ser grandilocuentes, los logros de Estado que se han conseguido a través de esta administración y el enfoque anti populista y serio que se le ha dado a los asuntos de Estado, prueban y seguirán probando en los años por venir, que una derecha sensata, bien articulada, que gestione un gran espacio de centro político con la colaboración de centro izquierdistas como yo, tiene mucho que contribuir al mejoramiento de las condiciones de vida de los panameños, y que además, esa expresión política constituye la de la mayoría de los ciudadanos del país.
Conclusión obligada: Los independientes todavía tenemos algo que decir en los asuntos de nuestro país, y si la política se configura de tal forma, que nos permita participar de los cambios que la República requiere, podemos estar allí para hacer la diferencia. Cuando de ideologías se trata, en la República de Panamá, es importante recordar que esa franja independiente que no pertenece a ningún partido político y que ocupa el centro del espectro político nacional, es la fuerza política más importante del país.
La situación no es nada diferente en Panamá. Una encuesta sobre la Declaración Universal probablemente nos señalaría que su desconocimiento es general. Todavía hoy parece ser un escrito meramente académico con el que la sociedad no se siente vinculada. Nuestro sistema educativo ni siquiera enfatiza en la enseñanza de los derechos y garantías fundamentales consagrados en la Constitución Política, materias que en vez de ser de amplio dominio público quedan en el ámbito casi exclusivo de las autoridades públicas y los abogados.
Para muchos ciudadanos, la Declaración Universal, de saber sobre su existencia, representará un instrumento lejano que engalana las páginas de los libros de texto, no un conjunto de principios que deban ser conocidos, comprendidos y cumplidos estrictamente por gobernantes y gobernados.
Menos aún se sabe en Panamá que fue un jurista panameño, el doctor Ricardo J. Alfaro, el primero en proponer, infructuosamente, que una declaración de derechos humanos fuera incorporada en el texto de la misma Carta de Naciones Unidas en 1945.
Mis anfitriones en la capital norteamericana y sus invitados coincidimos en que los derechos humanos únicamente son aceptados de forma directamente proporcional a la manera en que la sociedad logre su reconocimiento en las leyes que nos gobiernan. Si no prestamos atención a la formulación y aprobación de esas leyes, malamente podremos después lamentarnos acerca de un contenido en el que la Declaración Universal sea materia por completo desconocida.
Salen dos viajes diarios y tres los fines de semana, los que están sujetos a la disponibilidad que tenga la compañía para realizar la travesía. No se observaron viajeros a la espera de una lancha.

101 años de Panamá América

 
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