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Cuando el crimen acecha


En las últimas semanas nos hemos estremecido con nefastas noticias, las cuales relatan crueles crímenes de gente buena y promisoria. En todos se aprecia una falta absoluta de sensibilidad por parte de los perpetradores, quienes alegan, en unos casos, que el robo fue el móvil, y en otro, la conspiración. Pero una constante aparece, que envilece más el crimen: victimarios y víctimas se conocían. La amistad que otrora era sinónimo de afecto y confianza, quizás para algunos hoy es el vínculo propiciatorio de la maldad.
Si bien es cierto que la situación económica de las últimas décadas ha golpeado inmisericordemente a las clases más necesitadas, aumentando los índices de pobreza y de desigualdad social, nada de esto por sí sólo explica ni justifica el aumento de la criminalidad, la violencia y del cinismo de los criminales. Porque valga decirlo, en muchos casos uno escucha a los sindicados con tranquilidad pasmosa decir: "Lo maté porque me pagaron" o "lo maté porque me estaba molestando" o, simplemente, "porque me dio la gana". ¿Será que no saben que las leyes establecen castigos a los infractores? ¿O será que no les importa? ¿O será que no los van a castigar? Algunas respuestas las encontramos en la historia republicana, con algunos casos ejemplares y otros ignominiosos.
Hay lugares en la ciudad de Panamá que constituyen verdaderas zonas de guerra, donde abiertamente bandas rivales se disputan el territorio y supongo yo, que a todos sus habitantes. ¿Cómo es posible esto? ¿En qué momento las autoridades perdieron el control? ¿Cuándo, cómo y quiénes se tomaron el control de estos barrios? Nos falta dilucidar el por qué Lógicamente no hay respuestas simples a preguntas que apuntan a situaciones resultantes de procesos muy complejos que se han tomado su tiempo para emerger y hacer impacto en la sociedad.
Valdría la pena hacer una rápida revisión histórica de algunos eventos significativos que han marcado la segunda mitad del siglo XX en la sociedad panameña. Cosas han sucedido, creando las condiciones de relativa ingobernabilidad de los delincuentes: falta de autoridad, corrupción, impunidad y oportunismo. Durante los años 50, nos vimos estremecidos por desafueros políticos que culminan con el golpe de Estado que defenestró a Arnulfo Arias. Poco tiempo después se produce el primer y último (por ahora) magnicidio en el país, con el asesinato del Presidente Remón, rodeado de siniestras conspiraciones, cuyos secretos se llevaron a la tumba los protagonistas.
La siguiente década es otro torbellino de politiquerías y en esta ocasión, el desgreño culmina en un golpe de Estado, lo que si bien no era un evento extraño en el panorama criollo, éste sí lo era. Su particularidad está en su carácter militar.
Los 70 constituyen un período dominado por la ideología nacionalista y la lucha por la soberanía, que si bien ha sido una constante en la historia nacional, en este período reverbera al compás de las negociaciones del nuevo Tratado del Canal. Se culmina con un nuevo Tratado, que si bien representa el triunfo de David ante Goliat, deja no pocos sinsabores por la insatisfacción de muchas expectativas.
En los 80 vivimos la llamada crisis, que afectó a la mayoría. No sólo fue una crisis económica y política, sino lo que es peor, moral. Se caracteriza por muchos asesinatos se suceden atropelladamente, algunos muy crueles y cómo todos ellos, sin razón, sólo por odios, envidias o simple excesos de poder. Terminamos la década con la invasión estadounidense, que viene a romper el "viejo orden" y a establecer uno nuevo. En este proceso muchas cosas quedan inconclusas y no todas las nuevas son mejores.
Si bien en las postrimerías del siglo, se goza de estabilidad política como nunca en la historia patria, se empieza a notar la aparición de nuevas formas de crimen organizado, de bandas de jóvenes delincuentes y sobre todo, el uso de la violencia indiscriminada como medio para el logro metas.
Hoy día no es raro que alumnos apuñalen o disparen a sus profesores en venganza por una mala nota, que bandas juveniles ataquen autobuses para robar a sus pasajeros, que madres de familia agredan a maestras por haber corregido a sus hijos, que se asalten almacenes y se tomen de rehenes a los clientes. En fin, situaciones escabrosas que realmente dan miedo. Todo ello es indicador de desorganización social, situación en la que las normas sociales dejan de tener vigencia para algunos grupos en la sociedad. Estos grupos no surgen de la nada, están organizados y tienen permanencia en el tiempo.
En ellos predomina una ética de antivalores, lo que se convierte en un estilo de vida, dando lugar a patrones recurrentes de interacción. Se trata de representaciones colectivas de una contracultura en donde reina lo abominable sin compasión.
(cquinteror@odiseaempresarial.com)
Para hoy se tiene previsto la llegada de otros funcionarios del Buró Nacional de Seguridad y Transporte, para colaborar con las pesquisas.
Ayer, expertos en explosivos de la Policía Técnica Judicial (PTJ) y de la División de Criminalística acudieron a la escena del accidente para levantar evidencia y analizar los puntos exactos de las explosiones registradas.ppp Santiago Velásquezppp Rigoberto Pérez, hermano de la víctima panameña. La caja negra o caja de la verdad contiene la grabación de los datos de vuelo (Flight Data Recorder) y las conversaciones en la cabina de mando (Cockpit Voice Recorder). Se instalan en la cola del avión y son de color naranja para ser encontradas con facilidad. Según la literatura aeronáutica es la única pieza del avión que no es de color negro.

101 años de Panamá América

 
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