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Cuando el cromo es delgadito


LAS ANTIGUAS defensas de los automóviles solían estar revestidas de una capa de cromo, para cubrir el cobre que había debajo (en realidad era una aleación que incluía una importante porción de este metal). Las capas de cromo, según la marca y costo de vehículo, eran de diferente grueso. Utilizando esos parapetos como referencia, surgió aquello de que a los carros baratos no se le debía raspar mucho el cromo, porque mostraban el cobre; y que trasladado a las personas era un parámetro para reflejar su valor. Y así, en algunas ocasiones se escuchaba decir: "ese tiene el cromo delgadito", para significar que su calidad era más aparente que real.
A veces, ocurre que por esa malsana costumbre de inventarle virtudes a quienes detentan el poder o por dejarnos llevar de la corriente se ensalza más de lo debido a algunas personas, elevándolas a niveles de sapiencia muy por encima de los que en verdad tienen o han demostrado. Y, por eso, también, con frecuencia nos encontramos con un chasco.
Dejo atrás el introito y paso a aplicarlo a lo que viene ocurriendo en las primeras escaramuzas del debate que, supuestamente, se inició con el pistoletazo de salida del pasado 24 de abril, con el "gran anuncio" sobre la ampliación del Canal, al que me referí en mi artículo de la semana pasada, que cerré manifestando mi esperanza de que el pomposo acto de Atlapa fuera el inicio, dije: "del debate, sereno, objetivo y sin distorsiones que merece el pueblo panameño, y que le debemos a quienes, hasta con el sacrificio de sus vidas, materializaron nuestra verdadera independencia".
Con frecuencia, en mis artículos he alertado contra la mentalidad de "republiquita" que se ha venido acentuando en muchos de los directivos y funcionarios de la ACP. Esa tendencia exclusivista, y mentalmente secesionista, que no necesitaba de pábulo, debemos reconocerlo, ha sido aupada por muchos de nosotros. Se ha ensalzado tanto a "los maravillosos manejadores" del Canal, que ahora cuesta bajarlos de la nube en que están trepados.
Nunca he creído y, además, rechazo que se asuma que los profesionales que trabajan en el Canal sean superiores a los miles de otros panameños, igualmente profesionales, que cumplen responsabilidades, tanto o más importantes, por ejemplo, en los campos de la enseñanza superior, la judicatura, la salud, las profesiones liberales, la comunicación, la agricultura o la ganadería. Sin embargo, por los salarios y las otras prebendas de que disfrutan, superiores en muchos casos a los del Presidente de la República, tal pareciera que se tratara de seres superdotados, cuando no lo son.
El equipo superior de la administración del Canal ha invertido incontables horas y también millones de dólares, de dineros públicos, preparándose para sustentar la propuesta de ampliación del Canal. Durante los muchos meses que demoró en desvelar su propuesta, deben haber manoseado, una y mil veces, cada página de los documentos que la sustentan. 50 ó más millones de dólares fueron invertidos en contratar cuanto estudio se les ocurrió. Por tanto, era de suponer que tantas demoras y tanta preparación debían aflorar como un manantial de iluminada sapiencia, cuando les tocara enfrentar y convencer al país para que vote a favor en el próximo referéndum.
Por lo que llevamos visto y oído, hay muy poco por qué felicitar a "excelsos expertos" de la ACP. Sus explicaciones, que debieran ser ilustrativas, sencillas y convincentes, apuntan muy lejos de esas características.
En vez de la humildad que debe distinguir a los hombres sabios, con frecuencia caen en la arrogancia que es propia de quienes están lejos de serlo.
Un distinguido economista chileno, Baltra, ya fallecido, citaba al inicio de su obra una frase de la que debieran hacer un catecismo los voceros de la ACP: "en economía, como en otras ciencias, hay dos escuelas: una trata de explicar de la manera más sencilla posible los temas más complicados; la otra, insiste en explicar, complicadamente, las cosas más sencillas".
El pueblo panameño, hasta ahora, tiene, en términos generales una actitud positiva frente a la eventual ampliación del Canal. Se le ha vendido esperanza y, en su desesperación por dejar atrás la pobreza mediante el acceso a un empleo bien remunerado, está dispuesto a aferrarse a ella. Pero si las respuestas y las explicaciones que se le dan, frente a cuestionamientos legítimos, no demuestran, claramente, cómo se materializará esa esperanza, su entusiasmo se trocará en frustración, y exigirá cuentas.
Los temas abiertos a debate son muchos, pero el pueblo, los hombres y mujeres de la calle tienen sus prioridades. Ellos quieren saber cosas directas: si tendrán un trabajo, cuánto durará y cuanto les pagarán. Y también quieren saber, si el país no terminará hipotecado hasta la generación de sus nietos y biznietos. Responder a esas interrogantes es prioritario; sin alardes técnicos, sin arrogancia y con claridad. Ojalá que así lo entendieran los voceros de la ACP, y nos demuestren que son capaces de hacerlo.

101 años de Panamá América

 
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