Cuando el río suena...
...Es porque piedras trae, asegura la filosofía popular. Esto es, precisamente, lo que está ocurriendo a nivel nacional, donde parece que todas las insatisfacciones, en extraña coincidencia, dicen presente, para diseñar ante propios y extraños un ambiente de ingobernabilidad y que se dude de la capacidad ejecutiva de la presidenta de la República, doña Mireya Moscoso, de materializar un programa de Gobierno a la altura de las urgencias y expectativas que tienen las mayorías irredentas del país.
Como anillo al dedo le encaja a la situación retratada inicialmente -estallidos sociales- la nomenclatura utilizada en una de sus magníficas producciones por el premio Nobel de Literatura, el autor colombiano Gabriel García Márquez, crónica anunciada, que en muchos casos obedecen a justificadas razones y, en otros, a muy sospechosas motivaciones.
No dudamos que existen agudos problemas a lo interno de la sociedad panameña, fruto de una acumulación con raíces en el pretérito, que impactan negativamente en más de un millón de ciudadanos, cuya solución se erigió en estandarte de lucha enarbolado férreamente por quien hoy es la mandataria del país.
Razones muchas (justificadas algunas, otras no tanto), explican el retraso que ha tenido la ejecución de su Agenda Social, aunque el inventario de realizaciones que arroja el primer año del mandato otorgado por los electores, poco conocidas por la ciudadanía no amerita que se den enfrentamientos ni convulsiones intestinas que, en todo caso, lo único que ofrecen como dividendo, es desconfianza generalizada, e incremento de los factores que impiden el crecimiento nacional y, por ende, propician el aumento de los actuales niveles extraordinarios de pobreza extrema.
No queremos pensar que eso es precisamente lo que buscan quienes, en el pasado, poco o nada hicieron para impedir la subordinación ciega de la nación a consignas económicas foráneas, dictadas no para mejorar la calidad de vida de los panameños, ni para enseñarnos disciplina fiscal y, menos aún, responsabilidad en el cumplimiento de obligaciones simples, sino para que las entidades crediticias recuperaran su inversión, hecho en extremo difícil, como lo ha reconocido incluso el Santo Padre, Juan Pablo II.
A pesar que la Presidenta de la República ha dado -y da permanentemente- muestras de arraigada conciencia social (lo prueban sus estrategias y programas de Gobierno, con tareas y proyecciones definidas), proliferan los reacios al diálogo y la concertación civilizada, quienes actúan con la consigna de todo o nada, aunque el resultado final afecte sensiblemente al país entero y a sus habitantes, como en efecto viene ocurriendo.
En esa radiografía de los enemigos gratuitos de la República, se incluyen los que únicamente aceptan como válidos sus argumentos, legítimas sus aspiraciones y democráticos sus métodos, aunque violenten diariamente los derechos constitucionales y humanos de las grandes mayorías republicanas, afecten a sus propios aliados y a las empresas donde laboran.
Conocemos, de primera mano, los esfuerzos programáticos que viene desarrollando el Gobierno Nacional en áreas geográficas específicas y temas críticos, con los limitados recursos que genera un sistema tributario obsoleto, deficiente y superlativamente injusto, mediante un trabajo eficiente, a tiempo completo y transparente, de funcionarios compenetrados de sus responsabilidades oficiales, como el titular de la cartera de Economía y Finanzas y sus colaboradores inmediatos, los respectivos viceministros.
Valgan los ejemplos del Programa Desarrollo Integral del Darién, cuyos componentes y resultados ya se palpan, al igual que el de las Granjas Sostenibles, para silenciar voces agoreras, que nada aportan para cristalizar las esperanzas y rescatar el optimismo perdido en nuestro país, para lo cual también se requiere conocer verdaderamente la realidad fiscal panameña, voluntad de cambio (que no tienen muchos), pragmatismo económico y solidaridad social, puesto que no puede haber desarrollado sin equidad.
Equidad es la que tampoco tienen muchos panameños, cuya ausencia los lleva a la adopción de posturas abiertamente demagógicas en torno a las causas que propician la injusta distribución de la riqueza nacional y las posibles curas de este mal económico, que ya se torna incurable. Sin embargo, nula es su decisión de aportar algo de lo mucho que tienen, para hacer menos pesada la carga de aquellos que sólo se reparten miseria.
Cuando el río suena, es porque piedras trae, repetimos lo que certeramente asegura la filosofía popular, en esta hora de incertidumbre provocada por quienes no creen en el sistema democrático de gobierno, aunque utilicen convenientemente sus instrumentos y beneficios, por aquellos que no desean soluciones consensuadas, racionales y técnicas, sino crear, incentivar y mantener un clima de zozobra e intranquilidad social.
Confiamos y estamos seguros que la Presidenta de la República también confía, en el buen juicio de la población mayoritaria panameña, para conjugar voluntades y acciones con el objeto de mejorar al presente y construir un futuro de prosperidad para todos, demostrando, de paso, la capacidad nacional de crear progreso social, meta que impulsa la acción cotidiana de doña Mireya Moscoso.
Como anillo al dedo le encaja a la situación retratada inicialmente -estallidos sociales- la nomenclatura utilizada en una de sus magníficas producciones por el premio Nobel de Literatura, el autor colombiano Gabriel García Márquez, crónica anunciada, que en muchos casos obedecen a justificadas razones y, en otros, a muy sospechosas motivaciones.
No dudamos que existen agudos problemas a lo interno de la sociedad panameña, fruto de una acumulación con raíces en el pretérito, que impactan negativamente en más de un millón de ciudadanos, cuya solución se erigió en estandarte de lucha enarbolado férreamente por quien hoy es la mandataria del país.
Razones muchas (justificadas algunas, otras no tanto), explican el retraso que ha tenido la ejecución de su Agenda Social, aunque el inventario de realizaciones que arroja el primer año del mandato otorgado por los electores, poco conocidas por la ciudadanía no amerita que se den enfrentamientos ni convulsiones intestinas que, en todo caso, lo único que ofrecen como dividendo, es desconfianza generalizada, e incremento de los factores que impiden el crecimiento nacional y, por ende, propician el aumento de los actuales niveles extraordinarios de pobreza extrema.
No queremos pensar que eso es precisamente lo que buscan quienes, en el pasado, poco o nada hicieron para impedir la subordinación ciega de la nación a consignas económicas foráneas, dictadas no para mejorar la calidad de vida de los panameños, ni para enseñarnos disciplina fiscal y, menos aún, responsabilidad en el cumplimiento de obligaciones simples, sino para que las entidades crediticias recuperaran su inversión, hecho en extremo difícil, como lo ha reconocido incluso el Santo Padre, Juan Pablo II.
A pesar que la Presidenta de la República ha dado -y da permanentemente- muestras de arraigada conciencia social (lo prueban sus estrategias y programas de Gobierno, con tareas y proyecciones definidas), proliferan los reacios al diálogo y la concertación civilizada, quienes actúan con la consigna de todo o nada, aunque el resultado final afecte sensiblemente al país entero y a sus habitantes, como en efecto viene ocurriendo.
En esa radiografía de los enemigos gratuitos de la República, se incluyen los que únicamente aceptan como válidos sus argumentos, legítimas sus aspiraciones y democráticos sus métodos, aunque violenten diariamente los derechos constitucionales y humanos de las grandes mayorías republicanas, afecten a sus propios aliados y a las empresas donde laboran.
Conocemos, de primera mano, los esfuerzos programáticos que viene desarrollando el Gobierno Nacional en áreas geográficas específicas y temas críticos, con los limitados recursos que genera un sistema tributario obsoleto, deficiente y superlativamente injusto, mediante un trabajo eficiente, a tiempo completo y transparente, de funcionarios compenetrados de sus responsabilidades oficiales, como el titular de la cartera de Economía y Finanzas y sus colaboradores inmediatos, los respectivos viceministros.
Valgan los ejemplos del Programa Desarrollo Integral del Darién, cuyos componentes y resultados ya se palpan, al igual que el de las Granjas Sostenibles, para silenciar voces agoreras, que nada aportan para cristalizar las esperanzas y rescatar el optimismo perdido en nuestro país, para lo cual también se requiere conocer verdaderamente la realidad fiscal panameña, voluntad de cambio (que no tienen muchos), pragmatismo económico y solidaridad social, puesto que no puede haber desarrollado sin equidad.
Equidad es la que tampoco tienen muchos panameños, cuya ausencia los lleva a la adopción de posturas abiertamente demagógicas en torno a las causas que propician la injusta distribución de la riqueza nacional y las posibles curas de este mal económico, que ya se torna incurable. Sin embargo, nula es su decisión de aportar algo de lo mucho que tienen, para hacer menos pesada la carga de aquellos que sólo se reparten miseria.
Cuando el río suena, es porque piedras trae, repetimos lo que certeramente asegura la filosofía popular, en esta hora de incertidumbre provocada por quienes no creen en el sistema democrático de gobierno, aunque utilicen convenientemente sus instrumentos y beneficios, por aquellos que no desean soluciones consensuadas, racionales y técnicas, sino crear, incentivar y mantener un clima de zozobra e intranquilidad social.
Confiamos y estamos seguros que la Presidenta de la República también confía, en el buen juicio de la población mayoritaria panameña, para conjugar voluntades y acciones con el objeto de mejorar al presente y construir un futuro de prosperidad para todos, demostrando, de paso, la capacidad nacional de crear progreso social, meta que impulsa la acción cotidiana de doña Mireya Moscoso.