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Cuando la muerte viaja en auto


En esta época donde todo forma parte de la estadística, se ha perdido de vista lo que hiere, lo que duele. Leer en las páginas principales de un diario que van cuatrocientas y tantos víctimas. Todo se ha despersonalizado. Alguna vez en la vida hemos sentido la ausencia de un ser querido propiciada por los avatares del destino a consecuencia de un accidente de tránsito. Aún reverbera en mi mente la llamada telefónica de aquel 3 de noviembre hilvanada con la típica frase "No llores por lo que te voy a contar". "Es sobre tu hermano". Sin saber solo queda la respuesta "No puede ser". ¿Cómo sucedió?. Saber que el tono de voz da un presagio de muerte. El arma que cegó su vida fue un auto. Ya había sentido el salobre sabor de las lágrimas por la muerte de Rommel Fernández a quien admire sin conocer, allende esta su tierra natal. Mi hermano dejó como herencia su familia como quizás la dejaron muchas de las víctimas. Hay historias como la de aquellos recién graduados que vieron sus vidas cegadas por la negligencia o impericia de un menor que no calibró la responsabilidad de sus actos. Chaflán, que con gran afecto recuerda Durán, que pereciera bajo las ruedas de un Diablo Rojo o quizás una de las muertes más dolidas de este siglo, la Princesa Diana o aquella que le quitó el garbo a Isadora Duncan. Todas estas muertes tienen un denominador común, un auto.
En Panamá debemos crear conciencia de lo que significa guiar un vehículo que, como droga da la ilusión de poder o placer, pero con la misma secuela o resultado, la muerte.
Las consecuencias derivadas de los accidentes de tránsito ya deben tener un rango de conmoción en la salud pública y no una mera fórmula estadística. Ya es hora de saber que entre fierros retorcidos de los vehículos hay carne, sangre, esperma y saliva que se entremezcla; en otras palabras, personas.

101 años de Panamá América

 
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