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Cuando nos vamos poniendo viejos


La vejez llega de manera casi imperceptible. Para muchos, la mayoría, es un proceso tan gradual que sólo algunos indicadores, como la celebración de los cumpleaños, las caras de los amigos y la naturaleza de los problemas de los hijos, nos recuerdan el paso del tiempo.
Pero cuando el peso de los años comienza a doler, a veces nos produce una nostalgia hasta depresiva, como resultado de la renuncia obligada a seguir haciendo aquellas cosas que tanto amábamos hacer tan sólo uno cuantos años atrás.
Y así, de una manera sencilla por lo inexorable, pero compleja por la magnitud de los ajustes a las apariencias, caminamos por el calendario de nuestras vidas, dejando huellas, creciendo y achicando, sembrando tristezas y alegrías, llenando cada vez más nuestra canasta de recuerdos, aprendiendo a disfrutar con mayor intensidad aquello que se nos escapa irremediablemente: la vida.
En mi vida personal y laboral siempre me he relacionado con personas mayores y siempre he sido respetuoso de ellos. Desde niño me enseñaron, y aprendí, a tener consideración por la solemnidad de los años y a reconocer en la experiencia y en la sabiduría de los viejos, una fuente inagotable de conocimientos y lecciones.
Confieso que he tenido suerte con ellos, comenzando por mi abuelo Roberto, gran conversador, quien hasta el día de su muerte me dedicó su tiempo, su envidiable memoria y sus sabios consejos. Y así también llevo en mis recuerdos la relación tan especial con mi padre, definitivamente mi mejor amigo. Ambos me enseñaron, con el ejemplo, la ética del trabajo, la honradez, el valor de la amistad, el apego al estudio y la vocación por la verdad.
Así como envejecer es obligatorio, madurar con la edad es totalmente optativo. No existe un manual de cómo vivir y convivir con los demás a medida que nos vamos poniendo viejos.
No obstante, se espera como regla general que a medida se acumulan los años, así mismo aumentan la tolerancia, la paciencia, el conocimiento y el entendimiento de las personas; en fin, el deseo de vivir en paz, primero con uno mismo, para luego hacerlo con la familia, con los amigos, con la sociedad.
Pero la vejez no es así. Para muchos se vuelve un sufrimiento y un reto desde la aparición de las primeras canas, la caída del cabello, la pérdida de memoria o la disminución de la sexualidad. Entonces, como para probar lo contrario, comenzamos a comportarnos irracionalmente, nos volvemos irritables, hablamos irresponsablemente, actuamos como si nada nos importara y creemos que todo el Universo debe girar alrededor de nuestros actos y pensamientos.
Por el contrario, para otros, la última edad es el inicio de una etapa de cosechas, de acercamiento a Dios y sus preceptos, con tiempo suficiente para tratar de remediar o remendar de la mejor manera posible, aquellas cosas que quedaron pendientes en el camino o no se hicieron bien desde un principio.
Para terminar, quiero desear de todo corazón a todos los viejos y los que estamos en camino de serlo, que sus últimos años estén llenos de mucha dignidad. Me es difícil concebir que después de tantos años de lucha, angustias y problemas, tengamos que postrarnos ante nada o nadie como piltrafas, babosos o mequetrefes, haciendo el ridículo público por no saber aceptar la realidad que nos impone nuestra edad.
Y ante la muerte, frente a la cual muchos tiemblan con cobardía por considerarla poderosa y temible, los animo compartiendo la visión del poeta John Donne, a quien recordé en el entierro de mi padre, ya que una vez todos despertemos en la eternidad, no habrá más muerte y por lo tanto, ella también morirá.
Mientras eso suceda y estemos vivos, cuidémonos de no ser majaderos e intolerantes; no descarguemos nuestras frustraciones y nuestras carencias en quienes no tienen la culpa; olvidemos los odios y las envidias; no hagamos el mal a nadie y promovamos el diálogo y el entendimiento entre las personas; perdonemos a quienes creemos nuestros enemigos, sin pensar en algún momento que la edad nos regala el don de la verdad y la razón absoluta. A lo mejor así seremos, finalmente, felices y evitaremos que por allí se nos tilde de viejos pendejos.

101 años de Panamá América

 
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