¿Cuántos frentes, Presidenta?
De Doña Mireya, a estas alturas del partido, hablan bien poquísimos (los que están bien acomodaditos, y hablan bien en público); hablan mal, muchísimos, los que se sienten sin suerte, sin empleos, sin plata, culpándola de lo que es y lo que no es, o, también, quienes teniendo sus bolsillos repletos sienten que no están haciendo lo suficiente; hablan malísimo, los interesados políticos, del PRD, o de agrupaciones que no se sienten con influencia en el gobierno. Hay excepciones notables en todos los bandos. Guillermo Endara, o Rolla Pimentel, entre otros destacados de su propio grupo morado, han hablado durísimo, el primero con adjetivos más personales, el segundo invocando la marginación de su partido en el gobierno. Me precio de no estar instalado en ninguno de esos bandos ni me siento entre quienes ella distinguiría para nada, ni tampoco entre quienes ella le haría daño. Me siento neutral. Lo poco que la he mirado siendo presidenta, ha sido cortés.
De tal cuadro, sacamos las siguientes conclusiones: El gobernar es una batalla de cada día, de cada mes, de cada uno de los cinco años. No hay tregua. Hasta en los cortes de cinta, por ejemplo, si ella percibe con su intuición natural los rostros que la aplauden y saludan, especialmente el de las mujeres (generalmente envidiosas con las otras), podrá mirar por el rabito del ojo, los gestos punzantes: ¡mírala, que mal se viste, o mírala cuán gorda, o mírala, se ha puesto fea!, etc. Son variantes de la guerra. ¿Y sus amigos fieles, sus generales de confianza, sus hombres que la acompañan en las batallas?... Cada día, en vez de sumarse, se restan algunos. Cada vez ese Estado Mayor, dentro de la otra batalla interna, la de las rivalidades, los celos, las pugnas por los negocios redondos del poder, contrastantes con las carnes flacas de los pobres, se hará más débil para sostenerla. "Los amigos defienden a la princesa con tibieza, mientras los enemigos la atacan con fiereza"...
Pensamos con Nicolás de Machiavelo. La guerra, la economía, la política, las tres son una sola cosa para quien manda, una guerra. Y, en una guerra, hay que emplear estrategia, no hay remedio y en tal estrategia, según todos los grandes principios, hay que transar, conceder, amenazar, ceder, atacar, retirarse, sorprender, aplastar, volver a transar, aunque la generala se tenga que tragar sus bilis muchas veces, abrazando a quienes le odian. Esa es trágica verdad personal para quienes reciben el alto honor, cuajado de espinas, del gobernar. Por estas reflexiones, vamos a la conclusión: ¿Cuántos frentes de batalla, simultáneos, está abriendo la presidenta?... El frente norte, con olor a estepas rusas y a claveles rojos, está plagado del obrerismo combativo y politizado, con sabor a Lenin, que le ha dicho, ¡los quinientos al mes o seguimos arriando plomo!... En el flanco este, los milicianos de la educación, han conquistado algunas posiciones con las cuales se repliegan tácticamente, aliviados, pero no entregan su corazón, no la quieren. Conquista provisional para Mireya. El frente oeste, se atiza con ahínco: las enfermeras, poderosas en la mente afectiva de las masas, plantean sus pendones y enseñan sus armas (no precisamente). Ellas van a sus conquistas. ¿Quién de ustedes aceptaría que les digan que los educadores merecen más que vosotros o vosotras, si tuviesen que amanecer entre el olor de dolor y cloroformo?... En el frente sur, el frente pobre, la inmensa mayoría, andrajosa, inclusive, y especialmente, la de su partido morado, que se sienten morado el ojo de no tener cubiertas sus expectativas (porque el café no alcanza para todos, y se le echa agua). También allí hay guerra. Y falta un nuevo frente, el frente de arriba, el que tiene poder económico, billete, y sabe conspirar, desde adentro y afuera. El que cabildea en Washington mejor que Billy Ford. Ese frente, lo acaba de herir la presidenta, y aunque entre ellos hay odios y pugnas comerciales, a la hora de ser atacados conceptualmente, se van contra la monarquía, aunque tenga que invocar el dolor del pueblo, como lo hizo la burguesía de París, llevando a los Luises a la guillotina. (Aunque ellos comenzarán primero, eso no se cuenta en la guerra). ¡Son muchos frentes, Comandanta! Y no tiene tantos generales, sino poquitísimos (que parezcan generales y sepan serlo, no los que le dicen que ellos son generales); además las municiones (de color verde) y los propios soldados (sus verdaderos seguidores que pelean), usted lo debe sentir más que saber, que son escasos. ¿No será hora de una evaluación sobre el terreno, y sobre la mesa de generales, a fin de analizar sus cursos de acción y los cursos de acción de sus enemigos? Nosotros, los que hemos hecho cosas especiales por el país, donde se pone el pellejo en juego, sabemos que es mejor que usted triunfe, aunque no estemos en la fiesta, a que usted pierda. Porque perder, es perder todos. Y el ejemplo de Colombia, o al menos el del Perú o Venezuela, podemos ser nosotros mismos. Y, perdemos todos con usted, cuando nos echamos los cuentos en el Hotel Panamonte, luego de su exilio, de aquí a seis años. Si es que para entonces hay Panamá. Necesitamos que sepa ganar, Presidenta. Amén.
De tal cuadro, sacamos las siguientes conclusiones: El gobernar es una batalla de cada día, de cada mes, de cada uno de los cinco años. No hay tregua. Hasta en los cortes de cinta, por ejemplo, si ella percibe con su intuición natural los rostros que la aplauden y saludan, especialmente el de las mujeres (generalmente envidiosas con las otras), podrá mirar por el rabito del ojo, los gestos punzantes: ¡mírala, que mal se viste, o mírala cuán gorda, o mírala, se ha puesto fea!, etc. Son variantes de la guerra. ¿Y sus amigos fieles, sus generales de confianza, sus hombres que la acompañan en las batallas?... Cada día, en vez de sumarse, se restan algunos. Cada vez ese Estado Mayor, dentro de la otra batalla interna, la de las rivalidades, los celos, las pugnas por los negocios redondos del poder, contrastantes con las carnes flacas de los pobres, se hará más débil para sostenerla. "Los amigos defienden a la princesa con tibieza, mientras los enemigos la atacan con fiereza"...
Pensamos con Nicolás de Machiavelo. La guerra, la economía, la política, las tres son una sola cosa para quien manda, una guerra. Y, en una guerra, hay que emplear estrategia, no hay remedio y en tal estrategia, según todos los grandes principios, hay que transar, conceder, amenazar, ceder, atacar, retirarse, sorprender, aplastar, volver a transar, aunque la generala se tenga que tragar sus bilis muchas veces, abrazando a quienes le odian. Esa es trágica verdad personal para quienes reciben el alto honor, cuajado de espinas, del gobernar. Por estas reflexiones, vamos a la conclusión: ¿Cuántos frentes de batalla, simultáneos, está abriendo la presidenta?... El frente norte, con olor a estepas rusas y a claveles rojos, está plagado del obrerismo combativo y politizado, con sabor a Lenin, que le ha dicho, ¡los quinientos al mes o seguimos arriando plomo!... En el flanco este, los milicianos de la educación, han conquistado algunas posiciones con las cuales se repliegan tácticamente, aliviados, pero no entregan su corazón, no la quieren. Conquista provisional para Mireya. El frente oeste, se atiza con ahínco: las enfermeras, poderosas en la mente afectiva de las masas, plantean sus pendones y enseñan sus armas (no precisamente). Ellas van a sus conquistas. ¿Quién de ustedes aceptaría que les digan que los educadores merecen más que vosotros o vosotras, si tuviesen que amanecer entre el olor de dolor y cloroformo?... En el frente sur, el frente pobre, la inmensa mayoría, andrajosa, inclusive, y especialmente, la de su partido morado, que se sienten morado el ojo de no tener cubiertas sus expectativas (porque el café no alcanza para todos, y se le echa agua). También allí hay guerra. Y falta un nuevo frente, el frente de arriba, el que tiene poder económico, billete, y sabe conspirar, desde adentro y afuera. El que cabildea en Washington mejor que Billy Ford. Ese frente, lo acaba de herir la presidenta, y aunque entre ellos hay odios y pugnas comerciales, a la hora de ser atacados conceptualmente, se van contra la monarquía, aunque tenga que invocar el dolor del pueblo, como lo hizo la burguesía de París, llevando a los Luises a la guillotina. (Aunque ellos comenzarán primero, eso no se cuenta en la guerra). ¡Son muchos frentes, Comandanta! Y no tiene tantos generales, sino poquitísimos (que parezcan generales y sepan serlo, no los que le dicen que ellos son generales); además las municiones (de color verde) y los propios soldados (sus verdaderos seguidores que pelean), usted lo debe sentir más que saber, que son escasos. ¿No será hora de una evaluación sobre el terreno, y sobre la mesa de generales, a fin de analizar sus cursos de acción y los cursos de acción de sus enemigos? Nosotros, los que hemos hecho cosas especiales por el país, donde se pone el pellejo en juego, sabemos que es mejor que usted triunfe, aunque no estemos en la fiesta, a que usted pierda. Porque perder, es perder todos. Y el ejemplo de Colombia, o al menos el del Perú o Venezuela, podemos ser nosotros mismos. Y, perdemos todos con usted, cuando nos echamos los cuentos en el Hotel Panamonte, luego de su exilio, de aquí a seis años. Si es que para entonces hay Panamá. Necesitamos que sepa ganar, Presidenta. Amén.