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Cuarto de Cuaresma


Durante la Cuaresma, tiempo en el que el Señor nos da todos los años y no sabemos cuántos años más nos dará ese tiempo especial para reflexionar sobre nosotros mismos y entrar en una evaluación de cómo andamos y por dónde andamos como personas que hemos sido bautizadas, que insertas en este mundo donde la lucha continúa a diario contra toda clase de obstáculos, es interesante apreciar las distintas lecturas del Evangelio que en el ciclo A se nos ofrecen.
En el cuarto domingo, luego de haber pasado por la consideración de las tentaciones a las que se vio expuesto Nuestro Señor, dándonos ejemplo de cómo combatir las incesantes y múltiples tentaciones a las que nos vemos abocados a diario, nuevamente vemos cómo el Señor se transfigura en el Monte Tabor, invitándonos en la Cuaresma a que nos transfiguremos cambiando nosotros, no esperando a que los demás cambien, entramos posteriormente en el evento interesante del brocal del pozo de Jaco donde Jesús se encuentra con la mujer Samaritana, y le pide de beber y se desarrolla ese diálogo tan ilustrativo y lleno de lecciones para nuestra vida. En este cuarto Domingo de Cuaresma, asistimos al hecho del ciego de nacimiento, episodio lleno de vivacidad, de un diálogo rápido y humano y mostrándonos en el background, la ferocidad a la que había desembocado el odio de los adversarios de Cristo que buscaban eliminarlo como fuera.
El modo como el hombre ha construido la convivencia social, los grandes tropiezos que han sufrido todos los pueblos y generaciones, lo difícil que resulta descubrir alguna luz que dé sentido a nuestra vida, lo torpe que nos encontramos para vislumbrar realidades tan importantes como Dios, el prójimo y nosotros mismos, nos sugieren la idea de que somos como ciegos.
Ciegos de nacimiento. El hombre no se resigna a reconocerse ciego. Para ello ha creado "un mundo de ciegos videntes". Las imaginaciones, lo que palpamos, los bultos que entrevemos, aquellos con lo que tropezamos lo hemos configurado a nuestra manera. Ha surgido así un cúmulo de valores, de criterios, de actitudes, de estructuras construidas por ciegos, al servicio de nuestra oscuridad y para que nos encontremos a gusto.
Este mundo creado por ciegos está expuesto a graves errores. El engaño más importante es creernos videntes, siendo ciegos. Esto nos obliga a estancarnos en nuestras tinieblas, a movernos para siempre entre sombras, a caminar con rumbo incierto y expuesto a equivocarnos en cada encrucijada.
La salvación cristiana es presentada como una luz que es capaz de curar la ceguera humana. Hay una visión nueva, lo ofrece Dios por medio de Jesucristo. El es la luz que prende en las concavidades de los oscurecidos ojos del hombre. La conversión sólo es posible si uno reconoce que no ve o que la visión que tiene está equivocada.

101 años de Panamá América

 
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