Cuba en la Cumbre de Monterrey
El de Monterrey fue el más relevante evento de su tipo en años. El presidente norteamericano George W. Bush tuvo ocasión de exponer la visión continental de su país para la presente centuria. Se harán al respecto denodados esfuerzos para integrar sus países a través del ALCA y se combatirá la corrupción burocrática como elemento indispensable para que la ayuda y los beneficios del libre comercio alcancen a todos, principalmente a los que menos tienen.
No estuvo ausente el acontecimiento de duros forcejeos. El presidente Bush chocó abiertamente con su similar venezolano Hugo Chávez, y hubo de sortear ciertas discrepancias con el mandatario brasileño Lula Da Silva, quien fue incómodamente enfático en que el libre mercado no es garantía para resolver el problema de la pobreza.
Cuba estuvo otra vez ausente. Lo está desde 1962 cuando fue expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA). Pero aún así, por contradictorio que parezca, fue la nación protagonista de la cumbre, después de Estados Unidos. Y es que, sin estar presente, se anotó una importante victoria que ningún diario del hemisferio ha destacado.
En un momento dado, Bush se refirió en términos acres contra el dictador cubano, Fidel Castro, y hasta sugirió que no se toleraría su régimen, sin dar más detalles. Acto seguido, el presidente Chávez, en uso de la palabra, manifestó su agradecimiento por la ayuda brindada por la isla a su país, especialmente en el campo de alfabetización y la asistencia médica en lugares inaccesibles. La nutrida concurrencia enmudeció y fijó inconsciente la mirada en el mandatario norteamericano, quien lucía evidentemente molesto.
Al final, en su discurso, Bush dio a Castro una importante concesión cuando dijo: ..." las dictaduras no tienen lugar en América y abogo por una transición pacífica a la democracia en Cuba." El alinear a la primera potencia del planeta con el concepto de "una transición pacífica a la democracia" dio un salto de gigante en la búsqueda - por fin - de una salida al problema, sobre todo en tiempos inseguros de invasiones armadas y guerra preventiva.
Una "transición pacífica" sugiere gradualidad y descarta cambios traumáticos, descartando la vía armada y abriendo de par en par las puertas hacia una salida negociadora y pacífica. Resta sólo ponerse en marcha y aceitar la desvencijada y herrumbrosa maquinaria de la OEA y que se nombre, digamos, a México, Brasil y Argentina a fin de que se encarguen de dar los primeros pasos en la negociación de la transición pacífica hacia la democracia que muchos ansiamos para nuestra hermana Cuba, respetando el querer de su pueblo.
No estuvo ausente el acontecimiento de duros forcejeos. El presidente Bush chocó abiertamente con su similar venezolano Hugo Chávez, y hubo de sortear ciertas discrepancias con el mandatario brasileño Lula Da Silva, quien fue incómodamente enfático en que el libre mercado no es garantía para resolver el problema de la pobreza.
Cuba estuvo otra vez ausente. Lo está desde 1962 cuando fue expulsada de la Organización de Estados Americanos (OEA). Pero aún así, por contradictorio que parezca, fue la nación protagonista de la cumbre, después de Estados Unidos. Y es que, sin estar presente, se anotó una importante victoria que ningún diario del hemisferio ha destacado.
En un momento dado, Bush se refirió en términos acres contra el dictador cubano, Fidel Castro, y hasta sugirió que no se toleraría su régimen, sin dar más detalles. Acto seguido, el presidente Chávez, en uso de la palabra, manifestó su agradecimiento por la ayuda brindada por la isla a su país, especialmente en el campo de alfabetización y la asistencia médica en lugares inaccesibles. La nutrida concurrencia enmudeció y fijó inconsciente la mirada en el mandatario norteamericano, quien lucía evidentemente molesto.
Al final, en su discurso, Bush dio a Castro una importante concesión cuando dijo: ..." las dictaduras no tienen lugar en América y abogo por una transición pacífica a la democracia en Cuba." El alinear a la primera potencia del planeta con el concepto de "una transición pacífica a la democracia" dio un salto de gigante en la búsqueda - por fin - de una salida al problema, sobre todo en tiempos inseguros de invasiones armadas y guerra preventiva.
Una "transición pacífica" sugiere gradualidad y descarta cambios traumáticos, descartando la vía armada y abriendo de par en par las puertas hacia una salida negociadora y pacífica. Resta sólo ponerse en marcha y aceitar la desvencijada y herrumbrosa maquinaria de la OEA y que se nombre, digamos, a México, Brasil y Argentina a fin de que se encarguen de dar los primeros pasos en la negociación de la transición pacífica hacia la democracia que muchos ansiamos para nuestra hermana Cuba, respetando el querer de su pueblo.