Cuba y derechos humanos
La aprobación de una resolución de la ONU que autoriza el envío de una delegación internacional para verificar la situación de los derechos humanos en Cuba, desató una tempestad tropical en un vaso de ron. Reaccionando contra los países latinoamericanos que votaron a favor de la resolución, el presidente cubano Fidel Castro desparramó insultos e infidencias por doquier. Las injurias de Castro contra el Presidente de Uruguay, Jorge Batlle, desembocaron en la ruptura de relaciones, en tanto que los vínculos diplomáticos con México quedaron guindados en un espinoso nopal.
Castro olvidó que en México ya no gobierna el PRI, que siempre invocó la Doctrina Estrada contra la no injerencia en asuntos internos, para no votar en contra de los desafueros cubanos, curándose en salud para que nadie se metiera en el patio del régimen que monopolizó el poder alrededor de setenta años. Vicente Fox ordenó por primera vez que México votara a favor de la investigación sobre derechos humanos en Cuba, para sostener la coherencia política entre el respeto a las libertades fundamentales que su gobierno practica y que en Cuba sencillamente no existen desde 1960.
En un ataque que excitó su bilirrubina, el político cubano difundió el contenido de una conversación telefónica confidencial entre él y Fox, de resultas de la cual el que fuera arrogante y virulento antiimperialista aparece aceptando las condiciones lesivas de una invitación a México con otros estadistas, que un gobernante con sus antecedentes no debía aceptar, pero que aceptó, cumpliendo las condiciones impuestas al pie de la letra.
En verdad, su ojeriza contra el gobierno de Fox arranca de viejos rencores personales contra el escritor mexicano Jorge G. Castañeda, actual Secretario de Relaciones Exteriores. Castañeda es autor de "La Utopía desarmada", libro en el que se desmenuza la injerencia cubana en el financiamiento y entrenamiento de guerrilleros sudamericanos y centroamericanos, así como la evaporación de millones de dólares de asaltos a bancos, secuestros, etc. perpetrados por subversivos latinoamericanos.
Pero el dirigente antillano no olvida el rencor hacia los adversarios, ni aprende las lecciones de la historia. Si Cuba es el paraíso socialista que él describe, no debe temer a la investigación de Naciones Unidas, obligada por su carta constitutiva a proteger la vigencia de la libertad de pensamiento, de expresión, de organización política, en cualquier lugar del mundo. Hasta el gobierno de Chile, presidido por un socialista distinguido como Ricardo Lagos, votó a favor de la investigación.
Ante este hecho, Cuba no tiene otra alternativa que respetar la posición diplomática soberana de México, Chile, Perú, Uruguay, en defensa de los derechos humanos y suprimir las diatribas en el diálogo diplomático. En algún momento, los gobiernos latinoamericanos iban a abandonar su ceguera ante cuarenta años de despotismo contra los disidentes cubanos perseguidos, encarcelados o exilados por discrepar del régimen cubano. Y eso ya ocurrió.
Castro olvidó que en México ya no gobierna el PRI, que siempre invocó la Doctrina Estrada contra la no injerencia en asuntos internos, para no votar en contra de los desafueros cubanos, curándose en salud para que nadie se metiera en el patio del régimen que monopolizó el poder alrededor de setenta años. Vicente Fox ordenó por primera vez que México votara a favor de la investigación sobre derechos humanos en Cuba, para sostener la coherencia política entre el respeto a las libertades fundamentales que su gobierno practica y que en Cuba sencillamente no existen desde 1960.
En un ataque que excitó su bilirrubina, el político cubano difundió el contenido de una conversación telefónica confidencial entre él y Fox, de resultas de la cual el que fuera arrogante y virulento antiimperialista aparece aceptando las condiciones lesivas de una invitación a México con otros estadistas, que un gobernante con sus antecedentes no debía aceptar, pero que aceptó, cumpliendo las condiciones impuestas al pie de la letra.
En verdad, su ojeriza contra el gobierno de Fox arranca de viejos rencores personales contra el escritor mexicano Jorge G. Castañeda, actual Secretario de Relaciones Exteriores. Castañeda es autor de "La Utopía desarmada", libro en el que se desmenuza la injerencia cubana en el financiamiento y entrenamiento de guerrilleros sudamericanos y centroamericanos, así como la evaporación de millones de dólares de asaltos a bancos, secuestros, etc. perpetrados por subversivos latinoamericanos.
Pero el dirigente antillano no olvida el rencor hacia los adversarios, ni aprende las lecciones de la historia. Si Cuba es el paraíso socialista que él describe, no debe temer a la investigación de Naciones Unidas, obligada por su carta constitutiva a proteger la vigencia de la libertad de pensamiento, de expresión, de organización política, en cualquier lugar del mundo. Hasta el gobierno de Chile, presidido por un socialista distinguido como Ricardo Lagos, votó a favor de la investigación.
Ante este hecho, Cuba no tiene otra alternativa que respetar la posición diplomática soberana de México, Chile, Perú, Uruguay, en defensa de los derechos humanos y suprimir las diatribas en el diálogo diplomático. En algún momento, los gobiernos latinoamericanos iban a abandonar su ceguera ante cuarenta años de despotismo contra los disidentes cubanos perseguidos, encarcelados o exilados por discrepar del régimen cubano. Y eso ya ocurrió.