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Cuentos que brillan en la oscuridad


Leí con cierto escozor un artículo de opinión titulado Peligro radioactivo ¿cómo evitarlo?, del sociólogo Raul Leis, cuyo nivel de educación, capacidad de análisis y evidente compromiso con nuestro pueblo, normalmente me llevan a respetar y frecuentemente a compartir sus opiniones. Tratándose del tema del tránsito de materiales nucleares por el Canal, sin embargo, lamento decir que el doctor Leis me ha sorprendido con una perspectiva poco informada sobre el particular.

Dentro de mi carrera profesional de 20 años como intérprete de conferencias, que me ha llevado a tratar con algunos de los profesionales, políticos y científicos más destacados del planeta, he tenido la oportunidad de atender personalmente a la industria nuclear.

La primera vez que realicé un tránsito completo del Canal de Panamá fue en 1998, dentro de la bodega de carga del buque Pacific Swan, de bandera británica. Se hizo el trayecto junto con técnicos y personeros del armador, recibiendo la visita de periodistas interesados en conocer las medidas de seguridad a bordo, que protegían al medio-ambiente y a la población cercana al Canal de los posibles efectos de las varias toneladas de desechos radiactivos que viajaban en la bodega con nosotros.

Considerando que vivo con mi esposa e hijos en plenas Áreas Revertidas, a escasos metros de la desembocadura del Canal en el Pacífico, bien podría haberme unido a las filas de quienes deploraban el paso de estas naves. Sin embargo, eso nunca sucedió, porque perdí la inocencia; es decir, me topé con la realidad. Luego de aquellas primeras sesiones con “los nucleares” y la prensa nacional, luego de ese primer tránsito del Canal y subsiguientes visitas a las instalaciones en Europa, de donde provienen estos embarques, así como las de Japón, hacia donde se dirigen, rápidamente me fui percatando —y reafirmando con el paso de los años— de las razones de ser, del nivel de las medidas de seguridad y de la perspectiva global que acompaña un tema que, con demasiada frecuencia, se simplifica hasta alcanzar niveles peligrosos, sí, pero en materia intelectual y política, más que radiactiva.

Lo que he encontrado es una industria global en franco crecimiento, con un récord de seguridad sin par, común en países desarrollados como Japón, el Reino Unido y Francia, donde se produce el 80% de la energía eléctrica en centrales nucleares. Como consecuencia directa, Francia es el país con la energía más barata de Europa y con la huella de carbono más chica; envidiable posición que hermanos países latinoamericanos como Brasil, Argentina, Venezuela y Chile hoy buscan compartir.

Asimismo, me he encontrado con una oposición “ambientalista” irresponsable, dispuesta a desatender las amenazas reales y cotidianas que se ciernen sobre nuestro país, como la severa contaminación del aire en nuestras ciudades, el envenenamiento de nuestros ríos y quebradas, y la infame incultura de la basura, para aprovechar los quebradizos temores nocturnos de una población inocente de un complejo tema científico, con tal de promover una dogmática agenda internacionalista anti-nuclear. Esto, justamente en esta época que atravesamos todos, cuando los estragos del calentamiento global y la escasez de combustibles fósil han llevado al mundo a reexaminar la energía nuclear, como parte de una solución integral de fuentes alternativas para la reducción de la huella del carbono con energías limpias y baratas, incluso para países como el nuestro.

Encontré también un Panamá perfectamente capaz de manejar la seguridad de un Canal de primer mundo, 40% de cuya carga consta de materiales peligrosos. Sí, 40%, incluyendo gas licuado, capaz de hacer desaparecer nuestra capital en una bola de llamas; ácidos, corrosivos, agentes químicos, fertilizantes y venenos, y muchos más. Nada de que asombrarse; sencillamente, una parte más del comercio mundial para el cual fue concebido nuestro Canal. Hallé un Panamá que forma parte respetada de una comunidad internacional con todos sus matices, en gran parte justamente porque no permitimos que se politice la operación del Canal.

Con hacerle caso a los extremistas, promulgando una ley para prohibir, innecesaria y caprichosamente, determinados tipos de carga por nuestro Canal, podemos hacer desaparecer en un santiamén todo ese respeto, reflejando una imagen ante el mundo de inestables y trasnochados.

Para ser más exactos, propongo que como país, nos toca abarcar una visión más seria —e involucrada— de la industria nuclear, que la caricatura de Homero Simpson que nos quieren vender algunos fanáticos. Panamá forma parte de un concierto de naciones que hoy necesita de nuestra cooperación y que mañana, podrá brindarnos la suya.

101 años de Panamá América

 
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