Cuidado con la soberbia y la violencia (III)
Muchachos, nacimos para amarnos y vivir en paz, pero vivimos situaciones anormales por el pecado. La violencia que existe en el mundo por guerras y crímenes es impresionante. Nacemos para ser libres, pero somos esclavos y vivimos en guerra y desgracia, llevados por el pecado. Los soberbios y orgullosos, que se creen Dios, terminan siendo violentos para alcanzar sus fines. ¿Por qué nos matamos entre hermanos y andamos siempre en rivalidades y pugnas? Por el pecado de la soberbia: pensar que solo yo, o mi clan, o mi partido, o mi país tiene toda la razón; creerse merecedor de todo sin reconocer nada a los demás.
Si el ser humano cae en el pecado de la soberbia, las pasiones, que deben ser pulidas por el espíritu, se descontrolan y generan sentimientos tan tristes y dolorosos como el odio dejándonos a merced de la agresividad. Pero los instintos deben ser controlados por la razón. Las emociones dañadas por el pecado conducen a ideas negativas de unos respecto a otros y de ahí viene el maltrato y los golpes. Muchos hombres maltratan a sus mujeres porque se creen Dios y si la pobre mujer se atreve a opinar contradiciendo lo que dice el marido, le cae a golpes. Muchos papas son violentos con sus hijos porque creen que solamente ellos tienen toda la razón.
El termómetro que mide la presencia de Jesús en el hogar es la intensidad de paz que exista. Jesús no está donde hay peleas. En cambio, la presencia de Jesús, el Señor, trae paz, reconciliación, armonía, dominio de sí mismo, control emocional y amor. Lo contrario de la violencia es la paz; de la soberbia, la humildad; del orgullo, el reconocimiento que uno es sólo creación de Dios, no un dios. Dios tiene que entrar y habitar en sus hogares, porque Jesucristo es la paz y vino a romper los muros que nos dividen. Busquemos la paz en nuestros hogares para que Jesús esté siempre presente.