Cuidado con las balas viajeras
El día martes, en horas del atardecer, me encontraba estacionado frente a un almacén de la Vía España. Mi esposa bajó con mis dos hijos y entraron al mismo. Me quedé dentro del auto, transcurrieron apenas unos cuantos minutos cuando vi un movimiento extraño de personas y todos, con ojos de impresión y hasta de susto, miraban hacia la calle que está al lado de un concurrido café. Miré por el retrovisor del auto y advertí que había un hombre tendido en plena vía. Una bala había sido la causante de su desgracia. En ese momento venía mi esposa con los niños y dije, casi gritando, “entren, entren, que acaban de balear a un hombre”, cosa que hicieron a la velocidad del rayo.
Confieso que quedé muy preocupado, casi a los extremos de una catarsis. Dije a mi esposa: ¿qué es todo esto? Uno sale de su casa en familia y no sabes de dónde puede provenir una bala, como ya ha acontecido en este país y han muerto personas inocentes que nada tienen que ver con el conflicto que mantienen delincuentes entre sí, y si una de esas balas te llega, muerto te quedaste y no ha pasado nada.
He venido diciendo, casi hasta la saciedad y el cansancio, que estamos viviendo como una sociedad miedosa, con mucho pánico. La delincuencia se ha tomado las calles, sin importar qué o cuál clase de vía o avenida, y alegremente sicarios, matones, delincuentes, disparan por doquier olvidando o tal vez sin importarles que las balas son viajeras y suelen alojarse en cuerpos inocentes y que tampoco la bala distingue clase social, ni sexo, ni religión, ni credo político, tampoco color ni tamaño del ser humano, menos la edad.
Pienso que el Gobierno Nacional, obviamente, tiene parte de la solución en sus manos, pero sin ser incautos ni cómplices con la delincuencia, nosotros, como sociedad, tampoco podemos dejarlo todo en manos de los gobernantes. Tenemos que ser más cuidadosos, escrupulosos, prudentes en todos nuestros pasos.
No pocas veces tentamos al delincuente y soplamos las flautas del crimen exhibiendo objetos o artículos que se constituyen en focos de atención en manos de los delincuentes. Cuántas veces dejamos las puertas abiertas de nuestras casas, o las ventanas, exhibiendo todo el interior de las casas, y Usted puede observar cómo transitan personas y autos con seres dentro de ellos, avispados, mirando hacia su casa o residencia.
Aconsejo que les tome el número de placa y denúncielos inmediatamente ante la policía o tal vez dígales lo que mi padre, con tono muy enérgico, solía decirle a algún parroquiano que se atreviera mirar hacia la casa: “Se le ha perdido algo amigo, qué busca”.
No podemos, en conclusión, ser partícipes con la indiferencia o el silencio cómplice, aliados de la delincuencia.
Me contaba un amigo que la esposa conduciendo su auto, fue encañonada, despojada del mismo, y hoy día en atención psicológica por el trauma causado. No podemos, de ninguna manera, acostumbrarnos al crimen, pues con su marcha ésta lleva redoblando tambores de miseria, desasosiego y temor. Una sociedad con miedo es una sociedad inhóspita de alegría y gozo.