¿Cumbre de la violencia?
En Panamá, la violencia es pan nuestro de cada día. Se siente en muchos lados. Se ha vuelto compañera de la vida. Nos hemos tenido que ir acostumbrando a ella, ya sea la violencia verbal, específicamente de los conductores; pasando por la violencia doméstica hasta culminar con la violencia más grave, el asesinato y por eso, hemos perdido la capacidad de escandalizarnos.
En un mundo de muchos crímenes, uno más poco cuenta. Sólo destacan los que son "fuera de serie"; ejemplo de ello, las mutilaciones del cuerpo humano, pues los robos ya son normales, incluso la violencia autopersonal, como es el suicidio.
Y aunque sea cierto que el hombre es un animal de costumbres, los panameños no podemos ser tan animales como para habituarnos a este modo vergonzoso de vida.
La vida del panameño últimamente está rodeada de violencia. Primero, está en los medios de comunicación, donde cada día nos enteramos de los crímenes espectaculares. Los comunes y corrientes ya nadie les presta atención. Pero todavía hay espacio para reportar infinidades de delitos.
No obstante, lo más insólito es observar muchos de estos delitos en los cuales los involucrados son parejas, quienes acuden a la violencia para resolver un conflicto sin tener la menor tolerancia. Es la ley de la selva: si no te quitas, yo te quito; y para siempre, que también se está volviendo costumbre. Como también es habitual ver en las calles de nuestras ciudades los saldos violentos: casas con bardas propias de fortalezas medievales, rejas carcelarias que protegen a nerviosos dependientes, infinidad de compañías privadas de seguridad, con sus respectivos agentes; situación ésta que no se registraba en el Panamá de ayer. Este es el panorama costumbrista de la violencia en las urbes panameñas.
Pero lo peor de todo es que la violencia está cerca. Así es. Una cosa es verla por televisión o percibirla en la calle; otra, es vivirla en carne propia, tal como lo hacen infinidades de ciudadanos en los barrios más humildes de nuestro país: en Curundú, San Joaquín, Tocumen, Veracruz, El Chorrillo, entre otros, donde existen fuertes bandas, muchas de ellas juveniles. Sin embargo, la gente de esos lugares sabe quiénes cometen los delitos muchas veces, pero no se atreven a denunciarlos.
Las causas de la violencia en Panamá son muchas y complejas. Es un lugar común hablar, por ejemplo, de la debilidad del Estado para proveer el bien público de la seguridad. Es cierto. Pero también debemos preguntarnos qué podemos hacer nosotros, los ciudadanos comunes y corrientes, para enfrentar este flagelo. Me parece que un primer paso sería rehusarnos a la costumbre de la violencia. Combatir este terrible hábito cotidianamente. Dejar de encerrarnos en nuestras pequeñas fortificaciones y rescatar los espacios públicos que hemos entregado a los delincuentes. Levantar nuestra voz de insatisfacción por lo que está ocurriendo. Recuperar la capacidad de escandalizarnos por las fechorías, aunque no sean tan espectaculares.
¿Qué más nos tiene que pasar para reaccionar? ¿A qué más nos tenemos que acostumbrar para abrir los ojos y darnos cuenta que la costumbre de la violencia nos está destruyendo lentamente?
(nanchy@hotmail.com)
En un mundo de muchos crímenes, uno más poco cuenta. Sólo destacan los que son "fuera de serie"; ejemplo de ello, las mutilaciones del cuerpo humano, pues los robos ya son normales, incluso la violencia autopersonal, como es el suicidio.
Y aunque sea cierto que el hombre es un animal de costumbres, los panameños no podemos ser tan animales como para habituarnos a este modo vergonzoso de vida.
La vida del panameño últimamente está rodeada de violencia. Primero, está en los medios de comunicación, donde cada día nos enteramos de los crímenes espectaculares. Los comunes y corrientes ya nadie les presta atención. Pero todavía hay espacio para reportar infinidades de delitos.
No obstante, lo más insólito es observar muchos de estos delitos en los cuales los involucrados son parejas, quienes acuden a la violencia para resolver un conflicto sin tener la menor tolerancia. Es la ley de la selva: si no te quitas, yo te quito; y para siempre, que también se está volviendo costumbre. Como también es habitual ver en las calles de nuestras ciudades los saldos violentos: casas con bardas propias de fortalezas medievales, rejas carcelarias que protegen a nerviosos dependientes, infinidad de compañías privadas de seguridad, con sus respectivos agentes; situación ésta que no se registraba en el Panamá de ayer. Este es el panorama costumbrista de la violencia en las urbes panameñas.
Pero lo peor de todo es que la violencia está cerca. Así es. Una cosa es verla por televisión o percibirla en la calle; otra, es vivirla en carne propia, tal como lo hacen infinidades de ciudadanos en los barrios más humildes de nuestro país: en Curundú, San Joaquín, Tocumen, Veracruz, El Chorrillo, entre otros, donde existen fuertes bandas, muchas de ellas juveniles. Sin embargo, la gente de esos lugares sabe quiénes cometen los delitos muchas veces, pero no se atreven a denunciarlos.
Las causas de la violencia en Panamá son muchas y complejas. Es un lugar común hablar, por ejemplo, de la debilidad del Estado para proveer el bien público de la seguridad. Es cierto. Pero también debemos preguntarnos qué podemos hacer nosotros, los ciudadanos comunes y corrientes, para enfrentar este flagelo. Me parece que un primer paso sería rehusarnos a la costumbre de la violencia. Combatir este terrible hábito cotidianamente. Dejar de encerrarnos en nuestras pequeñas fortificaciones y rescatar los espacios públicos que hemos entregado a los delincuentes. Levantar nuestra voz de insatisfacción por lo que está ocurriendo. Recuperar la capacidad de escandalizarnos por las fechorías, aunque no sean tan espectaculares.
¿Qué más nos tiene que pasar para reaccionar? ¿A qué más nos tenemos que acostumbrar para abrir los ojos y darnos cuenta que la costumbre de la violencia nos está destruyendo lentamente?
(nanchy@hotmail.com)