De aftosa y agro
Los ganaderos argentinos tienen mala suerte. Cuando tras años de lucha lograron que las autoridades sanitarias y de comercio de Estados Unidos levantaran las restricciones a la importación de sus cortes selectos de carne vacuna, les aparece ahora un brote de fiebre aftosa. La situación es grave, porque despachos internacionales dan cuenta de la aparición de otros casos en Brasil, muy cerca de la frontera con Uruguay. En Panamá importamos carne uruguaya y argentina; y no se sabe cuál será la reacción de nuestras autoridades. Chile cesó de importarlas. Antes de eso, el Ministerio de Agricultura local había negado permiso sanitario a carne nicaragüense que era perfecta, aunque luego levantó la restricción.
Los pobres argentinos acababan de obtener un certificado de libre de aftosa sin vacuna; y esperaban que ello les abriera de par en par el apetecido y exigente mercado norteamericano. El congreso estadounidense usó un rebuscado subterfugio para ganar tiempo e impedir la entrada de carne gaucha: Bloqueó los fondos necesarios para financiar los controles sanitarios para verificar su estado. Aun así se esperaba que en cosa de meses el problema fuera superado, hasta que vino la aftosa. Ahora tienen la excusa perfecta.
Los panameños no tenemos aftosa, aunque ella pulula por nuestra frontera con Colombia. La cercanía nos ha impedido en parte exportar carne a Estados Unidos, aunque Nicaragua lo hace desde hace años con todo éxito. Ambos, Nicaragua y Panamá alimentamos nuestro ganado con hierba, lo que es a la vez una ventaja y una desventaja. Ventaja porque nuestra carne es un alimento natural; y desventaja porque es más dura que la del ganado transgénico y hormonado. Por suerte, cada vez hay más consumidores exigiendo que la carne indique cómo es alimentado el ganado de donde deriva.
El que importemos carne barata de Nicaragua y exportemos carne cara, es un buen negocio. Pero nuestros ganaderos deben ser más agresivos y modernizarse. Tienen que mejorar el pasto y explotar el carácter natural de su alimentación. También tienen que controlar el brote de tuberculosis que surgió hace algunos años en Bocas del Toro y que emigró a Chiriquí.
Lo mismo vale para los demás productos del agro. Sabemos que la tecnología mundial marcha hacia la revolución genética, por más que los ecologistas se opongan. Pero difícilmente podremos competir en ese campo donde las grandes potencias económicas nos impondrán condiciones de dependencia tecnológica. Ellos patentarán sus técnicas y semillas. Nada podremos hacer para impedirlo; pero en cambio, podemos vender alimentos naturales. Ese es un valor agregado con el que los industrializados no podrán competir.
Los pobres argentinos acababan de obtener un certificado de libre de aftosa sin vacuna; y esperaban que ello les abriera de par en par el apetecido y exigente mercado norteamericano. El congreso estadounidense usó un rebuscado subterfugio para ganar tiempo e impedir la entrada de carne gaucha: Bloqueó los fondos necesarios para financiar los controles sanitarios para verificar su estado. Aun así se esperaba que en cosa de meses el problema fuera superado, hasta que vino la aftosa. Ahora tienen la excusa perfecta.
Los panameños no tenemos aftosa, aunque ella pulula por nuestra frontera con Colombia. La cercanía nos ha impedido en parte exportar carne a Estados Unidos, aunque Nicaragua lo hace desde hace años con todo éxito. Ambos, Nicaragua y Panamá alimentamos nuestro ganado con hierba, lo que es a la vez una ventaja y una desventaja. Ventaja porque nuestra carne es un alimento natural; y desventaja porque es más dura que la del ganado transgénico y hormonado. Por suerte, cada vez hay más consumidores exigiendo que la carne indique cómo es alimentado el ganado de donde deriva.
El que importemos carne barata de Nicaragua y exportemos carne cara, es un buen negocio. Pero nuestros ganaderos deben ser más agresivos y modernizarse. Tienen que mejorar el pasto y explotar el carácter natural de su alimentación. También tienen que controlar el brote de tuberculosis que surgió hace algunos años en Bocas del Toro y que emigró a Chiriquí.
Lo mismo vale para los demás productos del agro. Sabemos que la tecnología mundial marcha hacia la revolución genética, por más que los ecologistas se opongan. Pero difícilmente podremos competir en ese campo donde las grandes potencias económicas nos impondrán condiciones de dependencia tecnológica. Ellos patentarán sus técnicas y semillas. Nada podremos hacer para impedirlo; pero en cambio, podemos vender alimentos naturales. Ese es un valor agregado con el que los industrializados no podrán competir.