default

De aftosa y derechos del consumidor


Como dramáticamente admitió un alto funcionario de Aduanas, nadie verifica la veracidad ni el estado sanitario de un producto en el tramo comprendido entre su arribo en un contenedor sellado a un puerto local y su depósito en un almacén privado de mercancía no nacionalizada, de los muchos que bajo permiso oficial hacen las veces de recintos aduaneros. Y no es de extrañar que tales almacenes sean también de propiedad de los propios importadores, en evidente conflicto de intereses que a las autoridades aduaneras les corresponde investigar y evitar. Nadie se inspecciona válidamente a sí mismo.
Y lo más seguro es que ningún funcionario destacado en esos recintos privados aduaneros verifique absolutamente nada. En la práctica, termina firmando cuanto le pongan por delante y, usualmente, pasará por sus narices gato por liebre, menos lo que se declara bajo juramento en el formulario de liquidación del arancel, ni por las cantidades que allí dice, ni por su valor ni lugar de procedencia que aparenta.
Las consecuencias de tan condenable práctica son espantosas. Defraudación aduanera, contrabando, competencia desleal con quienes pagan, falsificación, agresión a los productores nacionales, burla de las leyes de protección industrial y agropecuaria, enriquecimiento ilícito, atentado contra la salud pública y leyes zoo y fito sanitarias, etc.
Las consecuencias de arriesgarse a traer aftosa por ganarse unos dólares más al importar carne de desecho procedente de un país vedado, trascienden las fronteras patrias. Nada ni nadie pararía la expansión del microbio por tierra y aire hasta Alaska. Millones de personas quedarían sin empleos y los demás tendríamos que convertirnos en vegetarianos o mariscófilos forzados.
Fuera de eso, el desprecio por el consumidor que paga aquel engendro como si fuera nacional o sin riesgo, es olímpico. ¿Cómo nos venden carne de un país con aftosa, disfrazada de calidad americana y con seis meses de congelada, a precio de oro?
Por eso insistimos en que la CLICAC obligue a los supermercados a identificar el origen del alimento que vendan y demás detalles (macho o hembra, nuevo o viejo, fresco o congelado, transgénico o natural, manipulado genéticamente o no, alimentado con harina cárnica, hormonas o con hierba o granos). Ese es nuestro derecho elemental como consumidores, a saber qué compramos y a no ser engañados.


101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América