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De animales y políticos


Existen los animales políticos? Según Aristóteles, todos los seres humanos lo somos. Mas la pregunta interesante se da de un juego de palabras: ¿Existen los políticos animales?
Si le creemos a la opinión pública y a la sabiduría popular, la mayoría de los representantes del pueblo actúa de forma comparable a estos seres guiados por sus instintos, incapaces de satisfacer su razón de ser, que no es más que gobernar de forma justa y satisfactoria a los individuos bajo su potestad. Por ende, no debe parecer escabroso escuchar comentarios como: "¡Ese político es un animal!" o "¡Esos de arriba parecen bestias!", de la boca de cualquier ciudadano común en el más lejano rincón del subcontinente latinoamericano.
Buscando la razón para que exista una abundancia de tales políticos en Panamá, que no escapa a la tendencia latinoamericana, se arriba a una posible causa.
Los partidos políticos son muchas veces, deliberadamente, utilizados como vehículos para el aprovechamiento personal, en vez de ser la más alta representación de un ideal político, de una filosofía social y/o de pretenciones económicas. Como consecuencia de ello, es inevitable que las personas que integran partidos políticos, en muchos casos, actúan midiendo el beneficio potencialmente obtenible de la actividad politiquera, sintiéndose moralmente exentos de ir en pos de su obligación máxima, que es ser leal a sus principios políticos, a su partido, a la patria, y al pueblo que los eligió. ¿Pero, qué se ha de hacer si los principios políticos no representan, en algunos casos, más que los instintos de aseguramiento material de cada uno de sus militantes?
¿Qué han de pensar las futuras generaciones cuando miren hacia atrás y comparen su situación con la actual? Probablemente lo mismo que reflexionamos nosotros cuando apreciamos lo pasado y lo comparamos con los días en que vivimos: Todo sigue igual...La corrupción sigue su carrera galopante y ascendente, la gestión pública parece un circo, y grupos de personas, utilizando el método maquiavélico mediante el cual el fin justifica los medios, tratan de conducir a las entidades estatales bajo su esfera de influencia
Se puede concluir, observando lo antes expuesto, un ejemplo específico reciente de la situación panameña: se aprueba una ley para crear transparencia en la gestión pública y, paralelamente, se dicta un decreto que regula esta ley de transparencia, tergiversando y desfigurando totalmente la esencia de la misma norma.
Ahí vemos el animalismo político; crear algo bueno, útil, necesario, incluso virtuoso para luego, por claras protecciones a interés personales, embaucar el espíritu de tan noble obra. Luego, por lo demás, abrazándose al derecho regulador de la Ley de Transparencia, la Corte Suprema de Justicia hace pocos días le dio una estocada final a la susodicha ley, negando información sobre los legisladores suplentes que se encuentran en planilla.
En este caso, la máxima institución judicial se vio afectada en su credibilidad a raíz del claro encubrimiento, que encuentra su origen en los anteriormente expuesto, agregándosele a esto los dudosos nombramientos de dos magistrados a inicios del año por razones políticas y medios cuestionables. ¿Si no hay nada que esconder, por qué lo hacen?
Para encontrar razones que expliquen las prácticas que se han enumerado, debemos ahondar sobre la médula de la sociedad en general, específicamente en el desarrollo político y moral del individuo.
Son contados los panameños que accediendo al poder no utilizarían de alguna forma esa posición aventajada para su propio provecho.
Por lo tanto, creo que es necesario y urgente que se reafirme el concepto de que es deber de la juventud, la sociedad y los políticos, que vean en lo que hacen algo digno de admirar, honorable e implicante de grandes responsabilidades, todos juntos, tratar de cambiar el rumbo hacia una renovación económica.
Esta alta meta solamente llegará a ser alcanzable cuando nosotros, los animales políticos, panameños, dejemos de transmutarnos en políticos animales cada vez que el hado disponga darnos la oportunidad de revestirnos con el honor de determinar, en alguna forma, el futuro de nuestra nación.

101 años de Panamá América

 
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