De Colón a Beijing... salto de oro
Entre los muros de un estadio en escombros, olvidado por el tiempo, invadido por la desidia de los políticos y la rapiña de los dirigentes deportivos, entrenaba un joven colonense con la única compañía de sueños de gloria. Eran tiempos de soledad cuando la única fuerza motivadora era un sentimiento que pocos comprendemos, el sentimiento de patria.
Irving creyó en sí mismo cual campeón que no vislumbra otra cosa que no sea el triunfo. El salto que pretendía era descomunal, nadie antes lo había intentado, nadie de este humilde terruño, nadie apostaba que lo lograría. Llegó el día, con el alma en la garganta, con el bullir de emociones, con la imagen de una bandera, la historia se escribió, fue un salto olímpico desde el Roberto Mariano Bula en Colón al Nido de Pájaros en Beijing,
Desafiando la hegemonía de los países de clase olímpica, un humilde panameño emprendió la carrera, alcanzó velocidad y levantó impulso entre las calles de una ciudad de edificios descascarados, de casas de inquilinatos, de jóvenes desempleados apostados en las esquinas, en una ciudad acorralada entre sus 16 calles, fue impulsado por el alma de los colonenses que no saben darse por vencidos, por las sonrisas de sus niños y del calor de sus madres, una tierra de hombres que son de verdad.
Saladino sembró la marca entre los grandes medallistas de oro olímpico. Demostró que es posible soñar y alcanzar metas casi imposibles e inimaginables.
Esta hazaña imborrable nos recuerda a todos los panameños que somos pequeños en territorio, pero gigantes de espíritu. La determinación de Irving Salido es un ejemplo de lo que somos capaces como ciudadanos y como país. Como aquellos que afrontaron el salto olímpico de asumir la administración del Canal cuando nadie creía en ellos, como aquellos que brincaron la cerca para izar nuestra bandera, como aquellos que no dudaron y entablaron la batalla histórica para recuperar nuestra soberanía, como aquellos que soñaron construir en esta franja de tierra una gran nación. Gracias Irving, patria son tantas cosas buenas.