De democracias y demócratas
El debate sobre las democracias, sobre sus condiciones sociales e institucionales, sobre sus formas y sobre sus perspectivas es, al parecer, un debate siempre inconcluso y permanentemente renovado. No creemos equivocarnos si decimos que cada período histórico aporta un conjunto de nuevas ideas y enfoques que constituyen un arsenal teórico de gran valor. Pero quizá lo primordial sea saber que aquella discusión teórica forma parte, de manera sustancial, de la lucha social, del combate entre las diversas clases y fracciones de clase que existen en la sociedad capitalista actual. Por lo tanto, lejos de ser un debate académico se inscribe en la permanente lucha social.
La primera perspectiva a definir es la que determina a qué tipo de fenómeno social se refiere el concepto de democracia. Para algunos la democracia responde a un fenómeno meramente instrumental, es decir, procesal. Basta con que nos encontremos con un régimen de partidos políticos y una competencia electoral para señalar que estamos en presencia de ella. Por supuesto que ello es una falacia y un embauque ideológico. Una definición tan amplia implicaría llamar democracia al sistema político haitiano, o guatemalteco o colombiano sin más. De igual manera, Panamá, por el hecho de reconocer en el pasado inmediato dos procesos electorales más o menos claros y de respeto a la voluntad expresada en las urnas sería un ejemplo de democracia. Como si lo democrático fuera sólo expresión de lo electoral.
Lo absurdo de tal concepción restringida de democracia ha llevado a la ciencia política norteamericana a señalar que tales sistemas de competencia electoral, más que democracias son poliarquías, reservando aquel término a conceptos más complejos e inclusivos.
Por su parte, otro sector quizá más amplio prefiere despojar el término democracia de su connotación meramente electoral y darle un carácter más sustantivo, más material o si se quiere de mayor complejidad. La democracia es un proceso histórico de avances y retrocesos que trasciende lo meramente electoral para inscribirse en lo social. No se descarta lo electoral como un plano importante de la vida social, pero no se descartan otros planos de la realidad en que lo democrático se expresa en mecanismos de participación. Sólo la lucha social determinará quiénes son los verdaderos demócratas y quiénes no lo son.
Así, en el caso concreto de Panamá, aquellos que sostengan que vivimos en democracia sólo porque durante cien años de vida republicana ha habido tres o cuatro procesos electorales en que se ha respetado la voluntad electoral, miente descaradamente. La oligarquía panameña ha matado, en su cuna, la democracia. Lo mismo la intervención electoral permanente de los Estados Unidos, ha hecho trizas a ésta en este país. Finalmente, el autoritarismo militar ha contribuido a entorpecer la construcción de un verdadero sistema democrático. Sobre el populismo militar nada se ha dicho y los estudios sobre el mismo, con escasas excepciones, han sido diatribas viscerales o, cuando mucho, ejercicios simplemente descriptivos.
¿Cómo se puede hablar de democracia en Panamá y en América Latina con cerca de la mitad de su población excluida del consumo más elemental? ¿Cómo se puede sostener que nuestras democracias realmente existentes lo son con el insultante nivel de concentración de la riqueza en pocas manos? Si la democracia significa igualdad y participación, ¿qué relación hay entre pobreza y democracia?.
Lo que planteamos es que en el debate de fondo existen concepciones diversas de la vida social. Para el liberalismo, en todos sus matices, más civilizado o más primitivo, existe una relación natural entre democracia y concepción liberal, cosa que no es ni ha sido jamás evidente. No negamos que en ocasiones el pensamiento liberal haya contribuido junto a otras fuerzas a la construcción de la democracia. Pero ello ha sido excepcional y una vez alcanzado el poder terminan sus devaneos democráticos. Para los socialistas, por el contrario, socialismo y democracia son consustanciales. No sólo porque el socialismo debe significar la más profunda participación de las mayorías en la gestión de los asuntos públicos, sino porque debe representar el mayor respeto a las libertades democráticas, sin excluir los derechos sociales.
Natalio Botana, liberal y demócrata argentino, ha dicho que la democracia posee un núcleo duro como condición sine qua non: separación y equilibrio de los poderes públicos, una teoría de la representación adecuada con mecanismos plurales de participación y un respeto irrestricto a los derechos humanos. ¿Cuántas de esas condiciones se cumplen en Panamá?. Estoy cada vez más convencido de que algo de razón tiene Maurice Duverger al denominar a estos regímenes democracias sin el pueblo.
La primera perspectiva a definir es la que determina a qué tipo de fenómeno social se refiere el concepto de democracia. Para algunos la democracia responde a un fenómeno meramente instrumental, es decir, procesal. Basta con que nos encontremos con un régimen de partidos políticos y una competencia electoral para señalar que estamos en presencia de ella. Por supuesto que ello es una falacia y un embauque ideológico. Una definición tan amplia implicaría llamar democracia al sistema político haitiano, o guatemalteco o colombiano sin más. De igual manera, Panamá, por el hecho de reconocer en el pasado inmediato dos procesos electorales más o menos claros y de respeto a la voluntad expresada en las urnas sería un ejemplo de democracia. Como si lo democrático fuera sólo expresión de lo electoral.
Lo absurdo de tal concepción restringida de democracia ha llevado a la ciencia política norteamericana a señalar que tales sistemas de competencia electoral, más que democracias son poliarquías, reservando aquel término a conceptos más complejos e inclusivos.
Por su parte, otro sector quizá más amplio prefiere despojar el término democracia de su connotación meramente electoral y darle un carácter más sustantivo, más material o si se quiere de mayor complejidad. La democracia es un proceso histórico de avances y retrocesos que trasciende lo meramente electoral para inscribirse en lo social. No se descarta lo electoral como un plano importante de la vida social, pero no se descartan otros planos de la realidad en que lo democrático se expresa en mecanismos de participación. Sólo la lucha social determinará quiénes son los verdaderos demócratas y quiénes no lo son.
Así, en el caso concreto de Panamá, aquellos que sostengan que vivimos en democracia sólo porque durante cien años de vida republicana ha habido tres o cuatro procesos electorales en que se ha respetado la voluntad electoral, miente descaradamente. La oligarquía panameña ha matado, en su cuna, la democracia. Lo mismo la intervención electoral permanente de los Estados Unidos, ha hecho trizas a ésta en este país. Finalmente, el autoritarismo militar ha contribuido a entorpecer la construcción de un verdadero sistema democrático. Sobre el populismo militar nada se ha dicho y los estudios sobre el mismo, con escasas excepciones, han sido diatribas viscerales o, cuando mucho, ejercicios simplemente descriptivos.
¿Cómo se puede hablar de democracia en Panamá y en América Latina con cerca de la mitad de su población excluida del consumo más elemental? ¿Cómo se puede sostener que nuestras democracias realmente existentes lo son con el insultante nivel de concentración de la riqueza en pocas manos? Si la democracia significa igualdad y participación, ¿qué relación hay entre pobreza y democracia?.
Lo que planteamos es que en el debate de fondo existen concepciones diversas de la vida social. Para el liberalismo, en todos sus matices, más civilizado o más primitivo, existe una relación natural entre democracia y concepción liberal, cosa que no es ni ha sido jamás evidente. No negamos que en ocasiones el pensamiento liberal haya contribuido junto a otras fuerzas a la construcción de la democracia. Pero ello ha sido excepcional y una vez alcanzado el poder terminan sus devaneos democráticos. Para los socialistas, por el contrario, socialismo y democracia son consustanciales. No sólo porque el socialismo debe significar la más profunda participación de las mayorías en la gestión de los asuntos públicos, sino porque debe representar el mayor respeto a las libertades democráticas, sin excluir los derechos sociales.
Natalio Botana, liberal y demócrata argentino, ha dicho que la democracia posee un núcleo duro como condición sine qua non: separación y equilibrio de los poderes públicos, una teoría de la representación adecuada con mecanismos plurales de participación y un respeto irrestricto a los derechos humanos. ¿Cuántas de esas condiciones se cumplen en Panamá?. Estoy cada vez más convencido de que algo de razón tiene Maurice Duverger al denominar a estos regímenes democracias sin el pueblo.