De Doñana a Cerro Quema
Doñana, ubicado al sur de España, es un parque nacional de 50 mil hectáreas, catalogado por la UNESCO como patrimonio de la humanidad, considerado como la mayor reserva ecológica de Europa. Hace algunas semanas, el exceso de lluvias rebasó la capacidad de tinas de lavado de minerales en unas minas cercanas a Doñana; y toneladas de veneno tóxico se deslizaron hacia sus terrenos más bajos causando una contaminación sin precedentes.
El gobierno español y de otras naciones están haciendo esfuerzos extraordinarios para limpiar el área, saturada de peces, aves y animales, pero todo parece inútil. El río Guadima que nutre el parque, ha sido contaminado de metales pesados y ácidos mortales de efecto residual ante la impotencia de los miles de trabajadores y equipos que han sido movilizados para atemperar el impacto del desastre.
La tragedia de Doñana ilustra lo que puede ocurrir cuando el ser humano arriesga la Naturaleza por el desarrollo, incluso cuando éste tiene lugar bajo parámetros de estricto control.
Ese es el tipo de tragedia que queremos evitar en el proceso de desarrollo de nuestra minería. Ciertamente favorecemos su actividad, a falta de otras alternativas que atraigan inversiones y creen fuentes de trabajo. Pero en modo alguno tal ha de tener lugar sacrificando nuestros recursos naturales o en perjuicio del agua de la cual tanto dependemos los seres humanos, no sólo para nuestro sostenimiento sino también para todo el resto de la actividad económica rural.
Ya en una ocasión sucedió un derrame similar al colapsar las tinas de liniviación de la mina del Remance en Veraguas. Desde entonces fueron reforzadas y no han surgido nuevos accidentes.
Pero en todo caso, el desastre del Doñana nos enseña que no podemos permitirnos laxitud alguna en el estricto cumplimiento de las normas de seguridad en la industria minera. Ello es importante siempre; y especialmente en la cercanía de ríos y arroyos como los de Cerro Quema, Remance y Santa Rosa, entre otros.
En estos momentos en que los precios deprimidos del cobre, el oro y otros metales han provocado la suspensión de la actividad minera en nuestro suelo, es ocasión propicia para pasar revista sobre lo que hemos hecho en esta materia y reforzar los aspectos flojos, en particular la supervisión técnica que ha de ser rigurosa; y que puede muy bien ser subcontratada a empresas extranjeras si aquí carecemos de los medios para hacerlo. Hay que procurar un desarrollo económico que cree riqueza para los panameños sin dilapidar el medio ambiente en el proceso.
El gobierno español y de otras naciones están haciendo esfuerzos extraordinarios para limpiar el área, saturada de peces, aves y animales, pero todo parece inútil. El río Guadima que nutre el parque, ha sido contaminado de metales pesados y ácidos mortales de efecto residual ante la impotencia de los miles de trabajadores y equipos que han sido movilizados para atemperar el impacto del desastre.
La tragedia de Doñana ilustra lo que puede ocurrir cuando el ser humano arriesga la Naturaleza por el desarrollo, incluso cuando éste tiene lugar bajo parámetros de estricto control.
Ese es el tipo de tragedia que queremos evitar en el proceso de desarrollo de nuestra minería. Ciertamente favorecemos su actividad, a falta de otras alternativas que atraigan inversiones y creen fuentes de trabajo. Pero en modo alguno tal ha de tener lugar sacrificando nuestros recursos naturales o en perjuicio del agua de la cual tanto dependemos los seres humanos, no sólo para nuestro sostenimiento sino también para todo el resto de la actividad económica rural.
Ya en una ocasión sucedió un derrame similar al colapsar las tinas de liniviación de la mina del Remance en Veraguas. Desde entonces fueron reforzadas y no han surgido nuevos accidentes.
Pero en todo caso, el desastre del Doñana nos enseña que no podemos permitirnos laxitud alguna en el estricto cumplimiento de las normas de seguridad en la industria minera. Ello es importante siempre; y especialmente en la cercanía de ríos y arroyos como los de Cerro Quema, Remance y Santa Rosa, entre otros.
En estos momentos en que los precios deprimidos del cobre, el oro y otros metales han provocado la suspensión de la actividad minera en nuestro suelo, es ocasión propicia para pasar revista sobre lo que hemos hecho en esta materia y reforzar los aspectos flojos, en particular la supervisión técnica que ha de ser rigurosa; y que puede muy bien ser subcontratada a empresas extranjeras si aquí carecemos de los medios para hacerlo. Hay que procurar un desarrollo económico que cree riqueza para los panameños sin dilapidar el medio ambiente en el proceso.