De incendios e incendiarios
Todavía no se ha apagado el incendio y los libremercadistas ya asoman la cabeza bajo el duro caparazón de su tortuguismo ideológico. Ahora los incendiarios pretenden apagar el fuego de sus propias tropelías cometidas en las corporaciones financieras de USA y que afecta a cinco mil millones de personas.
Poniendo los caballos por detrás del carro de las evidencias, en su dialéctica mercantilista, obcecados en su fobia, estos nihilistas políticos opinan cínicamente en contra de los gobiernos que ellos mismos se encargan de financiar con el objetivo pragmático de usufructuar de leyes, tratados y emprendimientos públicos, es decir, del mismo Estado al que dicen aborrecer y rechazan, por considerarlo un monstruo similar al Golem de aquel rabino que pretendió hacer un hombre de un muñeco y le salió una piltrafa.
Achacan a los gobiernos la culpa del desmadre, tanto porque bogan regulando mucho o porque bogan regulando poco. Cuando en verdad la responsabilidad del megafraude es la corrupción de parte y parte. Como en el tango, se necesitan dos para corromper, el que ofrece y el que acepta y como no hay tango sin público, el tercero en discordia es el malevaje que mira sin comprender.
Hasta la implosión de la URSS el mundo ideológico se dividía entre capitalismo y comunismo. Ahora esas diferencias se han acotado admitiéndose el derecho a la propiedad privada. Pero ha dejado sueltos los otros tentáculos de la hidra. Así, hoy, la cuestión está entre el capitalismo regulado y el no regulado.
Como hemos visto en la segunda reunión del 8% de los Estados independientes o G-20, grupo que representa más del 80% del PBI del mundo y alrededor del 80% de la población mundial, allí Francia y Alemania abogaron por menos programas de “estímulos” económicos y más y mejor regulación del Estado. En cambio, Estados Unidos y Gran Bretaña opinaron lo contrario. Esa es la cuestión práctica a dirimir en la actualidad: Cómo ponerle el cascabel al gato del capitalismo irresponsable, corrupto y estadofóbico.
Los “arsons” no sólo han prendido la llama de la ambición descontrolada de las aseguradoras, de los bancos insolventes, de las empresas hipotecarias fraudulentas, de los “financistas” a lo Madoff y de los economistas que no saben cómo parar la bola porque ni la bola ven con claridad, pues la “ciencia económica”, al parecer, depende más de la psicología que de la aritmética contable o la política. Los incendiarios también han logrado encender los ánimos del tendal de desgraciados que han perdido su trabajo, sus estudios y sus casas.
En todas partes los bomberos no son empleados privados, si lo fueran apagarían primero la barbacoa del señor Stanford o de Murcia. Gracias a los dioses (Loki, Hefestos o Agni), son cuerpos del Estado, cumplen su misión con abnegación y valor y de vez en cuando hasta encuentran “gato-circuitos” en comercios de dueños inescrupulosos. Ojalá que estos heroicos bomberos, en ocasiones inermes y mal pagados, puedan sofocar los ánimos caldeados antes que resucite el de Robespierre.