De inscripciones y encuestas ficticias
Mientras que, para muchos, los resultados del referéndum de 1998 fueron una sorpresa, para los que siguen con atención la tendencia de votación de los electores, no.
En efecto, existen dos métodos físicos para determinar la intención de voto del elector: a) El analítico, que estudia las cifras de votaciones anteriores, que escudriña la trayectoria y tendencia del votante, y, que detecta las condiciones que pudieran modificar su decisión entre consultas electorales; y, b) Las encuestas, o sondeos de opinión, realizadas mediante preguntas directas formuladas al futuro votante pretendidamente elegido al azar. En el mundo antiguo, la forma de consulta para averiguar lo que sucedería en una confrontación de gentes -que es lo que constituye una votación o una batalla- se realizaba a través de oráculos en donde un adivino o una pitonisa, basados en métodos metafísicos (percepciones extrasensoriales y premoniciones), supuestamente predecía lo que ocurría.
En el caso del referéndum celebrado el pasado 30 de agosto, realmente no hacía falta ser augur ni realizar encuestas para vaticinar lo que iba a acontecer. Bastaba recordar que el P.R.D. y sus aliados habían obtenido 355,307 votos para Presidente en 1994 y que de esa fecha hasta el presente no ha ocurrido nada durante su gestión gubernamental, que haya producido una mejoría en el nivel y calidad de vida a los que no votaron por ellos en aquella ocasión, como para que esa votación aumentara significativamente.
Las cifras de las inscripciones en los partidos y de las encuestas, son de las más engañosas en el panorama político panameño. En el caso de las inscripciones, los partidos a favor de la reelección inmediata del Presidente de la República se jactaban de tener inscritos más de 530,000 adherentes (el P.R.D. más de 380,000 por sí solo) dando por descontado que eran adhesiones sinceras y que al menos obtendrían esa cantidad en votos a favor de la reelección. ¡Qué engañados estaban! En realidad, cerca de una tercera parte probaron ser deshonestas, o de conveniencia, quedando al descubierto en la votación del referéndum en toda su dimensión. En dicha elección, el P.R.D. y sus aliados, al obtener 385.470 votos a favor de la reelección inmediata, alcanzaron su verdadero tamaño correspondiente a un 35.0% de los votos válidos, y, sólo unos 30,000 votos más que cuatro años antes en 1994. Con ello, demostraron que el techo de su caudal de simpatizantes no guarda relación alguna con el número de adherentes inscritos en esos partidos.
En el caso de las encuestas, da grima observar cuán distantes están de la verdad. Todas manifiestan contener un 3% de error cuando, en verdad, ronda el 30% en las cifras de la mitad de los contendores en cada medición. Prácticamente que no sirven para mucho. Las razones para explicar tal disparidad de resultados han sido piadosas... cuando se les otorga el beneficio de la duda. Estas van desde que el muestreo no es representativo del porcentaje real de la población votante, hasta que la intención de voto "evoluciona" debido a las técnicas de propaganda empleadas para influir en la decisión del votante. La primera puede ser cierta y revelaría poco profesionalismo de parte de los encuestadores. La segunda es un cuento de caminos, y, denota cierto menosprecio por la integridad de los electores y por la inteligencia de los lectores.
La opinión de la mayoría de los votantes acerca de los candidatos y sobre todo de sus partidos, se forma a lo largo de un período de observaciones de su comportamiento de varios años y no a base de lemas publicitarios en tres meses de campaña proselitista. Por lo que dichos lemas podrán sorprender a unos cuantos ingenuos, o a desconocedores, peor no a la gran masa de votantes que ya saben quién es quién. Por eso, es increíble y absurda la afirmación de cualquier encuestador que informe que el P.R.D. salte de un 35% de respaldo real en agosto de 1998 a un proyectado 40 ó 45% en 1999, a pesar de que hasta 1998 sólo había ganado un 1.7%. Lo casi seguro es que no llegue ni al 38% de los votos válidos en mayo de 1999, según se determina por el método analítico, aún con el nuevo apoyo de una porción del desmoralizado y desmembrado Papa Egoró.
Pero, para un cada vez más creciente número de observadores, las encuestas, que en un país tan desarrollado cívicamente como los Estados Unidos han resultado en grandes chascos, en Panamá son utilizados como herramientas para confundir y engañar al votante. En E.U.A. a mediados del siglo XX las encuestas afirmaban que el gobernador T. Dewey vencería cómodamente al presidente H. Truman, y hasta muchos periódicos ya tenían una edición impresa reconociéndole el triunfo, pero el resultado fue lo contrario. En 1994, las elecciones insistían que M. Moscoso quedaría en un cuarto lugar distante y, no obstante, quedó de segunda cercana, y, hubiera ganado si las "flamantes" encuestas no hubieran desorientado y engañado a un gentío que creía que quien tenía opción de vencer al P.R.D. era otro y no votaron por ella; aunque lo hubieran hecho si hubieran sabido la verdad. Sobrada razón tiene quien enuncia que sólo hay que creer en las encuestas de "carne y hueso". Las demás ya están desacreditadas, como se comprobará una vez más el 2 de mayo de 1999.
En efecto, existen dos métodos físicos para determinar la intención de voto del elector: a) El analítico, que estudia las cifras de votaciones anteriores, que escudriña la trayectoria y tendencia del votante, y, que detecta las condiciones que pudieran modificar su decisión entre consultas electorales; y, b) Las encuestas, o sondeos de opinión, realizadas mediante preguntas directas formuladas al futuro votante pretendidamente elegido al azar. En el mundo antiguo, la forma de consulta para averiguar lo que sucedería en una confrontación de gentes -que es lo que constituye una votación o una batalla- se realizaba a través de oráculos en donde un adivino o una pitonisa, basados en métodos metafísicos (percepciones extrasensoriales y premoniciones), supuestamente predecía lo que ocurría.
En el caso del referéndum celebrado el pasado 30 de agosto, realmente no hacía falta ser augur ni realizar encuestas para vaticinar lo que iba a acontecer. Bastaba recordar que el P.R.D. y sus aliados habían obtenido 355,307 votos para Presidente en 1994 y que de esa fecha hasta el presente no ha ocurrido nada durante su gestión gubernamental, que haya producido una mejoría en el nivel y calidad de vida a los que no votaron por ellos en aquella ocasión, como para que esa votación aumentara significativamente.
Las cifras de las inscripciones en los partidos y de las encuestas, son de las más engañosas en el panorama político panameño. En el caso de las inscripciones, los partidos a favor de la reelección inmediata del Presidente de la República se jactaban de tener inscritos más de 530,000 adherentes (el P.R.D. más de 380,000 por sí solo) dando por descontado que eran adhesiones sinceras y que al menos obtendrían esa cantidad en votos a favor de la reelección. ¡Qué engañados estaban! En realidad, cerca de una tercera parte probaron ser deshonestas, o de conveniencia, quedando al descubierto en la votación del referéndum en toda su dimensión. En dicha elección, el P.R.D. y sus aliados, al obtener 385.470 votos a favor de la reelección inmediata, alcanzaron su verdadero tamaño correspondiente a un 35.0% de los votos válidos, y, sólo unos 30,000 votos más que cuatro años antes en 1994. Con ello, demostraron que el techo de su caudal de simpatizantes no guarda relación alguna con el número de adherentes inscritos en esos partidos.
En el caso de las encuestas, da grima observar cuán distantes están de la verdad. Todas manifiestan contener un 3% de error cuando, en verdad, ronda el 30% en las cifras de la mitad de los contendores en cada medición. Prácticamente que no sirven para mucho. Las razones para explicar tal disparidad de resultados han sido piadosas... cuando se les otorga el beneficio de la duda. Estas van desde que el muestreo no es representativo del porcentaje real de la población votante, hasta que la intención de voto "evoluciona" debido a las técnicas de propaganda empleadas para influir en la decisión del votante. La primera puede ser cierta y revelaría poco profesionalismo de parte de los encuestadores. La segunda es un cuento de caminos, y, denota cierto menosprecio por la integridad de los electores y por la inteligencia de los lectores.
La opinión de la mayoría de los votantes acerca de los candidatos y sobre todo de sus partidos, se forma a lo largo de un período de observaciones de su comportamiento de varios años y no a base de lemas publicitarios en tres meses de campaña proselitista. Por lo que dichos lemas podrán sorprender a unos cuantos ingenuos, o a desconocedores, peor no a la gran masa de votantes que ya saben quién es quién. Por eso, es increíble y absurda la afirmación de cualquier encuestador que informe que el P.R.D. salte de un 35% de respaldo real en agosto de 1998 a un proyectado 40 ó 45% en 1999, a pesar de que hasta 1998 sólo había ganado un 1.7%. Lo casi seguro es que no llegue ni al 38% de los votos válidos en mayo de 1999, según se determina por el método analítico, aún con el nuevo apoyo de una porción del desmoralizado y desmembrado Papa Egoró.
Pero, para un cada vez más creciente número de observadores, las encuestas, que en un país tan desarrollado cívicamente como los Estados Unidos han resultado en grandes chascos, en Panamá son utilizados como herramientas para confundir y engañar al votante. En E.U.A. a mediados del siglo XX las encuestas afirmaban que el gobernador T. Dewey vencería cómodamente al presidente H. Truman, y hasta muchos periódicos ya tenían una edición impresa reconociéndole el triunfo, pero el resultado fue lo contrario. En 1994, las elecciones insistían que M. Moscoso quedaría en un cuarto lugar distante y, no obstante, quedó de segunda cercana, y, hubiera ganado si las "flamantes" encuestas no hubieran desorientado y engañado a un gentío que creía que quien tenía opción de vencer al P.R.D. era otro y no votaron por ella; aunque lo hubieran hecho si hubieran sabido la verdad. Sobrada razón tiene quien enuncia que sólo hay que creer en las encuestas de "carne y hueso". Las demás ya están desacreditadas, como se comprobará una vez más el 2 de mayo de 1999.