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De la confianza perdida


Me pregunto si una vez perdida la confianza esta pueda, de algún modo, recuperarse a su nivel original. Creo que no. No es un asunto baladí. La pérdida de confianza implica un desgarramiento interior y lo que se arranca termina en el incinerador mental donde se procesa el desperdicio que los desengaños van dejando a medida que “hacemos camino al andar”.

La infidelidad clerical ha hecho que la Iglesia de Roma viva una de sus peores crisis desde el cisma protestante. Esta vez por causas no teológicas ni de política canónica, sino por puntuales y variados asuntos institucionales de orden criminal. Algo que el mismo Papa acaba de confesar tardíamente, desmintiendo así la teoría del complot o de la conjura exterior contra la “santidad” de su Iglesia. Un argumento exculpatorio esgrimido al mejor estilo de Poncio Pilato por quienes al defenderlo fomentan, aún más, la desconfianza de sus feligreses. Esta crisis toca las fibras más intimas de nuestra civilización. De modo que la confianza perdida buscará otros caminos. Mientras tanto, los usurpadores rentistas de la palabra del Profeta de la cristiandad harán su agosto bajo la eficacia de una retórica dedicada a embaucar a prosélitos de la fe perdida.

El gobierno o la nación que miente a la comunidad internacional con el argumento de defender su seguridad no tiene la menor responsabilidad ni el genuino interés de convivir en paz con su pueblo ni con el resto del mundo. Abroquelarse en la mentira para lograr conquistas ilegítimas o llevar a cabo políticas contrarias a lo que se promete o se pacta, no merece el respeto de nación alguna, porque el respeto, tanto individual como colectivo, no se exige, se merece.

El neocapitalismo es el otro pilar en que descansa el sistema económico del mundo globalizado. Herido de muerte por los delitos y abusos cometidos desde sus entrañas, aún permanece en cuidados intensivos y no parece que saldrá recuperado sin secuelas. Al menos no para quienes sufren en carne propia los desmanes de un sistema injusto, inmoral y violento. El New York Times acaba de publicar el último de los muchos fraudes y engaños cometidos entre empresas financieras y calificadoras de riesgo que ocasionaron la peor catástrofe financiera desde la gran depresión de 1930. Sus declaraciones dejan ver claramente no sólo el cinismo y la petulancia con que responden a la ley, sino el contubernio oculto que existe entre políticos y delincuentes de cuello blanco. La fe depositada hasta ahora en las instituciones gubernamentales encargadas de vigilar el patrimonio de los ciudadanos y de las empresas, bancos y comercios que hacen al sistema vigente, se ha quebrado como un árbol de la abundancia alcanzado por “el rayo que no cesa”. Dice un empresario afectado: “La confianza es el eje sobre el cual gira la economía del mercado libre. Si se pierde la confianza, se pierde el sistema”. En la vida sucede lo mismo.

101 años de Panamá América

 
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