De la educación depende nuestro destino
EN EL artículo de la semana pasada dejé varias cosas en el tintero que corresponden al tema de la educación y ahora quiero retomarlo para continuar. Comenzando porque omití involuntariamente, una materia indispensable para que el país entero progrese y se mantenga al día: Civismo y Urbanidad y la enseñanza de los Valores Cívicos y Morales.
Cuando estaba en la escuela primaria en Las Tablas, teníamos esas materias en el currículo; conocíamos todo lo relacionado con la Cívica, los símbolos patrios, el amor a la patria, las fechas relacionadas con ella; los buenos modales y el comportamiento dentro y fuera de la escuela. El gracias y por favor, los buenos días y tardes no faltaban en el vocabulario nuestro. Hace unos días estaba en un ascensor y entró una señorita; dio los buenos días que le contesté. En varios pisos más entraron otras personas que también saludaban; lo curioso es que los que ya estaban dentro no contestaban el saludo, sólo yo lo hacía. No logro entender ese comportamiento; pareciera una educación a medias: saludan pero no contestan el saludo de los demás.
También debo reconocer que las cajeras de muchos supermercados dan la bienvenida y los empleados que atienden son amables y corteses. Significa esto que sus jefes les enseñan esa educación y lo ponen en práctica. Ojalá continúen igual una vez que salgan de su puesto de trabajo. No tirar basura a la calle ni al suelo, dar paso a las damas y las personas mayores, no decir palabras obscenas delante de otras personas, eso es también parte de la urbanidad. Pero, cuando vemos maestros tirando papeles al suelo o comportándose sin urbanidad, pensamos que no es posible enseñar lo que no se ha aprendido. Esas materias son indispensables a ese nivel, a los que luego enseñarán.
El nivel terciario de educación es importantísimo ya que son los futuros profesionales los que se forman en las universidades. Pareciera que la casa de Méndez Pereira no tomara en cuenta la independencia que debe existir de la política partidista y así vemos los candidatos a Rectores o Decanos de los que se dice tranquilamente que pertenecen a tal o cual tendencia política o ideológica sin darse cuenta que es perjudicial para el claustro. No se trata de hacer elecciones por cualquier cosa que quieran cambiar o implantar. ¿Para qué son, entonces, las autoridades? O es que se necesitará una mayoría para tomar decisiones. La Universidad de Panamá es de todos los panameños y no sólo de quienes allí trabajan o estudian. Es importante la relación entre ese personal y la sociedad civil que paga impuestos con los que se subvenciona el trabajo universitario. Si el gobierno necesita resolver un problema, debiera encontrar un grupo de investigadores que lo estudien y den alternativas para su solución. Pero, en la Universidad no existe la investigación como plan prioritario; pareciera que siempre imitamos lo que nos envían de otros países y los ponemos en práctica, a veces sin siquiera adaptarlo a Panamá, a nuestras necesidades. Mientras la Universidad de Panamá no cambie los planes de estudio y mejore a fondo la enseñanza dentro de la misma, seguiremos formando profesionales inútiles, gastando dinero en graduar estudiantes que no están lo suficientemente preparados para la competitividad en el campo laboral. También debemos despolitizarla y separarla de los partidos así como de su politización interna. Terminar con la costumbre de polarizar lo relacionado con la Universidad sin pensar en el perjuicio que se hace a la nación.
Tratamos una vez de recolectar fondos con los ex alumnos para ayudar a mejorar los equipos de computadora y otros más y algunos nos respondían que ellos no le debían nada a su Alma Mater porque poco había hecho por ellos que eran lo que eran por sus propios esfuerzos. Esta reacción es peligrosa y dice mucho negativamente sobre el trabajo que hace este claustro.
Tenemos que mejorar la formación profesional que son los jóvenes que irán a formar el país y a enseñar a los demás; buenos profesionales harán un Panamá grande. Estudiantes vagos lo llevarán hacia atrás.
En los primeros años del Concurso Miro se exigía que el autor guardara sus originales, incluso con las correcciones manuscritas, lo que era prueba de su autoría, aunque bien pueden incluirse en el reglamento pruebas más exigentes, como la de un diálogo de los funcionarios organizadores del concurso o de los jurados, para con los finalistas, a fin de disipar cualquier duda que hubiere sobre la identidad real de quien escribió la obra, o de la interpósita compareciente.
En un diálogo de concursante, funcionarios y/o Jurados, bien podría aclararse cualquier situación dudosa.
Nosotros sólo hemos concursado una vez, en la competencia de ensayo histórico, y tuvimos la suerte de que el Jurado premio nuestra obra denominada "Panamá en la Guerra de los Mil Días", en cuya edición nosotros mismos intervenimos, porque la insuficiencia de las arcas estatales ya estaba postergando la publicación.
Sólo citamos el caso para que no se tenga la sospecha de que, como autor, estamos resentidos. Y no lo estamos, porque no hemos repetido la experiencia del albur de concurrencias que se dan hasta en los más cuantiosos concursos universales.
Nosotros no nos arrepentimos de ser exigentes con nosotros mismos.
La poesía, la novela, el cuento, la pieza teatral y el ensayo han elevado, en la Literatura Panameña, sus niveles de mérito creador, gracias al Concurso Miró.
No contribuyamos, por acción u omisión, a que se desvirtúe este progreso intelectual, que tanto necesitamos mantener y hasta elevar lo más posible.
Cuando estaba en la escuela primaria en Las Tablas, teníamos esas materias en el currículo; conocíamos todo lo relacionado con la Cívica, los símbolos patrios, el amor a la patria, las fechas relacionadas con ella; los buenos modales y el comportamiento dentro y fuera de la escuela. El gracias y por favor, los buenos días y tardes no faltaban en el vocabulario nuestro. Hace unos días estaba en un ascensor y entró una señorita; dio los buenos días que le contesté. En varios pisos más entraron otras personas que también saludaban; lo curioso es que los que ya estaban dentro no contestaban el saludo, sólo yo lo hacía. No logro entender ese comportamiento; pareciera una educación a medias: saludan pero no contestan el saludo de los demás.
También debo reconocer que las cajeras de muchos supermercados dan la bienvenida y los empleados que atienden son amables y corteses. Significa esto que sus jefes les enseñan esa educación y lo ponen en práctica. Ojalá continúen igual una vez que salgan de su puesto de trabajo. No tirar basura a la calle ni al suelo, dar paso a las damas y las personas mayores, no decir palabras obscenas delante de otras personas, eso es también parte de la urbanidad. Pero, cuando vemos maestros tirando papeles al suelo o comportándose sin urbanidad, pensamos que no es posible enseñar lo que no se ha aprendido. Esas materias son indispensables a ese nivel, a los que luego enseñarán.
El nivel terciario de educación es importantísimo ya que son los futuros profesionales los que se forman en las universidades. Pareciera que la casa de Méndez Pereira no tomara en cuenta la independencia que debe existir de la política partidista y así vemos los candidatos a Rectores o Decanos de los que se dice tranquilamente que pertenecen a tal o cual tendencia política o ideológica sin darse cuenta que es perjudicial para el claustro. No se trata de hacer elecciones por cualquier cosa que quieran cambiar o implantar. ¿Para qué son, entonces, las autoridades? O es que se necesitará una mayoría para tomar decisiones. La Universidad de Panamá es de todos los panameños y no sólo de quienes allí trabajan o estudian. Es importante la relación entre ese personal y la sociedad civil que paga impuestos con los que se subvenciona el trabajo universitario. Si el gobierno necesita resolver un problema, debiera encontrar un grupo de investigadores que lo estudien y den alternativas para su solución. Pero, en la Universidad no existe la investigación como plan prioritario; pareciera que siempre imitamos lo que nos envían de otros países y los ponemos en práctica, a veces sin siquiera adaptarlo a Panamá, a nuestras necesidades. Mientras la Universidad de Panamá no cambie los planes de estudio y mejore a fondo la enseñanza dentro de la misma, seguiremos formando profesionales inútiles, gastando dinero en graduar estudiantes que no están lo suficientemente preparados para la competitividad en el campo laboral. También debemos despolitizarla y separarla de los partidos así como de su politización interna. Terminar con la costumbre de polarizar lo relacionado con la Universidad sin pensar en el perjuicio que se hace a la nación.
Tratamos una vez de recolectar fondos con los ex alumnos para ayudar a mejorar los equipos de computadora y otros más y algunos nos respondían que ellos no le debían nada a su Alma Mater porque poco había hecho por ellos que eran lo que eran por sus propios esfuerzos. Esta reacción es peligrosa y dice mucho negativamente sobre el trabajo que hace este claustro.
Tenemos que mejorar la formación profesional que son los jóvenes que irán a formar el país y a enseñar a los demás; buenos profesionales harán un Panamá grande. Estudiantes vagos lo llevarán hacia atrás.
En los primeros años del Concurso Miro se exigía que el autor guardara sus originales, incluso con las correcciones manuscritas, lo que era prueba de su autoría, aunque bien pueden incluirse en el reglamento pruebas más exigentes, como la de un diálogo de los funcionarios organizadores del concurso o de los jurados, para con los finalistas, a fin de disipar cualquier duda que hubiere sobre la identidad real de quien escribió la obra, o de la interpósita compareciente.
En un diálogo de concursante, funcionarios y/o Jurados, bien podría aclararse cualquier situación dudosa.
Nosotros sólo hemos concursado una vez, en la competencia de ensayo histórico, y tuvimos la suerte de que el Jurado premio nuestra obra denominada "Panamá en la Guerra de los Mil Días", en cuya edición nosotros mismos intervenimos, porque la insuficiencia de las arcas estatales ya estaba postergando la publicación.
Sólo citamos el caso para que no se tenga la sospecha de que, como autor, estamos resentidos. Y no lo estamos, porque no hemos repetido la experiencia del albur de concurrencias que se dan hasta en los más cuantiosos concursos universales.
Nosotros no nos arrepentimos de ser exigentes con nosotros mismos.
La poesía, la novela, el cuento, la pieza teatral y el ensayo han elevado, en la Literatura Panameña, sus niveles de mérito creador, gracias al Concurso Miró.
No contribuyamos, por acción u omisión, a que se desvirtúe este progreso intelectual, que tanto necesitamos mantener y hasta elevar lo más posible.