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De la Sala Quinta y otras torpezas


La dosis de cinismo que se necesitó para adoptar la postura de los magistrado de la Sala Quinta y de sus compañeros perredistas (legisladores y algunos magistrados) superó altamente cualquier expectativa que se hubiera trazado el colectivo social. Una Sala Quinta impuesta a "sangre y fuego", a tambor batiente, durante los estertores del anterior gobierno; nacida del espíritu autocrático que lo caracterizó; sancionada y proclamada a despecho del rechazo mayoritario de la ciudadanía, no podía tener otro fin que el relatado en "Crónica de una muerte anunciada".
Los afectados, muy pocos por cierto, se quejan de lo "apresurado", de la derogación de la Sala Quinta, criterio no compartido por un número plural de personas, entre las que por supuesto nos encontramos nosotros. Un proyecto tan espúreo, de tan desdichada recordación, merecía contarse entre las primeras acciones legislativas del nuevo gobierno, no sólo porque así lo exigía la promesa electoral, sino porque el pueblo lo esperaba y lo requería, habida cuenta las grandes necesidades sociales que lo aquejan, en materia de alimentación, salud y educación.
No es posible que un país como el nuestro saqueado y requetesaqueado por los poderosos internos y externos, continúe reproduciendo formas tan ofensivas de concentración de la riqueza. Primero fue el desproporcional aumento de los ministros del gabinete pasado; otros aumentos firmados por el Toro, antes de su cornada final (efectivos recientemente) los privilegios y canonjías de los pretorianos; los asaltos y negociados de sus adláteres y amanuenses: PARVIS, CSS, INTEL, IRHE, Corredor Norte y Sur, etc.
Como corolario de todo ello pensaban dejar instaurada la desdichada Sala Quinta, para compensar los favores de sus agraciados y por qué no decirlo, como coraza de protección política y jurídica. No les importó, con terquedad irracional, los argumentos de los constitucionalistas más reconocidos del país; los criterios de los entendidos, exmagistrados, jueces y fiscales; la costosa e injustificable erogación que tal burocracia comprendía, en desmedro de la atención de cárceles, hospitales y escuelas. Todo ello resultaba secundario al fin primordial: la voluntad de su Señoría Imperial, pero como diría Arnulfo Arias: "Tongo votado no pone boleta" y tal como procede en lo jurídico, una ley se invalida con otra ley.
Quejosos por haber recibido una cucharada de su propia medicina, ya que se acostumbraron a la doble moral, según la cual la norma se duplica, "una para mi proceder y otra, para el de los demás", en otras palabras, "Hagan lo que digo, y no lo que yo hago", les costó asimilar la derogación del mamotreto legal que habían implantado. Los madrugonazos, los votos en planchas estaban bien cuando eran gobierno, cuando se propusieron modificar el Código de Trabajo, la Ley de Arbitraje y la de Educación, que a propósito, la Ministra del ramo, recién la nombraron, prometió enmendar. Todas las leyes que conspiraban contra el bienestar del pueblo, fueron acelerada e inconsultamente aprobadas por "esos" que en su gran mayoría procedían de las entrañas de éste y gracias al cual se elevaron, traicionando el poder y la confianza depositado en ellos. ¿De qué se quejan...? ¿Por qué se quejan de que el pueblo se haya hastiado de sus desmanes? De que madurase políticamente ¿No señores, la época en que los perros los amarraban con longaniza ya pasó; no estamos en los tiempos de la Patria Boba. Sala Quinta: requiem in pace.
Un último punto para finalizar este escrito, todos los panameños identificados con nuestra cultura y nacionalidad esperamos con empeño la derogación de los días puente con su vuelta a la conmemoración integral en la fecha en que corresponda (incluido el asueto), porque eso tiene su valor histórico y cultural, con independencia de los argumentos de los que sólo están pensando en el tintinear de sus cajas registradoras.
"La patria es ara y no pedestal".

101 años de Panamá América

 
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