De los asaltos a bancos
En nuestra sociedad hoy día se da toda clase de delitos con tal frecuencia que ya nos hemos habituado a vivir con ellos. Por ejemplo, el asalto a un banco a mano armada debería ser, en principio, algo extraordinario, que sólo puede ocurrir contadas veces y siempre en circunstancias excepcionales. Los medios, sin embargo, se empeñan en desengañarnos al respecto: entre nosotros, en los últimos años, los delitos de ese tipo se han vuelto tan frecuentes que más bien llama la atención que transcurra unas semanas sin que se produzca alguno. El último que ha transcurrido, a la fecha de este escrito, fue el del viernes 22 de marzo de 2002, el asalto a la Caja de Ahorros de la Universidad de Panamá, que se ejecutó no obstante la seguridad que provee la institución bancaria y la sede universitaria.
La desmoralización general y la deformación de valores tienen que ver con la comisión de esos delitos, como con la de los de cualquier otro tipo, aunque somos de opinión de que no se puede equiparar el ataque a individuos aislados, con la realización de atracos a lugares que por definición deben ser considerados de extrema seguridad, que están dedicados al resguardo de dinero y cuentan con sistemas de alarma y personal de vigilancia. El asaltante de bancos es alguien preparado para serlo y que se organiza en banda para ese propósito, lo que convierte su acción en algo totalmente distinto de la perpetrada por sujetos víctimas de la marginación.
Decía un experto en seguridad que "el asalto a un banco -como la irrupción en un cuartel o la fuga de una cárcel- representa un absurdo lógico y un fracaso abierto de quienes debieron impedir que ocurriera, ya que se trata, precisamente, de un ámbito ideado para imposibilitar los asaltos y dotado de abundantes medios de prevención. No obstante, con alguna insistencia, se ha atribuido el alarmante estado de cosas que denota el incrementado número de asaltos, a la tendencia de instalar sedes bancarias en locales que anteriormente habían tenido otro fin y que, al efecto, fueron acondicionados con alguna improvisación". Sea como sea, lo cierto es que hoy los asaltos a los bancos son pan de cada día de las crónicas periodísticas que nos parecen demostrar que asaltar un banco muy poco esfuerzo o técnica delincuencial demanda.
En otros países, los organismos especializados en la represión del delito de asalto han elaborado un perfil de las personas que se dedican a esta actividad. Han podido establecer que la gran mayoría de los asaltantes son personas jóvenes -cuyas edades fluctúan entre los 25 y 35 años-, cuentan con una escolaridad inferior a los diez años y cerca del 90% son reincidentes.
En los últimos años, el delincuente especializado en este tipo de delitos se ha tornado más violento y agresivo, de tal forma que gran número de personas que se han enfrentado a un asaltante ha resultado con heridas provocadas por armas de fuego y un ejemplo palpable de ello lo constituye precisamente el asalto de la Caja de Ahorros en la Universidad de Panamá que resultaron varios heridos, entre ambas partes, y un muerto entre los asaltantes.
El asaltante actual, según estudios de sociólogos, ha cambiado su forma de proceder. Antes utilizaba preferentemente armas blancas y acudía a la violencia sólo cuando estaba en riesgo su integridad física. En cambio, hoy en día utilizan armas de fuego y acuden a la violencia en forma mucho más frecuente, pues se considera una forma de obtener reconocimiento en el medio en el que se desempeñan. Además en los años 70, e incluso en los 80, el sujeto que se dedicaba a realizar asaltos, lo hacía motivado por la necesidad de llevar a su hogar el sustento diario. Lamentablemente, en nuestros días el asaltante roba para lograr dinero, que le permita financiar su adicción a las drogas o alcohol. Esta situación transforma al asaltante en un virtual saco sin fondo, que debe estar constantemente en operaciones para costear sus vicios.
La alta reincidencia en los delincuentes dedicados al robo con violencia, se debe también en parte al porcentaje de impunidad con que actúan. El Estado se muestra impotente a brindar a la ciudadanía la seguridad requerida.
(egrimal@cableonda.net)
La desmoralización general y la deformación de valores tienen que ver con la comisión de esos delitos, como con la de los de cualquier otro tipo, aunque somos de opinión de que no se puede equiparar el ataque a individuos aislados, con la realización de atracos a lugares que por definición deben ser considerados de extrema seguridad, que están dedicados al resguardo de dinero y cuentan con sistemas de alarma y personal de vigilancia. El asaltante de bancos es alguien preparado para serlo y que se organiza en banda para ese propósito, lo que convierte su acción en algo totalmente distinto de la perpetrada por sujetos víctimas de la marginación.
Decía un experto en seguridad que "el asalto a un banco -como la irrupción en un cuartel o la fuga de una cárcel- representa un absurdo lógico y un fracaso abierto de quienes debieron impedir que ocurriera, ya que se trata, precisamente, de un ámbito ideado para imposibilitar los asaltos y dotado de abundantes medios de prevención. No obstante, con alguna insistencia, se ha atribuido el alarmante estado de cosas que denota el incrementado número de asaltos, a la tendencia de instalar sedes bancarias en locales que anteriormente habían tenido otro fin y que, al efecto, fueron acondicionados con alguna improvisación". Sea como sea, lo cierto es que hoy los asaltos a los bancos son pan de cada día de las crónicas periodísticas que nos parecen demostrar que asaltar un banco muy poco esfuerzo o técnica delincuencial demanda.
En otros países, los organismos especializados en la represión del delito de asalto han elaborado un perfil de las personas que se dedican a esta actividad. Han podido establecer que la gran mayoría de los asaltantes son personas jóvenes -cuyas edades fluctúan entre los 25 y 35 años-, cuentan con una escolaridad inferior a los diez años y cerca del 90% son reincidentes.
En los últimos años, el delincuente especializado en este tipo de delitos se ha tornado más violento y agresivo, de tal forma que gran número de personas que se han enfrentado a un asaltante ha resultado con heridas provocadas por armas de fuego y un ejemplo palpable de ello lo constituye precisamente el asalto de la Caja de Ahorros en la Universidad de Panamá que resultaron varios heridos, entre ambas partes, y un muerto entre los asaltantes.
El asaltante actual, según estudios de sociólogos, ha cambiado su forma de proceder. Antes utilizaba preferentemente armas blancas y acudía a la violencia sólo cuando estaba en riesgo su integridad física. En cambio, hoy en día utilizan armas de fuego y acuden a la violencia en forma mucho más frecuente, pues se considera una forma de obtener reconocimiento en el medio en el que se desempeñan. Además en los años 70, e incluso en los 80, el sujeto que se dedicaba a realizar asaltos, lo hacía motivado por la necesidad de llevar a su hogar el sustento diario. Lamentablemente, en nuestros días el asaltante roba para lograr dinero, que le permita financiar su adicción a las drogas o alcohol. Esta situación transforma al asaltante en un virtual saco sin fondo, que debe estar constantemente en operaciones para costear sus vicios.
La alta reincidencia en los delincuentes dedicados al robo con violencia, se debe también en parte al porcentaje de impunidad con que actúan. El Estado se muestra impotente a brindar a la ciudadanía la seguridad requerida.
(egrimal@cableonda.net)