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De los modos de gobernar


Los últimos acontecimientos, de aquí y acullá, demuestran que tan importante como tener las ideas claras también lo es la forma en que éstas se expresan y dirimen. Aún para los buenos entendedores, no basta con ser un erudito si el mensaje no logra su objetivo. Está claro que el arte de la política, en repúblicas con instituciones fuertes, radica en proponer, razonablemente, soluciones justas a los problemas que enfrenta la sociedad.

Mandar u ordenar no son atributos exclusivos de un gobernante, son recursos del Estado de Derecho, donde el Poder Legislativo y el Judicial disponen sobre la legitimidad de los actos ejecutados. Gobernar mandoneando es propio de los regímenes autoritarios y de los hacendados, donde país y finca son una misma cosa.

Los modales, como las palabras escogidas, dicen de la persona mucho más de lo que ella dice. La credibilidad consiste en que palabras y modales coincidan con los hechos y con la historia personal del que las emite. Demostrar arrepentimiento por los errores cometidos en el pasado es el modo más eficaz de lograr el olvido que, para los fines prácticos, es mejor que ser perdonado.

Algunos políticos nuestros han perdido el pelo pero no las mañas. Opinan intimidando, hablan metiendo miedo y siembran la misma cizaña del pasado. Las palabras, como las armas, deben llevarse con el seguro puesto y no deben utilizarse si no es para abatir al enemigo. Jamás para amenazar.

El pueblo ha evolucionado. Panamá no es el Panamá de 1903 ni el de 1968. La gente está cansada y sabe bien lo que no quiere. Aunque no estoy muy seguro que sepa lo que realmente quiere. De todos modos en política, como en la vida, cabe el aforismo de Schopenahuer: Uno puede hacer lo que quiera, pero no puede querer lo que quiera. Ni mandonear como señor feudal, ni intimidar como un esbirro. El tiempo de las dictaduras militares y de sus aliados civiles ha terminado. La plutocracia tiene los días contados, porque en el dominio de la libertad anárquica, la exigencia de ser responsable va pasando a ser condominio de todos.

Tampoco es posible que en nombre de la “pureza ideológica” de una minoría acomodada se atropelle la voluntad legítima de un pueblo volviendo a los golpes de Estado “preventivos”. Un horror entre muchos de los errores del cinismo que comulga pero no confiesa, reclama pero no participa, se enoja pero no lucha, opina pero no firma y acusa pero no prueba.

Correr tras los medios de comunicación para revelar planes coyunturales sin resolver los problemas fundamentales de la ciudad es un error tanto de perspectiva como de aptitud ejecutiva. Tener mentalidad sistemática o ser experto en sistemas no alcanza para cambiar un sistema de salud anárquico e ineficaz. En la última elección el pueblo ha pedido un cambio radical en el modo de gobernar. Nuestros políticos y sus asesores parecen no concebir el gobierno como una oportunidad para fortalecer y renovar las instituciones, que en su constante evolución democrática deben hacer prevalecer el interés del demos sobre la tentación del cratos.

101 años de Panamá América

 
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