De resocialización y la penalización de menores
Igual que ingleses y norteamericanos, somos partidarios de penalizar severamente a los menores que delinquen por la misma razón que creemos en el doble efecto del castigo, el disuasivo o inductor de una buena conducta deseada de Pavlov (los seres vivos, sobre todo si están dotados de inteligencia, evitan el dolor y buscan el placer, ajustando su actuar consciente o instintivo a ese principio), y el otro efecto, es el de protección de la sociedad mediante el aislamiento o encarcelamiento del criminal, como cuando se encierra a una fiera peligrosa o rabiosa.
También somos partidarios de una densa presencia policial como indispensable complemento de penas más severas. Porque de nada servirían leyes cuyo rigor no trasciende a los textos de los códigos. En igual sentido, se necesita de jueces e investigadores bien dotados para hacer efectivo el respeto de la ley.
No es usual que menores incurran en delitos propios de adultos y, por ende, no debe esperarse a que se les dispense un trato o consideración de uno normal. "El interés superior del menor" es un mito sobre el que se cimenta la impunidad y la inequidad en el juzgamiento de asuntos familiares. Ningún interés ha de estar por encima de la sociedad. Constitucionalmente, está claro que el interés individual ha de ceder al interés social. Y un menor delincuente no es más que un solo individuo, por pocos años que tenga, frente a la sociedad. Igual es un mito el "del menor en situación de riesgo", pues la realidad es al revés, de menores pandilleros que son un peligro para su entorno.
Los anales de la criminología inglesa y norteamericana están repletos de expedientes de torcidas y atroces conductas de menores. Los estudiosos están de acuerdo en que cada caso es individual y que, en algunos, los menores son capaces de proceder peor que adultos, con pena conciencia de su maldad. Hace algunos años, unos niños británicos de cerca de diez años, planearon el asesinato de otro más pequeño, y lo siguieron en tren hasta matarlo con extrema crueldad. Lo asombroso es que no mostraban arrepentimiento. En Estados Unidos hay menores sujetos a cadena perpetua. La misma podría revocarse, pero no lo hacen porque la peligrosidad persiste. Aquí lo devuelven a la familia por el solo hecho de completar algún tiempo en un "centro de cumplimiento" sin consideración alguna a su estado y evolución.
Otra realidad que los criminólogos nacionales ignoran es que pobreza no es sinónimo de delincuencia; y que la resocialización, aunque necesaria - como en las drogas - sólo rescata a unos pocos, digamos a 5% de los sujetos de tratamiento. El resto vuelve a delinquir una y otra vez. Igual no saben que hay una predisposición genética, quizás más poderosa que la ambiental en la conducta delictiva. Dicho de otro modo, existe gente mala de nacimiento, irredimible, frente a quienes hay que actuar de conformidad.
También somos partidarios de una densa presencia policial como indispensable complemento de penas más severas. Porque de nada servirían leyes cuyo rigor no trasciende a los textos de los códigos. En igual sentido, se necesita de jueces e investigadores bien dotados para hacer efectivo el respeto de la ley.
No es usual que menores incurran en delitos propios de adultos y, por ende, no debe esperarse a que se les dispense un trato o consideración de uno normal. "El interés superior del menor" es un mito sobre el que se cimenta la impunidad y la inequidad en el juzgamiento de asuntos familiares. Ningún interés ha de estar por encima de la sociedad. Constitucionalmente, está claro que el interés individual ha de ceder al interés social. Y un menor delincuente no es más que un solo individuo, por pocos años que tenga, frente a la sociedad. Igual es un mito el "del menor en situación de riesgo", pues la realidad es al revés, de menores pandilleros que son un peligro para su entorno.
Los anales de la criminología inglesa y norteamericana están repletos de expedientes de torcidas y atroces conductas de menores. Los estudiosos están de acuerdo en que cada caso es individual y que, en algunos, los menores son capaces de proceder peor que adultos, con pena conciencia de su maldad. Hace algunos años, unos niños británicos de cerca de diez años, planearon el asesinato de otro más pequeño, y lo siguieron en tren hasta matarlo con extrema crueldad. Lo asombroso es que no mostraban arrepentimiento. En Estados Unidos hay menores sujetos a cadena perpetua. La misma podría revocarse, pero no lo hacen porque la peligrosidad persiste. Aquí lo devuelven a la familia por el solo hecho de completar algún tiempo en un "centro de cumplimiento" sin consideración alguna a su estado y evolución.
Otra realidad que los criminólogos nacionales ignoran es que pobreza no es sinónimo de delincuencia; y que la resocialización, aunque necesaria - como en las drogas - sólo rescata a unos pocos, digamos a 5% de los sujetos de tratamiento. El resto vuelve a delinquir una y otra vez. Igual no saben que hay una predisposición genética, quizás más poderosa que la ambiental en la conducta delictiva. Dicho de otro modo, existe gente mala de nacimiento, irredimible, frente a quienes hay que actuar de conformidad.