De salud y golpe de Estado
Lo que se planteó al inicio como un mal chiste es hoy tema de obligado análisis en cuanta reunión de politólogos se precie de tal. En una ocasión fue planteado atrevidamente a un influyente diplomático extranjero, quien superando su asombro inicial, comentó que no existe la menor posibilidad de interrumpir el período constitucional de la presidenta Moscoso y que cualquier cambio de gobierno debe aguardar las elecciones del 2004.
A lo anterior se ha sumado el chisme del estado de salud de la mandataria, avivado tras sufrir hace meses un confuso percance alérgico tras ser picada por un insecto. La permanente presencia ulterior de una ambulancia en cuanto evento asiste contribuyó a dar combustible a esa especulación.
Ciertamente, nadie tiene la salud ni la vida comprada, como bien sostenía Arnulfo Arias, saliendo al paso a la presión de las masas, que a sus ochenta y tantos años le exigían salir al frente a tumbar a Noriega y reconstruir al país. A la postre lo hizo, pero ya ausente de vida, sirviendo sus honras fúnebres de pretexto para una de las más grandes concentraciones populares en plena dictadura. El movimiento civilista tomó más fuerza, nutrido con su ejemplo.
Es inherente a la condición humana enfermar y dejar la vida en cualquier momento. Y perder el tiempo en hipótesis sobre el estado de salud de un gobernante carece de sentido. El propio Fidel Castro, al ser abordado sobre especulaciones en ese sentido, a su avanzada edad, bromeó diciendo: "Padezco de excelente salud, aunque cualquier día de estos puedo tener una coronaria". Y vio pasar con vejez saludable una década más hasta ahora; mientras nos acompaña marcando las primeras páginas de un nuevo milenio.
Vivir con la visión de una vida eterna y la intensidad de una breve. Más de eso no podemos hacer los mortales. Llevar una existencia en función de que pueda sobrevivir una enfermedad o dejar uno de existir hoy o mañana, o dejarse caer un rayo, o sobrevenir algún terremoto o desastre, por probable que sea, es sencillamente ocioso.
Pensar en un golpe de Estado no lo es menos. Los de hoy no son tiempos de dictadura, a juzgar con lo ocurrido en Perú, Yugoslavia y otros países. El nuevo orden mundial exige estabilidad a los capitales migrantes. La señora presidenta ha de permanecer en su cargo y completar su mandato hasta el final, guste o no.
Obviamente, hay que evitar la acumulación de situaciones propiciatorias de inestabilidad. Tampoco es cuestión de abusar o correr a buscar tormentas y mucho menos de crearlas. La corrupción, en sus infinitas formas, es el peor enemigo de la democracia. Pero también hay que atender la pobreza y las necesidades sociales. La marcha de la economía debe ser saludable. Las prolongadas crisis financieras nunca auspician algo bueno, como amargamente comprobó Yamil Mauad en Ecuador. En fin, hay que descartar toda alteración del orden constitucional; y, sobre todo, no facilitar condiciones que lo hagan.
A lo anterior se ha sumado el chisme del estado de salud de la mandataria, avivado tras sufrir hace meses un confuso percance alérgico tras ser picada por un insecto. La permanente presencia ulterior de una ambulancia en cuanto evento asiste contribuyó a dar combustible a esa especulación.
Ciertamente, nadie tiene la salud ni la vida comprada, como bien sostenía Arnulfo Arias, saliendo al paso a la presión de las masas, que a sus ochenta y tantos años le exigían salir al frente a tumbar a Noriega y reconstruir al país. A la postre lo hizo, pero ya ausente de vida, sirviendo sus honras fúnebres de pretexto para una de las más grandes concentraciones populares en plena dictadura. El movimiento civilista tomó más fuerza, nutrido con su ejemplo.
Es inherente a la condición humana enfermar y dejar la vida en cualquier momento. Y perder el tiempo en hipótesis sobre el estado de salud de un gobernante carece de sentido. El propio Fidel Castro, al ser abordado sobre especulaciones en ese sentido, a su avanzada edad, bromeó diciendo: "Padezco de excelente salud, aunque cualquier día de estos puedo tener una coronaria". Y vio pasar con vejez saludable una década más hasta ahora; mientras nos acompaña marcando las primeras páginas de un nuevo milenio.
Vivir con la visión de una vida eterna y la intensidad de una breve. Más de eso no podemos hacer los mortales. Llevar una existencia en función de que pueda sobrevivir una enfermedad o dejar uno de existir hoy o mañana, o dejarse caer un rayo, o sobrevenir algún terremoto o desastre, por probable que sea, es sencillamente ocioso.
Pensar en un golpe de Estado no lo es menos. Los de hoy no son tiempos de dictadura, a juzgar con lo ocurrido en Perú, Yugoslavia y otros países. El nuevo orden mundial exige estabilidad a los capitales migrantes. La señora presidenta ha de permanecer en su cargo y completar su mandato hasta el final, guste o no.
Obviamente, hay que evitar la acumulación de situaciones propiciatorias de inestabilidad. Tampoco es cuestión de abusar o correr a buscar tormentas y mucho menos de crearlas. La corrupción, en sus infinitas formas, es el peor enemigo de la democracia. Pero también hay que atender la pobreza y las necesidades sociales. La marcha de la economía debe ser saludable. Las prolongadas crisis financieras nunca auspician algo bueno, como amargamente comprobó Yamil Mauad en Ecuador. En fin, hay que descartar toda alteración del orden constitucional; y, sobre todo, no facilitar condiciones que lo hagan.