Debates televisados
Los debates que se transmiten por televisión resultan, en la gran mayoría de los casos, muy interesantes. No obstante, algunos de sus partícipes dejan mucho que desear por la forma poco caballerosa con la cual actúan. Se hacen dueños de la situación e irritan por sus incesantes interrupciones y afectan su dinámica. Constantemente ofrecen el cuadro de un lastimoso cotorreo y ocurre que tres y hasta cuatro personas hablan al mismo tiempo, sin que los televidentes puedan saber qué fue lo que dijo cada una de ellas, lo cual le resta altura al acto. En algunos casos, los que conducen el debate nos dan la impresión de ser muy generosos y tolerantes, lo que, por desventura, estimula a los que actúan abusivamente de la distinción de que han sido objeto al invitarlos al programa.
Nos parece que sería una medida acertada que antes de iniciar la aparición en pantalla se le advirtiera a los actores, que la única persona que puede interrumpir a quien esté en el uso de la palabra cuando lo considere necesario, es el propio director del debate.
Consideramos también que por el prestigio de la empresa y del país no debe seguirse invitando a debate alguno a quienes al hablar revelan no conocer las más elementales reglas del buen decir. Aunque parezca mentira, y da pena tener que decirlo, hay alarmante número de personas que a más del dequeísmo, hablan de decretos por las cuales, y cuando leen la palabra "sino" la dividen y la convierten en "si no". Y esta columna sería muy extensa si mencionáramos una tras otra las barbaridades que faltan.