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Décadas de desprestigio e incredulidad


Los políticos, diputados y la sociedad panameña en su conjunto acumulan décadas de descrédito y desprestigio que amenazan el sistema democrático. Pues, en primer lugar, para gobernar y ser gobernados hay que practicar la confianza en la cosa pública. Lo contrario produce la negación y complica aún más el recelo natural hacia las autoridades y los poderes institucionales, creando el camino del caos. Está claro que lo que nos diferencia de las sociedades civilizadas, y que han alcanzado un alto grado de desarrollo económico y social, es el respaldo ciudadano a sus instituciones y representantes.
Sobre este principio se ha ejercido casi toda la actividad humana desde sus inicios. Sobre ella se ha construido el desarrollo social. El cual está basado en una simple premisa que se origina desde que surge la primera relación social humana, la que surge entre un hijo y su madre, más tarde entre el estudiante y el profesor, entre el hombre y la mujer, el empleado con su empleador, el ciudadano con las autoridades, y así un largo etcétera. La incredulidad es, pues, un gran enemigo de la democracia que hay que derrotar.
Sin embargo, hoy día los escándalos públicos o privados, que no cesan, ya que aparecen casi siempre acompañados de sus cómplices civiles o del sector privado -por ejemplo, el que compra los "cupos a los diputados" sabe que está cometiendo un delito y, es más, lo está promoviendo-, son síntomas de la enorme dificultad que reina en Panamá para abordar los problemas nacionales de manera conjunta. No obstante es impostergable que seamos capaces de tomar el control de la cosa pública mediante la participación activa ciudadana, dándole un giro total a la escala de valores que reina en el país, y que se encuentra en la actualidad asfixiada por la pereza y la desconfianza nacional.
P or tal motivo nadie debe poner en duda que el diálogo es una excelente forma de participación social organizada que exige a su vez de una gran responsabilidad de todos los que allí participan. Pero las últimas movilizaciones contra la impuesta reforma a la Caja del Seguro Social demostraron que fueron efectivas para manifestarse fuera del sistema, no así en la mesa del diálogo donde han surgido nuevos líderes que no basan la discusión y su participación en los equilibrios necesarios, el consenso y el absoluto respeto a la legitimidad democrática de disentir unos de otros. Cada cierto tiempo algunos de estos líderes, siembran más desconfianza en la ciudadanía y nos anuncian que abandonarán la mesa del diálogo, pues no aceptan las reglas del juego democrático. Es importante resaltar que si fracasan en la mesa del diálogo, no habrá garantías de estabilidad institucional para el desarrollo y la justicia social que tanto requiere el país. La lección es la participación y el respeto institucional. No hacerlo es acabar con la Nación.

101 años de Panamá América

 
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