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¡Dejen en paz a Noriega!


Sin tener más hacienda que nuestra familia, nuestro título universitario y nuestras convicciones, nos quedamos en Panamá dando la cara al monstruo. Durante los más de 6 años de poder omnímodo de Noriega algunos optaron por salir del país. Para los que nos quedamos fueron tiempos verdaderamente infernales, aunque ocupásemos puestos de supuesta inmunidad, como lo fue en mi caso, legislador de 1984 a 1989.
No se respetaba nada ni a nadie que no se le cuadrase. No me renovaron el contrato en la Universidad de Panamá al haberme negado a asistir a "acto voluntario" de apoyo al Rector de entonces. Mi oficina fue visitada por el G-2 para obtener la lista de mis donantes, para intimidarlos por apoyarme en mi campaña de legislador. En los juzgados le decían a mis clientes que buscaran otro abogado para que les atendiera sus casos, porque había "órdenes superiores" de boicotear lo representado por mí. Mi apartamento era vigilado día y noche; apenas salía de mi edificio detrás de mi venía un auto del G-2.
A mediados del 89, regresando de Washington con Ricardo Arias Calderón, Rogelio Cruz y Edgardo Molino Mola, entonces Decano de la Facultad de Derecho, detuvieron en Tocumen a Arias Calderón y a Cruz, liberándonos al resto por la posición oficial que teníamos. Nos retuvieron 4 horas allí, en vista que el Decano y yo, dijimos que nos tenían que meter presos a los cuatro y no sólo a ellos; nos liberaron a todos. Junto con el Legislador Francisco Artola, a tres semanas de la invasión, estuve preso 22 horas en el pestilente G-2 luego de regresar de la OEA, con las manos esposadas y una capucha cubriéndome la cabeza. Soportamos todo tipo de maltratos psicológicos y físicos y todo tipo de amenazas de muerte. Posteriormente me enteré que un mayor del G-2 había recibido órdenes expresas de Noriega de acabar con mi vida, orden que gracias a Dios no se cumplió. Cuando los norteamericanos irrumpieron en su residencia, encontraron listas de sus enemigos principales, estando mi nombre en los primeros lugares de tal lista.
En febrero de 2004, estando en Miami de vacaciones se me ocurrió entrevistarme con el encarcelado General Noriega. El no accedió, no me dio razones. Yo quería saber quiénes eran sus viejos amigos, sobre todo de oposición, llenos de plata por su relación con él, que ahora lo aborrecían. Ahora el tema de Noriega ha vuelto al tapete ante su libertad condicional, por buen comportamiento, en septiembre de 2007. Noriega, para esa fecha, tendría casi 18 años de estar detenido; lejos de su país, lejos de su familia. Metido solito dentro de cuatro paredes. Más de 18 años de no conocer las bondades de la libertad; esa que han disfrutado aquí antiguos dictadores y ex presidentes que torturaron y mataron cuando estuvieron en el poder y que, al igual se acusa a Noriega, vaciaron las arcas de sus países. Aquí estuvo el Shah de Irán, culpable del monstruo mundial que creció en su país luego de su extensa dictadura monárquica.
La mayoría de los panameños conocen por referencia a Noriega; han nacido después de 1989 o estaban muy pequeños cuando todo ocurrió. Él, y así lo digo de claro, es parte del pasado que, si bien nunca debemos olvidar, es eso: simplemente pasado. La gente que quiere vivir del pasado y que no avanza, luego de 18 años de cárcel, que sigan atormentándose con la libertad de Noriega. Ojalá se preocuparan que por lo menos aunque fuera por 18 horas hubieran estado presos los que tantas muertes causaron en los hospitales y centros de salud del país por haber despilfarrado y robado tanto dinero con las partidas discrecionales y los que hicieron de las suyas con los dineros del Banco Nacional, de la Fundación Mar del Sur y la Fundación del Tucán, sin mencionar los cientos de casos de peculados sin castigo que han ocurrido desde el 20 de diciembre de 1989, ya no en dictadura, sino a nombre de la mentada democracia y que han impedido una mejor atención médica a tantos panameños, por sólo mencionar una de las cosas logradas por su corrupción.
Es por eso que, sin tapujos y con la autoridad moral que me da haberlo enfrentado aquí en Panamá, digo: ¡Dejemos en paz a Noriega! Debemos recordar que todo lo que pasó fue parte de un gigantesco juego de ajedrez donde cada uno de nosotros jugó un papel dentro de ese tablero: unos fueron peones, otros torres, caballos y alfiles. Hubo reyes y reinas que ganaron y perdieron.
Ex Legislador de la República
gcochez@cableonda.net

101 años de Panamá América

 
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