Del aborto como tragedia
En la educación seria, persistente y sin prejuicios de la sexualidad y del embarazo encontraremos la respuesta para que la legislación sobre el aborto no sea aplicada jamás.
LAS RELIGIONES llaman pecado a las acciones u omisiones contra sus preceptos. La violación carnal y el irrespeto a los derechos humanos, así como el engaño y la mentira pública o privada, son cuentas de un largo rosario que revelan ese lado oscuro que el hombre digno, enfrentado consigo mismo, intenta dominar y rechazar con resultados inciertos. Esta lucha del hombre entre el bien y el mal es el drama de su existencia y tema recurrente de la literatura.
Nada representa mejor esta tragedia humana que la mitología griega: esa primitiva interpretación psicológica del hombre y sus símbolos, fundamento básico de la cultura occidental. Sísifo - primer "juega vivo" registrado- padre de Odiseo (Ulises) fue condenado a subir y bajar eternamente una pesada roca hasta la cima de una colina. El pecado: haber delatado al dios de los dioses, a Zeus, cuando éste, vencido por la lujuria, raptó a la ninfa Egina. Por una argucia, Sísifo escapó del Infierno al que regresó ya viejo y donde Hades, para evitar otras fechorías, lo sentenció injustamente a realizar esa tarea absurda. Sentencia heredada por la humanidad, sin culpa alguna, a través del pecado cometido por nuestros padres bíblicos. Culpa que no es admitida por la doctrina judía ni musulmana y que el cristianismo recién penalizó en el siglo IV de nuestra era, en el Concilio de Cartago.
El aborto inducido es parte de esta trágica condición humana. Trágica, porque implica la interrupción voluntaria de la vida, derecho inalienable al que todos debemos respeto, devoción y protección. Condición humana, porque en ella se origina, desarrolla y culmina el ejercicio de un libre albedrío condicionado aún antes de existir y por la natural contradicción entre la razón y la fe.
Nadie en su sano juicio puede aceptar el aborto. La mejor forma de evitar un aborto provocado es previniendo, por todos los medios conocidos, la concepción o fecundación; es decir la unión sexual de dos gametos -masculino y femenino. En la educación seria, persistente y sin prejuicios de la sexualidad y del embarazo encontraremos la respuesta para que la legislación sobre el aborto no sea aplicada jamás. La imposición de una ley vaga o mediocre, tampoco es parte de la solución y, en cambio, es causa de un gran problema no corregido que en nuestro medio, por desgracia, va en aumento.
La eficacia preventiva del embarazo, con el método de la abstención sexual permanente es un método biológico 100% eficaz, pero que psicológica y humanamente resulta ser ineficiente, absurdo, insalubre y peligroso. La sexualidad, en cualquiera de sus múltiples formas de expresión natural, no debe reprimirse, al contrario, debe ser favorecida con una buena orientación científica, psicológica y cultural, pues es parte esencial del proceso de desarrollo normal de la persona.
La ilógica e inmoral prohibición en el uso de algunos métodos anticonceptivos es una de las causas que fomentan el aborto provocado en condiciones insalubres. Una prevención del 99% de los embarazos, utilizando adecuadamente los métodos disponibles, logrará reducir los abortos y los nacimientos no deseados y la posibilidad de muerte materna a cifras estadísticamente insignificantes.
Las consideraciones bioéticas sobre el aborto están al alcance de cualquier interesado con deseos de informarse y no es el objeto de este artículo. Básicamente, como en el caso de la eutanasia o del suicidio, la diferencia estriba en la concepción cultural que la sociedad tiene sobre la dignidad de la vida humana y en el caso particular del aborto, sobre la definición de humanidad aplicada al embrión.
Para los religiosos, la condición humana comienza en el instante mismo de la concepción y desde ese momento la vida adquiere un carácter sagrado. Todo acto artificial que la interrumpa será pecaminoso. Para quienes creen que la condición humana está regida por la capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo o por el alcance de una vida biológicamente independiente o por la función de un sistema nervioso rudimentario, el embrión humano en los primeros estadios de gestación no reviste una condición distinta y es funcionalmente indistinguible del de otras especies animales si no conociéramos su historia. Es decir, su origen.
Pero en este problema del aborto provocado las dificultades no se limitan al embrión, sino al contexto de su historia y su medio social. Los seres vivos y los mamíferos en particular, en sus orígenes, responden a una biología idéntica; pero su contexto histórico es distinto, mientras uno se desarrolla en medio de una cultura civilizada, el otro lo hace en medio de la manada salvaje. En esa historia, tan importante como el desarrollo de la vida misma, está la de la madre, condición necesaria e inmutable de su existencia. Sin objeto no hay sujeto me decía un profesor de psiquiatría. Sin madre, no hay hijo. Por lo tanto la madre no debe ser considerada un vehículo de transporte ni parte de un comensalismo parasitario. La madre es agente causal y principio ontogénico de la existencia, mientras el padre sólo es parte causal, aunque ambos compartan íntegramente la misma responsabilidad.
Es esta historia de madre, padre, hijo y sociedad la que debemos integrar cuando tratamos de legislar teniendo en cuenta el mal menor o el beneficio mayor para la familia (sociedad) y para el individuo, pues la tragedia humana está hecha de pequeñas y grandes historias, iguales y distintas.
Considero seriamente que en este tema lo peor para una sociedad madura es que una institución -civil o religiosa- presione a la gente y no le permita hacer uso responsable de su bien más sagrado: su libertad. De lo contrario siempre habrá quien nos mande a cargar piedras ajenas para toda la vida.
LAS RELIGIONES llaman pecado a las acciones u omisiones contra sus preceptos. La violación carnal y el irrespeto a los derechos humanos, así como el engaño y la mentira pública o privada, son cuentas de un largo rosario que revelan ese lado oscuro que el hombre digno, enfrentado consigo mismo, intenta dominar y rechazar con resultados inciertos. Esta lucha del hombre entre el bien y el mal es el drama de su existencia y tema recurrente de la literatura.
Nada representa mejor esta tragedia humana que la mitología griega: esa primitiva interpretación psicológica del hombre y sus símbolos, fundamento básico de la cultura occidental. Sísifo - primer "juega vivo" registrado- padre de Odiseo (Ulises) fue condenado a subir y bajar eternamente una pesada roca hasta la cima de una colina. El pecado: haber delatado al dios de los dioses, a Zeus, cuando éste, vencido por la lujuria, raptó a la ninfa Egina. Por una argucia, Sísifo escapó del Infierno al que regresó ya viejo y donde Hades, para evitar otras fechorías, lo sentenció injustamente a realizar esa tarea absurda. Sentencia heredada por la humanidad, sin culpa alguna, a través del pecado cometido por nuestros padres bíblicos. Culpa que no es admitida por la doctrina judía ni musulmana y que el cristianismo recién penalizó en el siglo IV de nuestra era, en el Concilio de Cartago.
El aborto inducido es parte de esta trágica condición humana. Trágica, porque implica la interrupción voluntaria de la vida, derecho inalienable al que todos debemos respeto, devoción y protección. Condición humana, porque en ella se origina, desarrolla y culmina el ejercicio de un libre albedrío condicionado aún antes de existir y por la natural contradicción entre la razón y la fe.
Nadie en su sano juicio puede aceptar el aborto. La mejor forma de evitar un aborto provocado es previniendo, por todos los medios conocidos, la concepción o fecundación; es decir la unión sexual de dos gametos -masculino y femenino. En la educación seria, persistente y sin prejuicios de la sexualidad y del embarazo encontraremos la respuesta para que la legislación sobre el aborto no sea aplicada jamás. La imposición de una ley vaga o mediocre, tampoco es parte de la solución y, en cambio, es causa de un gran problema no corregido que en nuestro medio, por desgracia, va en aumento.
La eficacia preventiva del embarazo, con el método de la abstención sexual permanente es un método biológico 100% eficaz, pero que psicológica y humanamente resulta ser ineficiente, absurdo, insalubre y peligroso. La sexualidad, en cualquiera de sus múltiples formas de expresión natural, no debe reprimirse, al contrario, debe ser favorecida con una buena orientación científica, psicológica y cultural, pues es parte esencial del proceso de desarrollo normal de la persona.
La ilógica e inmoral prohibición en el uso de algunos métodos anticonceptivos es una de las causas que fomentan el aborto provocado en condiciones insalubres. Una prevención del 99% de los embarazos, utilizando adecuadamente los métodos disponibles, logrará reducir los abortos y los nacimientos no deseados y la posibilidad de muerte materna a cifras estadísticamente insignificantes.
Las consideraciones bioéticas sobre el aborto están al alcance de cualquier interesado con deseos de informarse y no es el objeto de este artículo. Básicamente, como en el caso de la eutanasia o del suicidio, la diferencia estriba en la concepción cultural que la sociedad tiene sobre la dignidad de la vida humana y en el caso particular del aborto, sobre la definición de humanidad aplicada al embrión.
Para los religiosos, la condición humana comienza en el instante mismo de la concepción y desde ese momento la vida adquiere un carácter sagrado. Todo acto artificial que la interrumpa será pecaminoso. Para quienes creen que la condición humana está regida por la capacidad de discernir entre lo bueno y lo malo o por el alcance de una vida biológicamente independiente o por la función de un sistema nervioso rudimentario, el embrión humano en los primeros estadios de gestación no reviste una condición distinta y es funcionalmente indistinguible del de otras especies animales si no conociéramos su historia. Es decir, su origen.
Pero en este problema del aborto provocado las dificultades no se limitan al embrión, sino al contexto de su historia y su medio social. Los seres vivos y los mamíferos en particular, en sus orígenes, responden a una biología idéntica; pero su contexto histórico es distinto, mientras uno se desarrolla en medio de una cultura civilizada, el otro lo hace en medio de la manada salvaje. En esa historia, tan importante como el desarrollo de la vida misma, está la de la madre, condición necesaria e inmutable de su existencia. Sin objeto no hay sujeto me decía un profesor de psiquiatría. Sin madre, no hay hijo. Por lo tanto la madre no debe ser considerada un vehículo de transporte ni parte de un comensalismo parasitario. La madre es agente causal y principio ontogénico de la existencia, mientras el padre sólo es parte causal, aunque ambos compartan íntegramente la misma responsabilidad.
Es esta historia de madre, padre, hijo y sociedad la que debemos integrar cuando tratamos de legislar teniendo en cuenta el mal menor o el beneficio mayor para la familia (sociedad) y para el individuo, pues la tragedia humana está hecha de pequeñas y grandes historias, iguales y distintas.
Considero seriamente que en este tema lo peor para una sociedad madura es que una institución -civil o religiosa- presione a la gente y no le permita hacer uso responsable de su bien más sagrado: su libertad. De lo contrario siempre habrá quien nos mande a cargar piedras ajenas para toda la vida.