Del nepotismo amoral al transparente
A los políticos los recordamos con más frecuencia por lo que dicen que por lo que hacen. Independientemente de la hoja de balance que queda al final de una gestión presidencial, siempre regresan a nuestras mentes las afirmaciones de los presidentes. Mientras más tajantes, más fuerza tiene el recuerdo.
"El nepotismo no es pecado", sentenció en su momento Mireya Moscoso cuando se le enrostró el hecho de que algunas pocas familias tenían demasiados miembros en el gobierno. De acuerdo a la presidenta arnulfista, era perfectamente lícito que el Estado pagara varios salarios jugosos a padres, hijos, hermanos, tíos, sobrinos, cónyuges, cuñados, suegros, yernos y nueras, para no mencionar las que, sin estar contempladas en el Santo Canon, son igualmente el resultado de un comportamiento inético. El que pensaba que éste era un mal de propiedad exclusiva de una ideología se equivocó, pues recientemente, el presidente Torrijos, al ser cuestionado por la existencia de varios miembros de su entorno familiar en posiciones gubernamentales bien remuneradas, se limitó a señalar que la información era conocida gracias a la transparencia con que su gobierno conducía la cosa pública.
Señor Presidente, de su gobierno se espera que cumpla con las normas éticas y legales que exige la lucha contra la corrupción, y el nepotismo es precisamente una de las prácticas sobre las que se asienta y desarrollan toda clase de corruptelas. Sin embargo, no se ha escuchado una voz de protesta de algún miembro autorizado del PRD, o de algún torrijista de convicción, que con justeza critique el nepotismo actualmente existente. El que calla, otorga. El ciudadano común siente que los gobernantes de ambos partidos de masas son iguales en este punto, pues utilizan su influencia, sin control ni límite alguno, para colocar en cargos bien remunerados a su parentela. Se llaman partidos políticos mientras buscan el poder y dependen del voto ciudadano, pero en cuanto ocupan los sillones de gobierno se comportan como clanes familiares en detrimento de la propia membresía de sus colectivos que les sirvieron como convenientes vehículos, una membresía a la que pertenecen hombres y mujeres dignos, inteligentes y preparados, pero que no necesariamente están conectados a los clanes de gobierno por lazos de familia o amiguismo.
¿Hasta cuándo tendremos que cruzarnos de brazos frente a una situación que debiera ser motivo de escarnio público? ¿Hasta cuándo los contribuyentes tendremos que pagar los salarios de las familias de los políticos? Aunque objetivamente la situación no sea la misma, a veces las palabras hacen que la indignación crezca hasta escocer.
Pero Rotter escribe: "Incluso, muchos trabajadores de clase media que contribuyeron con regularidad han descubierto que sus cuentas privadas, cargadas con tarifas ocultas que absorbieron casi la tercera parte de la inversión original, no producen tantos beneficios como los que habrían recibido si se hubieran quedado con el viejo sistema".
Eso, simplemente, no es verdad. Las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFPs) en Chile cargan una comisión promedio de apenas 0,70%, cantidad muy inferior al promedio de las comisiones de los fondos mutuales en Estados Unidos y el sistema ha sido uno de los principales motores del auge económico chileno, crecimiento muy superior al del resto de América Latina.
Lo que Rotter no menciona es que el actual gobierno socialista chileno ha reducido considerablemente la flexibilidad de las leyes laborales, aumentando así el costo de mano de obra a las empresas y, consecuentemente, haciendo crecer al sector informal, donde no se contribuye a las AFPs.
(*) Director de la agencia AIPE y académico asociado de Cato Institute.www.aipenet.com
"El nepotismo no es pecado", sentenció en su momento Mireya Moscoso cuando se le enrostró el hecho de que algunas pocas familias tenían demasiados miembros en el gobierno. De acuerdo a la presidenta arnulfista, era perfectamente lícito que el Estado pagara varios salarios jugosos a padres, hijos, hermanos, tíos, sobrinos, cónyuges, cuñados, suegros, yernos y nueras, para no mencionar las que, sin estar contempladas en el Santo Canon, son igualmente el resultado de un comportamiento inético. El que pensaba que éste era un mal de propiedad exclusiva de una ideología se equivocó, pues recientemente, el presidente Torrijos, al ser cuestionado por la existencia de varios miembros de su entorno familiar en posiciones gubernamentales bien remuneradas, se limitó a señalar que la información era conocida gracias a la transparencia con que su gobierno conducía la cosa pública.
Señor Presidente, de su gobierno se espera que cumpla con las normas éticas y legales que exige la lucha contra la corrupción, y el nepotismo es precisamente una de las prácticas sobre las que se asienta y desarrollan toda clase de corruptelas. Sin embargo, no se ha escuchado una voz de protesta de algún miembro autorizado del PRD, o de algún torrijista de convicción, que con justeza critique el nepotismo actualmente existente. El que calla, otorga. El ciudadano común siente que los gobernantes de ambos partidos de masas son iguales en este punto, pues utilizan su influencia, sin control ni límite alguno, para colocar en cargos bien remunerados a su parentela. Se llaman partidos políticos mientras buscan el poder y dependen del voto ciudadano, pero en cuanto ocupan los sillones de gobierno se comportan como clanes familiares en detrimento de la propia membresía de sus colectivos que les sirvieron como convenientes vehículos, una membresía a la que pertenecen hombres y mujeres dignos, inteligentes y preparados, pero que no necesariamente están conectados a los clanes de gobierno por lazos de familia o amiguismo.
¿Hasta cuándo tendremos que cruzarnos de brazos frente a una situación que debiera ser motivo de escarnio público? ¿Hasta cuándo los contribuyentes tendremos que pagar los salarios de las familias de los políticos? Aunque objetivamente la situación no sea la misma, a veces las palabras hacen que la indignación crezca hasta escocer.
Pero Rotter escribe: "Incluso, muchos trabajadores de clase media que contribuyeron con regularidad han descubierto que sus cuentas privadas, cargadas con tarifas ocultas que absorbieron casi la tercera parte de la inversión original, no producen tantos beneficios como los que habrían recibido si se hubieran quedado con el viejo sistema".
Eso, simplemente, no es verdad. Las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFPs) en Chile cargan una comisión promedio de apenas 0,70%, cantidad muy inferior al promedio de las comisiones de los fondos mutuales en Estados Unidos y el sistema ha sido uno de los principales motores del auge económico chileno, crecimiento muy superior al del resto de América Latina.
Lo que Rotter no menciona es que el actual gobierno socialista chileno ha reducido considerablemente la flexibilidad de las leyes laborales, aumentando así el costo de mano de obra a las empresas y, consecuentemente, haciendo crecer al sector informal, donde no se contribuye a las AFPs.
(*) Director de la agencia AIPE y académico asociado de Cato Institute.www.aipenet.com