Delincuencia, entre la espada y la cruz
El argumento puede resultar engañoso. Se ha dicho que el aumento de penas para jóvenes delincuentes no es la solución. Nadie dice que lo sea. Se trata sencillamente de sacar de circulación, por mayor tiempo, a quienes son un peligro real para la sociedad de bien, para que no anden sueltos mientras se halla una solución.
Se insiste que las cárceles son universidades del crimen, pero las calles lo son peores; y sueltos, los delincuentes son más peligrosos que tenidos a buen resguardo.
Se habla de reeducar a los criminales y de reinsertarlos en la sociedad. Pero libres por las calles o metidos revólver en mano en nuestras casas, no hay manera de hacerlo. Nos daría más tranquilidad que los reeduquen en los propios centros de reclusión.
Se afirma que las cárceles están saturadas y en pésimo estado. Pero esa realidad no justifica que los suelten para que nos secuestren, roben, violen y maten.
Construyamos más cárceles y mejoremos sus condiciones. Y si no tenemos recursos, démoslas en concesión privada.
Se agrega que la represión policial no es remedio. Puede que tengan razón, pero es preferible perseguirlos sin descanso, a que se paseen impunes, cometiendo desmanes, mientras los criminólogos les califican como pobres víctimas de la sociedad que los margina. Realmente se marginan ellos, matando y robando.
Contra la delincuencia, concordamos, hay que aplicar una estrategia compleja que entraña combatir la pobreza, rescatar valores y reeducar; pero también hay que castigar y reprimir con dureza. Es lo que llamamos, la fórmula de la cruz y la espada. Predicar el bien, pero estar presto a descargar el filo del acero de la Ley con toda fuerza sobre quienes se resistan.
Se insiste que las cárceles son universidades del crimen, pero las calles lo son peores; y sueltos, los delincuentes son más peligrosos que tenidos a buen resguardo.
Se habla de reeducar a los criminales y de reinsertarlos en la sociedad. Pero libres por las calles o metidos revólver en mano en nuestras casas, no hay manera de hacerlo. Nos daría más tranquilidad que los reeduquen en los propios centros de reclusión.
Se afirma que las cárceles están saturadas y en pésimo estado. Pero esa realidad no justifica que los suelten para que nos secuestren, roben, violen y maten.
Construyamos más cárceles y mejoremos sus condiciones. Y si no tenemos recursos, démoslas en concesión privada.
Se agrega que la represión policial no es remedio. Puede que tengan razón, pero es preferible perseguirlos sin descanso, a que se paseen impunes, cometiendo desmanes, mientras los criminólogos les califican como pobres víctimas de la sociedad que los margina. Realmente se marginan ellos, matando y robando.
Contra la delincuencia, concordamos, hay que aplicar una estrategia compleja que entraña combatir la pobreza, rescatar valores y reeducar; pero también hay que castigar y reprimir con dureza. Es lo que llamamos, la fórmula de la cruz y la espada. Predicar el bien, pero estar presto a descargar el filo del acero de la Ley con toda fuerza sobre quienes se resistan.