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Delincuencia y cooperación ciudadana


El mismo agente que tiene apenas 19 años de edad y empieza a aplicar en la práctica las enseñanzas teóricas de la Academia de Policía, cuenta que en otra ocasión, estando de ronda con otro compañero en un azotado barrio popular, logró la captura de un antisocial que tenía harta a la comunidad con sus robos residenciales. Cuando instó a los vecinos a acompañarlo a formalizar la denuncia, nadie lo hizo. Le tocó verlo mientras lo liberaban. Y el malandrín, delante de los que hasta ese instante lo custodiaban, lo amenazó: "Mírame bien porque me las cobro".
La impunidad y la irresponsabilidad ciudadana es la conclusión de esta historia. Todo el mundo se queja de la delincuencia, lo cual se refleja en las encuestas serias, incluso la CID/Gallup, que aparece periódicamente en nuestras páginas, pero nadie asume la obligación moral de respaldar con denuncias el trabajo policial.
El resultado es que el hampa se adueña de las calles y actúa a sus anchas, a sabiendas de que nada les ocurrirá, salvo la remota posibilidad de que sea apresada in fraganti por algún policía; y aún así, un ejército de abogados al servicio de las mafias criollas se encarga de emplear argucias legales o de simplemente comprar la libertad de los desalmados; mientras más grave sea el delito, más fácil.
El programa de "vecinos vigilantes" es positivo, pero representa apenas un primer paso en la deseable cooperación ciudadana. Se supone que los ciudadanos deben ver y observar cuanto movimiento sospechoso ocurra en su vecindad y advertirlo a otros de la red y a las autoridades. Pero aún hay mucha reticencia en áreas rojas, de gran incidencia criminal, para que la gente denuncie a sus propios vecinos o a sus hijos. La iniciativa pues, tiene sus limitaciones.
Por otro lado, la ley debiera ser mejorada para permitir la incorporación de ciudadanos comunes con cierto aval de autoridad, para combatir la delincuencia. Debe asimismo flexibilizarse la regulación sobre denuncias, para resguardar el anonimato y proteger a los denunciantes. Hay que usar formas nuevas para combatir el crimen y éstas no pueden ser otras que buscar y estimular una mayor cooperación ciudadana.
Los delincuentes son unos pocos y los ciudadanos de bien, muchos. Es cuestión de organizarse, llenarse de coraje, de asumir responsabilidad, de rescatar el espíritu de solidaridad que dio origen a las barricadas defensivas de los barrios de post invasión del 20 de diciembre de 1989, cuando las comunidades unidas como un puño, ante la ausencia de policías, frenaron con sus propios medios a las hordas de delincuentes.


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