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Delincuentes morales


En medio de la ola de delincuencia, la que se produce de modo individual o la orquestada por las macabras manos del crimen organizado, siendo que ella ha venido dejando réditos de tristeza, luto y dolor, en cientos de hogares y familias panameñas, ahora nos toca observar cómo grandes mayorías nacionales se adentran a celebrar las llamadas festividades del “dios Momo”. Mucho cuidado, pues así también la delincuencia se alista para seguir haciendo de las suyas, por ello debemos advertir la necesidad de ser muy precavidos, no maliciosos pero sí cuidadosos.

No podemos inadvertir que en los últimos días la Policía Nacional ha venido desplegando fuertes cordones de seguridad y vigilancia en álgidos puntos de la ciudad de Panamá y en sus inmediaciones. Sin embargo, pareciera que la batalla la siguen ganando quienes no tienen el mínimo respeto por la vida de los demás, por sus bienes, la paz colectiva y el sosiego doméstico.

En medio de este marasmo urge que, entre todos los panameños y panameñas, amantes de este país, aprendamos a valorarnos un poco más y a querernos. Los delincuentes atentan y violentan bienes ajenos, hurtan o roban, matan o lesionan, violan o estupran, en fin; pero, hay un preciado bien, patrimonio exquisito e invaluable de todo ser humano que, en nuestro medio, ha venido siendo objeto de burla, mofa, destrucción, de un poco importa y que nada vale. Hablo del sagrado patrimonio de la dignidad humana. Se trata de cuestiones elementales que tenemos que recordarnos, día a día, para los efectos de hacer valer y respetar la dignidad propia de nuestros congéneres. Por ejemplo: no hablar mal de nadie; no indisponer, no participar de conversaciones en las que el nombre de una persona se hace trizas, añicos, y le echamos un cerro de cuanta injuria y calumnia se pueda. Tampoco podemos zarandear el apellido o el nombre de un ser humano, vilipendiarlo públicamente, y después, simple y sencillamente, decirle que tiene el derecho a la réplica luego que se le ha destruido, al fragor popular, todo vestigio de su honra y de su dignidad personal, social, familiar.

Esa delincuencia moral está destruyendo a la Patria. Se trata de una delincuencia maloliente, despótica, hasta se halla organizada y ostenta poder: a veces social, otra económico, político, y en no pocas ocasiones hasta se dice tener dominio cultural. Se halla, del mismo modo, solapada y entremetida, cual lagartija, entre la hierba, en las esquinas, difamando a cuanto ser o sujeto se le ocurra. En este tipo de delincuencia participan jóvenes, adultos y hasta ancianos.

Pregunto: ¿Por qué no es posible volver a los viejos principios de una sólida formación moral y cristiana entre nuestros muchachos? y si hay que volver a enseñarles que: “Toda persona se presume inocente hasta tanto no se le haya condenada en un juicio público, transparente, oral, en el que le hayan sido satisfechas todas sus garantías en pro de una auténtica y mejor defensa”. Claro está eso no significa que luego de ese juicio hablemos mal o despotriquemos en contra de nadie.

101 años de Panamá América

 
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