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Delincuentes sin castigo


El cierre de calles se ha constituido en el recurso de todos cuantos quieren lograr el triunfo de sus intereses. Desgraciadamente, no hemos tenido últimamente gobierno que se pare firme con quienes, de una manera u otra, lo chantajean casi a diario. Uno de los casos más patéticos es el de los funcionarios de la Caja de Seguro Social, quienes no repararon en su criminal actitud de desatender a enfermos y contribuir a que se agravaran o murieran.

Cuando Marco Aurelio Robles era ministro de Gobierno y Justicia, frente a la amenaza de maleantes en mucho menor escala que ahora, envió a patrullar las calles con parejas de guardias armados y órdenes de disparar, y declaró que él asumía las responsabilidades del caso, lo que le valió el apodo de "Marco rifle"; pero se acabó el vandalaje. En las siguientes elecciones, fue escogido para Presidente de la República. Cuando Margaret Tatcher fue primera ministra del gobierno inglés, enfrentó una huelga de hambre de cinco súbditos de Irlanda por la resistencia de ella a acceder a lo que pretendían. Doloroso fue lo que sucedió. Murieron dos de los huelguistas. Los otros abandonaron el ejercicio. Desde entonces no ha habido otra huelga similar.

Cuando Ernesto Pérez Balladares fue Presidente de Panamá, los controladores aéreos iniciaron una huelga, y antes de que cobrara mayor fuerza, los destituyó a todos, y destituidos quedaron. Ahora, no entendemos cómo es que nuestros mandatarios toleren y negocien con empleados públicos que se declaran en huelga exigiendo aumento de salario. La consigna para ellos debe ser darles 24 horas para renunciar al cargo a los que no estén conformes y vencido el término sin haberlo hecho, destituirlos. Sobran, y en buena cantidad, quienes estarían dispuestos a reemplazarlos de inmediato por igual ingreso.

101 años de Panamá América

 
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