Democracia
La idea de que el gobierno de un Estado se constituya democráticamente para que sea el del pueblo, por el pueblo y para el pueblo conforme lo concibió Abraham Lincoln en su famosa oración en Gettisburg, es muy noble pero romántica.
Ningún país del mundo con un régimen democrático como el presente, alcanzará jamás un grado de orden, prosperidad y bienestar, mientras no entendamos que el mismo debe instaurarse como una aristocracia de la educación y el pensamiento, aun cuando decirlo así resulte pedante.
A nadie se le ocurriría embarcase en medio de transporte alguno que fuera a ser manejado por un niño o un beodo, puesto que ellos carecerían de idoneidad para actuar; tampoco se le permitiría a un carnicero, por muy diestro que fuera con el hacha y el cuchillo, practicar una cirugía o solicitarle a un médico que confeccionara un vestido a pesar de haber cosido muchísimas heridas a la perfección. En cambio, para la conducción de un país no se requiere más que la edad.
El volcamiento de un auto, la caída de un avión o el naufragio de un barco, por trágico que ello sea, se limita al número de sus ocupantes, pero el mal manejo de un país afecta, por desgracia a todos sus habitantes.
Eso de que en nuestro sistema democrático de gobierno, cualquier persona puede ser electa para ejercer un alto cargo público porque tuvo la oportunidad de contribuir al triunfo de los candidatos vencedores en unas elecciones por su aporte de votos obtenidos, ya legítimamente o mal habidos por compra, debe desaparecer.
El destino de un país no se debe dejar en manos de cualquiera. Es preciso cerrar el paso a los incompetentes por ser ignorantes, aunque sin culpa, así como a los aventureros o jayanes de mala fama bien conocida, por muy capaces que sean, dado el peligro que representan.
Mientras eso no se logre o al menos disminuir en gran escala, el actual sistema de gobierno continuará siendo como un barco tripulado por un mal capitán y malos marineros, en muchos casos, navegando sin rumbo a la deriva.
Tarde o temprano la humanidad tendrá que aceptar con sincero reconocimiento que, aunque conforme a nuestra actual democracia todos podemos aspirar a cualquier cargo público, y a no todos ha de permitírseles lograr nada de todo a lo que aspiren.
Habrá entonces llegado ¡al fin! la verdadera forma de elegir y gobernar.
(cdabadia@cwpanama.net)
Ningún país del mundo con un régimen democrático como el presente, alcanzará jamás un grado de orden, prosperidad y bienestar, mientras no entendamos que el mismo debe instaurarse como una aristocracia de la educación y el pensamiento, aun cuando decirlo así resulte pedante.
A nadie se le ocurriría embarcase en medio de transporte alguno que fuera a ser manejado por un niño o un beodo, puesto que ellos carecerían de idoneidad para actuar; tampoco se le permitiría a un carnicero, por muy diestro que fuera con el hacha y el cuchillo, practicar una cirugía o solicitarle a un médico que confeccionara un vestido a pesar de haber cosido muchísimas heridas a la perfección. En cambio, para la conducción de un país no se requiere más que la edad.
El volcamiento de un auto, la caída de un avión o el naufragio de un barco, por trágico que ello sea, se limita al número de sus ocupantes, pero el mal manejo de un país afecta, por desgracia a todos sus habitantes.
Eso de que en nuestro sistema democrático de gobierno, cualquier persona puede ser electa para ejercer un alto cargo público porque tuvo la oportunidad de contribuir al triunfo de los candidatos vencedores en unas elecciones por su aporte de votos obtenidos, ya legítimamente o mal habidos por compra, debe desaparecer.
El destino de un país no se debe dejar en manos de cualquiera. Es preciso cerrar el paso a los incompetentes por ser ignorantes, aunque sin culpa, así como a los aventureros o jayanes de mala fama bien conocida, por muy capaces que sean, dado el peligro que representan.
Mientras eso no se logre o al menos disminuir en gran escala, el actual sistema de gobierno continuará siendo como un barco tripulado por un mal capitán y malos marineros, en muchos casos, navegando sin rumbo a la deriva.
Tarde o temprano la humanidad tendrá que aceptar con sincero reconocimiento que, aunque conforme a nuestra actual democracia todos podemos aspirar a cualquier cargo público, y a no todos ha de permitírseles lograr nada de todo a lo que aspiren.
Habrá entonces llegado ¡al fin! la verdadera forma de elegir y gobernar.
(cdabadia@cwpanama.net)