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¿Democracia sólo de forma?


Los acontecimientos de las últimas semanas han corroborado lo que, desde los primeros escándalos de figuras principales del actual gobierno, la comunidad venía concibiendo como una erosión gravísima de la independencia de los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial.
El hecho de que se concertara una importante elección en la Asamblea Legislativa, en ostentosa consonancia con la aprobación del contrato de CEMIS y la ratificación de dos magistrados de la Corte Suprema de Justicia, sirvió para coronar la percepción de la ciudadanía sobre la existencia de un poder omnímodo que, actuando detrás de los tres organismos del Estado, prevalece en todos los casos no sólo por encima de principios constitutionales y leyes vigentes, sino también por encima del interés de guardar las apariencias que es lo último que un gobierno acepta perder.
En la situación actual, agravada por el eco de cuestionables modificaciones a concesiones portuarias en menoscabo de los magros ingresos nacionales, salpicada de polémicos fallos de la Corte Suprema de Justicia en clara coincidencia con hechos que pueden ser interpretados como manipulaciones políticas, con la Asamblea en el punto más bajo de reputación que haya alcanzado un Órgano Legislativo en la historia de la República, con miembros del Órgano Ejecutivo que interpretan las leyes conforme a su capricho o su conveniencia y sin freno alguno, con la autonomía y la independencia del Tribunal Electoral en entredicho, cabe preguntarse ¿qué es lo que queda de la democracia que tanta sangre y tanta destrucción costó restablecer?
Con una clase de comerciantes nacionales y extranjeros asfixiados cuando no arruinados por la falta de circulante; con una clase de industriales nacionales y extranjeros arrinconados y sin saber a quién recurrir frente al flujo incontenible de importaciones subsidiadas en su país de origen que les roban mercados; con los agricultores nacionales y extranjeros igualmente agobiados y frustrados en sus aspiraciones y sus esperanzas por importaciones ilegales o improvisadas; con índices de desempleo muy por encima de lo que se estima alarmante, el país comienza a parecer una nave al garete y muy cerca de peligrosos arrecifes. Los vientos propicios soplan únicamente para el pequeño círculo de privilegiados cercanos a quienes ejercen el poder público. La situación actual encierra una peligrosidad que ningún ciudadano sensato puede ignorar.
(rbermudez@cableonda.net)

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