Democracia y corrupción
Los controles existen, pero funcionan pésimamente y el poder judicial no ha gozado continuamente de la necesaria independencia de los poderes políticos, de modo que se fue transformando en dependiente del poder de turno y hasta en legitimador de actos antidemocráticos e inconstitucionales, de modo que fue perdiendo su papel de último guardián de los derechos, de las garantías y de las libertades privadas y públicas de los ciudadanos, quienes quedaron expuestos a los abusos de poder.
La corrupción en las democracias es uno de los fenómenos más preocupantes porque la transparencia no siempre se concreta ni constituye la regla de funcionamiento de los poderes constituidos. Esto ha posibilitado a quienes ejercen los poderes, que actúen impunemente en contra de los intereses populares o a espaldas de la voluntad de los ciudadanos.
No obstante ello, en algunos países se intentó una reconstitución de las fuerzas políticas, desapareciendo en algunos casos de la escena los partidos tradicionales mientras emergían otros actores. Lamentablemente en Panamá no existen razones objetivas para suponer que las perversiones del ejercicio del poder no continúen o no se presenten con nuevas formas y modalidades y que luego se arraiguen en las actuales y futuras estructuras de gobierno, con lo cual naturalmente lo que está en juego es el sistema de partidos políticos en su totalidad.
El riesgo es estructural y determinante para el futuro, dado que si no se encara un saneamiento profundo de nuestra clase dirigente, mal podrían sustentarse nuestros gobernantes en cambios aparentes y simplemente formales, quedando un vacío que llenarán organizaciones de la sociedad civil con su correspondiente nota de incertidumbre.
En relación con el actual desmoronamiento de la legitimidad partidista y democrática, tenemos que destacar que la sociedad panameña está hastiada y muestra estar reaccionando como lo hizo en la década del 80, luego de tolerar largamente las denuncias de corrupción y la crisis moral que golpeó a las distintas clases sociales durante el régimen militar.
La etapa actual de la República exige que la clase dirigente actúe con grandeza y solidaridad, dejando a un lado los hábitos y las adicciones partidistas y personalistas que caracterizaron las últimas gestiones. En caso de que la voluntad popular no sea entendida con profundidad, reingresaremos sistemáticamente a situaciones de mayor crisis de gobernabilidad, con resultados impredecibles en lo político, económico y social.
La corrupción en las democracias es uno de los fenómenos más preocupantes porque la transparencia no siempre se concreta ni constituye la regla de funcionamiento de los poderes constituidos. Esto ha posibilitado a quienes ejercen los poderes, que actúen impunemente en contra de los intereses populares o a espaldas de la voluntad de los ciudadanos.
No obstante ello, en algunos países se intentó una reconstitución de las fuerzas políticas, desapareciendo en algunos casos de la escena los partidos tradicionales mientras emergían otros actores. Lamentablemente en Panamá no existen razones objetivas para suponer que las perversiones del ejercicio del poder no continúen o no se presenten con nuevas formas y modalidades y que luego se arraiguen en las actuales y futuras estructuras de gobierno, con lo cual naturalmente lo que está en juego es el sistema de partidos políticos en su totalidad.
El riesgo es estructural y determinante para el futuro, dado que si no se encara un saneamiento profundo de nuestra clase dirigente, mal podrían sustentarse nuestros gobernantes en cambios aparentes y simplemente formales, quedando un vacío que llenarán organizaciones de la sociedad civil con su correspondiente nota de incertidumbre.
En relación con el actual desmoronamiento de la legitimidad partidista y democrática, tenemos que destacar que la sociedad panameña está hastiada y muestra estar reaccionando como lo hizo en la década del 80, luego de tolerar largamente las denuncias de corrupción y la crisis moral que golpeó a las distintas clases sociales durante el régimen militar.
La etapa actual de la República exige que la clase dirigente actúe con grandeza y solidaridad, dejando a un lado los hábitos y las adicciones partidistas y personalistas que caracterizaron las últimas gestiones. En caso de que la voluntad popular no sea entendida con profundidad, reingresaremos sistemáticamente a situaciones de mayor crisis de gobernabilidad, con resultados impredecibles en lo político, económico y social.