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Democraticemos nuestra democracia


Los embates que sufre nuestro sistema electoral y bipartidista tienen mucho de positivo. Nos recuerda que la tarea por la democratización del país, iniciada tras la invasión norteamericana del 20 de diciembre de 1989, no ha concluido. En gran medida, copiamos el modelo antidemocrático y antipopular de 1968, el mismo que fuera derribado a tiros por el golpe de Estado de Torrijos y Boris Martínez. En términos generales, nuestro pueblo no movió un dedo para defender ese sistema. ¿Lo haría acaso ahora? En general, nadie defiende algo que no sea propio, valioso y digno de sacrificio. Para el común ciudadano: ¿Tenemos hoy una democracia de todos o de unos cuantos?
No son preguntas ociosas. En Centroamérica, su respuesta, en un sentido u otro, ensangrentó y enlutó sus naciones dejando más de un millón de muertos el siglo pasado. Colombia empezó mucho antes y sigue azotada por una guerra nacida y generada por un sistema bipartidista cerrado en el que liberales y conservadores se repartían el botín del poder. En un momento, trató de copiar el modelo conciliador centroamericano, pero fracasó cuando los paramilitares de derecha asesinaron uno a uno a los miembros de la guerrilla sumados al proceso electoral. Estos retornaron a las armas y a las montañas; y desde entonces no han salido de ellas; y nadie puede convencerlos de retornar al sistema otra vez.
¿Qué enseñanzas nos deja el estudio cuidadoso de las experiencias de pacificación centroamericana y colombiana? La respuesta es sencilla. Siendo la guerra una forma de hacer política por otros medios, lo que se hizo en el primer caso y fracasó en el otro, fue convencer a los alzados a que dispararan votos y no balas. El Frente Sandinista nicaragüense y el Ejército de Liberación salvadoreño, se convirtieron en partidos políticos y participan perdiendo a veces y ganando otras, en las elecciones. ¿Es eso suficiente? No en nuestro caso, donde apenas hemos hecho la mitad de la tarea.
Una democracia electoral formal como la nuestra, ya existía en todos los países aquejados por la guerra insurreccional centroamericana de los años 60, 70 y 80; y en Colombia desde 1832. Su problema es que eran democracias de papel, regidas por sistemas cerrados, en los que el bipartidismo liberal y conservador o de otro signo no daba margen para que participaran otras fuerzas que al final se alzaron en armas. Fidel Castro no ganó una sola elección. Pero tomó un atajo que lo tiene en el poder desde 1959.
Si el sistema no se flexibiliza y abre espacio a la participación de sectores políticos minoritarios, estos terminarán tarde o temprano tomando atajos o propiciando exabruptos. No se represan las naturales fuerzas que genera el libre ejercicio democrático, se canalizan para que irriguen, abonen y enriquezcan el sistema. De lo contrario, esas fuerzas contenidas pueden reventar los valladares levantados en su contra y arrastrar con él al sistema. Necesitamos, pues, un sistema electoral moderno de amplia participación, que permita a todas esas pequeñas o medianas fuerzas dispersas hallar su propio espacio, no un espacio ajeno. Panameños notables como Genaro López, Juan Jované, Conrado Sanjur y Alberto Vallarino no deben ser marginados sino incorporados al sistema democrático, no tanto por generosidad como por propia supervivencia en un mundo convulso e inestable.

101 años de Panamá América

 
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