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Democratizando a la democracia


La nota común de nuestros pueblos latinoamericanos, es la desesperanza. El regreso a sistemas democráticos durante la década del ´80, no ha venido acompañado de la prosperidad que todos anhelábamos, y que además, nos merecemos. Demás está decir que la expectativa no ha sido irracional, sino que no hemos terminado de construir las democracias que necesitamos. En algún momento pensamos, y no pocos todavía piensan, que de lo que se trataba era, o de regresar a las democracias que habíamos perdido, o de romper totalmente con el pasado. Es así, como surgió Menem, en Argentina; y en el otro extremo, Fujimori, en Perú y Chávez, en Venezuela. Eso sí, todos hijos del culto a la personalidad, y de la sobredimensión de un presidencialismo autocrático e imperial, que en su afán por acumular cada vez más poder, también quiso y quiere ser reeleccionista. Lo realmente trágico, es que en medio del estruendoso fracaso y de la resaca producido por éste, Argentina y Perú todavía depositen cierta cuota de esperanza en este nuevo tipo de mesianismo político.
Afirmamos que de lo que no se trata es, precisamente, de regresar a los sistemas democráticos anteriores a las dictaduras. Pero, tampoco se trata, de romper con el pasado para crear autocracias con escaparate de democracias, como lo ha hecho Chávez en Venezuela. Hay una serie de elementos nuevos que tenemos que enfrentar en nuestros países, si de verdad queremos construir estas nuevas democracias: la impunidad de un sector de la sociedad, la falta de independencia de nuestros Organos Judiciales, la irrupción del narcotráfico como factor real de poder, la falta de un proyecto social común a todos los latinoamericanos, y la ausencia de un verdadero Estado de Derecho, entre otros. En otras palabras, Latinoamérica debe construirse “democratizando” a la democracia, y mirando hacia el futuro, no mirando hacia el pasado. En esta oportunidad, quiero referirme a dos factores, que a la vez que caracterizan las carencias de las nuevas democracias latinoamericanas, constituyen para los panameños, en particular, retos en los que debemos esmerarnos, si es que de verdad vamos a construir la democracia que tanto necesitamos. Veamos:
1. El primer informe de Desarrollo Humano del PNUD, indica que el 40% de los panameños son pobres, y que de ese 40%, 50% están por debajo de la extrema pobreza. Todo ello, a pesar del sostenido aumento en la inversión social llevado a cabo por las tres (3) últimas administraciones.
2. A pesar de contar con leyes que garantizan la libertad de expresión y de información, existen en la sociedad panameña espacios autocráticos que restringen de hecho, el ejercicio de estas libertades fundamentales. Tenemos, por una parte, a las leyes de desacato, que permiten a los funcionarios públicos castigar a comunicadores sociales y particulares cuando estos supuestamente los ofendan, sin pasar por los trámites del debido proceso. Y, asimismo, tenemos la pertenencia a la esfera penal, de la legislación sobre la calumnia y la injuria; que permite que los funcionarios públicos utilicen estas figuras legales para intimidar y perseguir a periodistas y comunicadores sociales.
Si luchamos por disminuir sustantivamente la pobreza y por eliminar estos espacios autocráticos que todavía subsisten en el sistema, estaremos dando importantes pasos por afianzar nuestra democracia. Eso no significa postergar los otros factores, a los cuales ya hemos hecho alusión; sólo queremos destacar en esta ocasión a aquellos que atañen a políticas públicas (la pobreza), y a la extirpación de bolsones autocráticos de poder (leyes de desacato, judicialización de la calumnia y la injuria y existencia de leyes mordaza).
Nuestro deber es encender la luz, en medio de la oscuridad. Los panameños están cada vez más frustrados, y cada vez más miran como ejemplo, a Argentina, a Venezuela y a Perú. Es nuestra obligación recordarles que este camino por construir nuestra democracia será largo y con obstáculos, pero que, en cambio, las soluciones mesiánicas de los Chávez, los Fujimori y los Menem; sólo nos conducirán al desastre.

101 años de Panamá América

 
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