Depredación arqueológica submarina
Quienes hayan pensado o expresado que Panamá es un país con gran ímpetu de supervivencia, están en lo cierto. No ha habido época en la cual no se haya querido despojar de nuestra identidad, arrancarnos los rasgos que nos definen a través del tiempo como pueblo y como nación. Los historiadores, sociólogos, antropólogos, poetas y otros cultores de disciplinas afines estamos empañados -y en ello comprometemos nuestras existencias- en destacar y cimentar los elementos característicos que permiten diferenciar a los panameños de otros conglomerados humanos. En ese propósito común se unen las diversas vertientes de la gama de conocimientos que tienen el hombre como centro y vértice de sus esfuerzos.
Da la impresión de que los humanistas panameños caminamos en sentido inverso a la constante fuga de nuestra historia por manos inescrupulosas que con ella comercian, la trasladan subrepticiamente a otras latitudes obteniendo pingues ganancias y no tienen reparos en llevarse lo que por derecho secular nos pertenece y forma parte de nuestro desenvolvimiento cultural a través de las edades.
Ahora el execrable turno de ese despojo está en nuestra riqueza arqueológica subacuática. Sin piedad hay un saqueo de los yacimientos, que por siglos duermen en el fondo del mar, esperando que de ellos se haga un rescate científico y su exhibición contribuya a consolidar la nacionalidad y aleccione a las presentes y futuras generaciones. Pero ello no es así. Los "huaqueros" del océano, terroristas de la arqueología hacen su agosto en aguas territoriales panameñas; con el mayor desparpajo, ilegalidad y falta de ética se apropian de vestigios de nuestra vida colonial, objetos de distinta naturaleza que van a parar a colecciones privadas e incluso, entidades museográficas que los adquieren sin siquiera indagar su procedencia.
Preservar la historia no es sólo tarea de investigadores e historiadores profesionales. Ello es una función ineludible del Estado, a través de la institución correspondiente: el Instituto Nacional de Cultura. Hace falta, pues, que al INAC se le proporcionen los recursos humanos especializados, suficientes medios económicos e instrumentos legales fuertes para detener a quienes incursionan en nuestros mares y descaradamente nos quitan a mansalva lo que es nuestro y solamente nuestro.
En Panamá hace falta una ley que otorgue suficientes facultades al Instituto de Cultura para crear un departamento de control arqueológico activo, dinámico y con el personal apropiado.
A nivel oficial, parece que la cultura es un renglón que poco se toma en cuenta a la hora de estructurar el presupuesto y los medios que se le reconocen con exiguos, incapaces de efectuar una labor profunda para preservar nuestra arqueología, cuyo fundamental destinatario es el pueblo. A él pertenece, ese es su distintivo. La historia es un atributo inalienable que nos vincula de generación en generación, cimentando el sustrato cultural de la nación y nos proyecta para el futuro. Sólo eso nos faltaba: depredación arqueológica submarina a ciencia y paciencia de las autoridades encargadas de velar por nuestra integridad cultural.
Otros países, también pequeños como el nuestro y donde los recursos no son precisamente abundantes, despliegan un trabajo digno de encomio para impedir el contrabando arqueológico, aplican sin contemplaciones las leyes vigentes y se enorgullecen de presentar esos tesoros a propios y extraños, porque son el símbolo de sus raíces y la muestra inequívoca de que su historia cuenta con respetables antecedentes.
Despierta Panamá, guarda lo que es tuyo. No permitas que nadie saque a escondidas objetos vetustos del mar ni de los sepulcros indígenas, pues ellos no tienen más que un solo sueño: el hombre panameño de hoy y del mañana.
Cada ciudadano ha de constituirse en vigilante celoso de su herencia espiritual. Sin embargo, el Estado tiene la autoridad y el poder suficiente que detenga la salida del Istmo de trozos irrecuperables de la historia local. Con una cultura débil y sin protección estaremos subordinados a naciones más fuertes, seremos estrujados por quienes se crean nuestros dueños y debilitaremos el porvenir de los próximos panameños. La cultura es la mejor defensa de nuestra innegable identidad, comparable a una póliza de seguros para el Panamá que viene.
Da la impresión de que los humanistas panameños caminamos en sentido inverso a la constante fuga de nuestra historia por manos inescrupulosas que con ella comercian, la trasladan subrepticiamente a otras latitudes obteniendo pingues ganancias y no tienen reparos en llevarse lo que por derecho secular nos pertenece y forma parte de nuestro desenvolvimiento cultural a través de las edades.
Ahora el execrable turno de ese despojo está en nuestra riqueza arqueológica subacuática. Sin piedad hay un saqueo de los yacimientos, que por siglos duermen en el fondo del mar, esperando que de ellos se haga un rescate científico y su exhibición contribuya a consolidar la nacionalidad y aleccione a las presentes y futuras generaciones. Pero ello no es así. Los "huaqueros" del océano, terroristas de la arqueología hacen su agosto en aguas territoriales panameñas; con el mayor desparpajo, ilegalidad y falta de ética se apropian de vestigios de nuestra vida colonial, objetos de distinta naturaleza que van a parar a colecciones privadas e incluso, entidades museográficas que los adquieren sin siquiera indagar su procedencia.
Preservar la historia no es sólo tarea de investigadores e historiadores profesionales. Ello es una función ineludible del Estado, a través de la institución correspondiente: el Instituto Nacional de Cultura. Hace falta, pues, que al INAC se le proporcionen los recursos humanos especializados, suficientes medios económicos e instrumentos legales fuertes para detener a quienes incursionan en nuestros mares y descaradamente nos quitan a mansalva lo que es nuestro y solamente nuestro.
En Panamá hace falta una ley que otorgue suficientes facultades al Instituto de Cultura para crear un departamento de control arqueológico activo, dinámico y con el personal apropiado.
A nivel oficial, parece que la cultura es un renglón que poco se toma en cuenta a la hora de estructurar el presupuesto y los medios que se le reconocen con exiguos, incapaces de efectuar una labor profunda para preservar nuestra arqueología, cuyo fundamental destinatario es el pueblo. A él pertenece, ese es su distintivo. La historia es un atributo inalienable que nos vincula de generación en generación, cimentando el sustrato cultural de la nación y nos proyecta para el futuro. Sólo eso nos faltaba: depredación arqueológica submarina a ciencia y paciencia de las autoridades encargadas de velar por nuestra integridad cultural.
Otros países, también pequeños como el nuestro y donde los recursos no son precisamente abundantes, despliegan un trabajo digno de encomio para impedir el contrabando arqueológico, aplican sin contemplaciones las leyes vigentes y se enorgullecen de presentar esos tesoros a propios y extraños, porque son el símbolo de sus raíces y la muestra inequívoca de que su historia cuenta con respetables antecedentes.
Despierta Panamá, guarda lo que es tuyo. No permitas que nadie saque a escondidas objetos vetustos del mar ni de los sepulcros indígenas, pues ellos no tienen más que un solo sueño: el hombre panameño de hoy y del mañana.
Cada ciudadano ha de constituirse en vigilante celoso de su herencia espiritual. Sin embargo, el Estado tiene la autoridad y el poder suficiente que detenga la salida del Istmo de trozos irrecuperables de la historia local. Con una cultura débil y sin protección estaremos subordinados a naciones más fuertes, seremos estrujados por quienes se crean nuestros dueños y debilitaremos el porvenir de los próximos panameños. La cultura es la mejor defensa de nuestra innegable identidad, comparable a una póliza de seguros para el Panamá que viene.