Derecho de admisión y discriminación
Cierto es que todos somos iguales, sólo que unos somos más iguales que otros. Al margen de la aparente ironía, lo dicho muestra la realidad innegable de la diversidad que reina en todas las especies y géneros, con toda la riqueza y ventaja que ello encierra. "Para gusto, los colores", suele decirse, y bendito es que así sea. Aburrido sería concebir un mundo de absoluta igualdad.
La naturaleza tiene sustento de peso para la diversidad. Es un medio de sobrevivencia de los seres vivos en un medio hostil que los somete a una implacable selección. El ser humano no está excluido de esa máxima vital. La mayor pigmentación de la piel es una protección contra los rayos solares cuando se vive a la intemperie. Un superior desarrollo muscular supone una respuesta a requerimientos físicos equivalentes, al igual que una ancha caja torácica en altas montañas.
Si a las diferencias físicas añadimos las culturales, tendremos un mosaico mayor. La religión, el status económico, la situación social, la ideología, el idioma, las costumbres y creencias, crean a veces abismos más pronunciados que los físicos. Así por ejemplo, ninguna diferencia hay entre dos irlandeses del norte, salvo que uno es católico y otro protestante, y ese detalle pesa más que todo.
Por otra parte, hay una tendencia natural en todas las especies a agruparse entre iguales, por la sencilla razón de que se armoniza mejor. Cuando se desconoce esa elemental regla, se arriesga a crear conflictos. No otra cosa ocurrió luego del descubrimiento de América. Hay pues que tener eso presente para no forzar situaciones de tensión innecesarias. No es discriminación, es respetar elementales normas de convivencia. La gente se siente mejor entre sus iguales y tiene derecho a que nadie, ni siquiera una ley - invocando valores superiores, por válidos que sean - lo desconozca.
Si se quiere, es una extensión al derecho a la intimidad. Así, ningún extraño tiene derecho a irrumpir en la casa ajena. Eso no es discriminación por razón de raza, credo, sexo o ideas. Del mismo modo, puede sostenerse que la Ley no debe forzar a un grupo de personas que alterna entre sí en un lugar privado cualquiera, a tolerar la presencia extraña - que repetimos nada tenga que ver con discriminación por razones apuntadas -. Por eso, creemos que no asiste razón a quienes insisten en que se desconozca la reserva de admisión en clubes y lugares de diversión que son lugares privados - no públicos, como erróneamente se afirma, como sí lo son un estadio o gimnasio - en los cuales, con fundada razón ejerzan sus dueños su dominio conforme a criterios no discriminatorios.
La naturaleza tiene sustento de peso para la diversidad. Es un medio de sobrevivencia de los seres vivos en un medio hostil que los somete a una implacable selección. El ser humano no está excluido de esa máxima vital. La mayor pigmentación de la piel es una protección contra los rayos solares cuando se vive a la intemperie. Un superior desarrollo muscular supone una respuesta a requerimientos físicos equivalentes, al igual que una ancha caja torácica en altas montañas.
Si a las diferencias físicas añadimos las culturales, tendremos un mosaico mayor. La religión, el status económico, la situación social, la ideología, el idioma, las costumbres y creencias, crean a veces abismos más pronunciados que los físicos. Así por ejemplo, ninguna diferencia hay entre dos irlandeses del norte, salvo que uno es católico y otro protestante, y ese detalle pesa más que todo.
Por otra parte, hay una tendencia natural en todas las especies a agruparse entre iguales, por la sencilla razón de que se armoniza mejor. Cuando se desconoce esa elemental regla, se arriesga a crear conflictos. No otra cosa ocurrió luego del descubrimiento de América. Hay pues que tener eso presente para no forzar situaciones de tensión innecesarias. No es discriminación, es respetar elementales normas de convivencia. La gente se siente mejor entre sus iguales y tiene derecho a que nadie, ni siquiera una ley - invocando valores superiores, por válidos que sean - lo desconozca.
Si se quiere, es una extensión al derecho a la intimidad. Así, ningún extraño tiene derecho a irrumpir en la casa ajena. Eso no es discriminación por razón de raza, credo, sexo o ideas. Del mismo modo, puede sostenerse que la Ley no debe forzar a un grupo de personas que alterna entre sí en un lugar privado cualquiera, a tolerar la presencia extraña - que repetimos nada tenga que ver con discriminación por razones apuntadas -. Por eso, creemos que no asiste razón a quienes insisten en que se desconozca la reserva de admisión en clubes y lugares de diversión que son lugares privados - no públicos, como erróneamente se afirma, como sí lo son un estadio o gimnasio - en los cuales, con fundada razón ejerzan sus dueños su dominio conforme a criterios no discriminatorios.