Derecho a la educación, ¿para quiénes?
UNO de los principios establecidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos es el derecho a la educación para todos, sin distingos de raza, nacionalidad, creencia o clase social. La consignación de este derecho obedece al reconocimiento del poder transformador de la educación y de su valor como un medio indispensable para el progreso de los pueblos. Aunque, en las últimas décadas se han incrementado los esfuerzos para mejorar la cobertura y la calidad de la educación a nivel mundial, el panorama se empaña con la existencia de sectores marginados por la pobreza o prejuicios, quienes son privados de este fundamental derecho.
Mientras en algunos países, ciertos grupos humanos son excluidos como consecuencia de deficiencias culturales, sociales y/o económicas, en otras latitudes (como en el caso específico de Irán, desde la revolución islámica en 1980 y de Egipto, recientemente), es el resultado de una medida gubernamental adoptada para coartar el derecho a la educación a miles de niños y jóvenes, simplemente, por sus creencias religiosas. ¿Cómo es posible que aún en el siglo XXI, no hayamos podido detener semejante atrocidad hacia las víctimas inocentes de estos países?
Sabemos que la educación debe ser integral (intelectual, humana, espiritual y física) porque la sola instrucción no garantiza el verdadero bienestar y felicidad de los pueblos. Es bien conocido que existen altos índices de suicidios, abuso de drogas y crímenes, aún en países desarrollados con elevado nivel de escolaridad. El progreso material y espiritual deben ir de la mano, pues no puede existir una sociedad de oro con ciudadanos de plomo. La persona humana se educa integralmente, no sólo en las escuelas, donde principalmente está enfocada la atención de los gobiernos, sino en el hogar y la sociedad en que vive.
En ese sentido, todos en general y los medios de comunicación en particular, somos responsables de la formación de las nuevas generaciones. En esta medida, el Estado debería ampliar su campo de acción y de vigilancia para salvaguardar este derecho. No podemos, por un lado, formar en las escuelas y, por el otro, permitir la deformación en la sociedad. El divorcio entre ambas ha dado como saldo una débil formación y mucha confusión. ¿Qué tipo de seres hemos formado? Según los escritos bahá´ís, en el ser humano existen dos naturalezas: la superior o espiritual y la inferior o material. Por medio de la primera, el hombre manifiesta valores como el amor, tolerancia, justicia...; y en su aspecto material, demuestra crueldad, injusticia y egoísmo... Una verdadera educación espiritual debe fortalecer la naturaleza superior del hombre a tal punto que pueda dominar sus bajos instintos, manifestando acciones, sentimientos y pensamientos más nobles y elevados. Como sentencia Bahá´u´llah: "El hombre es una mina rica en gemas de valor inestimable. Solamente la educación puede hacer revelar sus tesoros y permitir a la humanidad beneficiarse de éstos".
En esencia, todo hombre y mujer debería tener la oportunidad de manifestar sus múltiples cualidades y talentos, aquellas minas que inherentemente posee, mediante la educación integral. Una vez que este derecho fundamental esté al alcance de todos y todas, la humanidad alcanzará su verdadero destino: llevar adelante una civilización en continuo progreso.
(*) Asistente de Prensa del Dr. Ernesto Pérez Balladares.
Mientras en algunos países, ciertos grupos humanos son excluidos como consecuencia de deficiencias culturales, sociales y/o económicas, en otras latitudes (como en el caso específico de Irán, desde la revolución islámica en 1980 y de Egipto, recientemente), es el resultado de una medida gubernamental adoptada para coartar el derecho a la educación a miles de niños y jóvenes, simplemente, por sus creencias religiosas. ¿Cómo es posible que aún en el siglo XXI, no hayamos podido detener semejante atrocidad hacia las víctimas inocentes de estos países?
Sabemos que la educación debe ser integral (intelectual, humana, espiritual y física) porque la sola instrucción no garantiza el verdadero bienestar y felicidad de los pueblos. Es bien conocido que existen altos índices de suicidios, abuso de drogas y crímenes, aún en países desarrollados con elevado nivel de escolaridad. El progreso material y espiritual deben ir de la mano, pues no puede existir una sociedad de oro con ciudadanos de plomo. La persona humana se educa integralmente, no sólo en las escuelas, donde principalmente está enfocada la atención de los gobiernos, sino en el hogar y la sociedad en que vive.
En ese sentido, todos en general y los medios de comunicación en particular, somos responsables de la formación de las nuevas generaciones. En esta medida, el Estado debería ampliar su campo de acción y de vigilancia para salvaguardar este derecho. No podemos, por un lado, formar en las escuelas y, por el otro, permitir la deformación en la sociedad. El divorcio entre ambas ha dado como saldo una débil formación y mucha confusión. ¿Qué tipo de seres hemos formado? Según los escritos bahá´ís, en el ser humano existen dos naturalezas: la superior o espiritual y la inferior o material. Por medio de la primera, el hombre manifiesta valores como el amor, tolerancia, justicia...; y en su aspecto material, demuestra crueldad, injusticia y egoísmo... Una verdadera educación espiritual debe fortalecer la naturaleza superior del hombre a tal punto que pueda dominar sus bajos instintos, manifestando acciones, sentimientos y pensamientos más nobles y elevados. Como sentencia Bahá´u´llah: "El hombre es una mina rica en gemas de valor inestimable. Solamente la educación puede hacer revelar sus tesoros y permitir a la humanidad beneficiarse de éstos".
En esencia, todo hombre y mujer debería tener la oportunidad de manifestar sus múltiples cualidades y talentos, aquellas minas que inherentemente posee, mediante la educación integral. Una vez que este derecho fundamental esté al alcance de todos y todas, la humanidad alcanzará su verdadero destino: llevar adelante una civilización en continuo progreso.
(*) Asistente de Prensa del Dr. Ernesto Pérez Balladares.