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Desaceleración gubernativa


L as dictaduras militares y civiles nos dejaron a latinoamericanos en general, y a los panameños en particular, el resabio de la dependencia del pueblo al gobierno, y la creencia de que todo el poder público gira en torno a la figura del Presidente de la República.

Por algún extraño motivo, los cambios en las estructuras políticas y socioeconómicas de finales del siglo pasado y principios del presente, suceden allende la cotidianidad, jamás en nuestras mentes. Los panameños somos el ejemplo más a mano para mostrar que se continúa pensando, por ejemplo, que los mandatarios tienen todo el derecho a lanzar líneas o cobrar favores que los magistrados de las cortes y los diputados deben aceptar. Nos quejamos, pero nunca hacemos nada concreto para que las cosas cambien.

Lo peor de todo es que consideramos de lo más natural que el señor Presidente sea centro y motor del acontecer nacional. Aceptamos con indiferencia la denominación "sistema presidencialista" para explicar esa tara. Por ende, a nadie se le ocurre espantarse si el jefe de gobierno decide dormirse un poco en lo que él considera son sus laureles, mientras el resto del mundillo gubernativo se va a la cama también y el aparato estatal, cual gigante atontado, deja de moverse.

Mientras, el país verdadero se agita, se retuerce, se acerca de manera peligrosa a algo parecido a la anarquía, y ninguna autoridad se inmuta. Quizá están esperando que "el jefe" dé una señal, una orden. Pero como él está comprometido en otros avatares, el gobierno en pleno se pone a roncar.

101 años de Panamá América

 
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