Desafíos de una oposición responsable
En sus primeras declaraciones públicas desde que dejó el gobierno, Mireya Moscoso trató de descalificar lo actuado hasta el momento por el presidente Martín Torrijos y anticipó que la suya será una oposición agresiva y hostil. Ojalá sea más responsable fuera del gobierno que cuando estuvo al frente del Ejecutivo. Porque del mismo modo como llegó al poder desconociendo las tareas que le esperaban, así fue su gestión de cinco años signados por un manejo inescrupuloso de las finanzas públicas y por un prolongado carnaval de improvisaciones e incoherencias.
La falta de democracia interna en el Partido Arnulfista (PA), al borde de la rebelión por las prácticas autoritarias de Moscoso y su círculo más íntimo, podría llevar a esa formación política, pese a su presencia en la Asamblea Legislativa, a desaparecer de la expectativa de la gente.
En momentos en que el PRD, con todas sus contradicciones internas, ocupa el centro del escenario nacional y del poder político, se hace más urgente el balance institucional del sistema democrático. De allí, el rol de una oposición responsable.
Politólogos como el italiano Gianfranco Pasquino han señalado que la calidad de una democracia depende no sólo de las virtudes del gobierno y de sus interacciones con la oposición, sino en modo especial de la conducta de la oposición. Por un lado está la gestión y firmeza programática del gobierno. Por el otro, la calidad de la oposición y la interrelación con el oficialismo. Los grandes debates nacionales no se resuelven con soluciones extremas, sino con coincidencias, armonizando intereses concurrentes.
La oposición no debe ver la realidad nacional sólo como un escenario publicitario en el que conviene agitar reclamos de medidas imposibles. Una oposición que rechaza de plano las políticas oficiales sin generar alternativas realistas, en el sentido democrático del término, no es oposición. Es simplemente obstruccionismo, que reniega del sistema, pero que busca usufructuar las ventajas que le ofrece.
La mayoría de los panameños rechaza una oposición que busca entendimientos con el gobierno a cambio de favores políticos o nombramientos en posiciones privilegiadas en el aparato del Estado. La oposición debe demostrar que no la mueve únicamente la insana falta de vergüenza y la carencia de una ética social básica en el quehacer político. Debe generar conductas innovadoras en una sociedad yerma de moral y de pudor.
El gobierno, por otro lado, no debe ignorar a quienes no concuerdan con las iniciativas oficiales. La institucionalidad democrática exige el libre juego de las alternativas y la confrontación de ideas, la existencia de otros caminos posibles, arrimando opciones de búsqueda conjunta de soluciones de fondo a los problemas nacionales. La oposición debe ser copartícipe y corresponsable del funcionamiento del sistema democrático, no simplemente un testigo silencioso. Tanto el gobierno como la oposición deben tener una clara visión del país posible convencidos de que Panamá, en su conjunto, tiene mayor trascendencia que los partidos políticos y que el bienestar de la colectividad constituye la primera prioridad.
Son numerosos los temas de Estado. La lista comprende programas de generación de empleos y reducción de la pobreza, corregir la inequidad con el fin de asegurar mejores oportunidades para todos, garantizar los servicios sociales y mejorar la educación pública. Deben impulsarse también políticas tributarias equitativas que terminen con la evasión de los empresarios, seguridad ciudadana, confiabilidad jurídica para el fomento de las inversiones, clara y definida política exterior y una justicia, transparente y efectiva, con independencia del poder político de turno.
El gobierno y la oposición deben pensar de qué manera se fortalecerá la democracia frente a las enormes tensiones políticas y sociales que sacuden las estructuras del Estado. Juntos deben garantizar el funcionamiento de los instrumentos de control y de interacción.
El país necesita una oposición que aporte al debate de ideas, que señale errores, que promueva consensos, que deseche efímeros oportunismos electorales y cree alternativas de solución a los problemas nacionales; requiere de una oposición que deje de estar absorbida en la disputa coyuntural por el poder y que asuma los temas prioritarios y la búsqueda de acuerdos para superar los históricos rezagos sociales de los panameños.
La falta de democracia interna en el Partido Arnulfista (PA), al borde de la rebelión por las prácticas autoritarias de Moscoso y su círculo más íntimo, podría llevar a esa formación política, pese a su presencia en la Asamblea Legislativa, a desaparecer de la expectativa de la gente.
En momentos en que el PRD, con todas sus contradicciones internas, ocupa el centro del escenario nacional y del poder político, se hace más urgente el balance institucional del sistema democrático. De allí, el rol de una oposición responsable.
Politólogos como el italiano Gianfranco Pasquino han señalado que la calidad de una democracia depende no sólo de las virtudes del gobierno y de sus interacciones con la oposición, sino en modo especial de la conducta de la oposición. Por un lado está la gestión y firmeza programática del gobierno. Por el otro, la calidad de la oposición y la interrelación con el oficialismo. Los grandes debates nacionales no se resuelven con soluciones extremas, sino con coincidencias, armonizando intereses concurrentes.
La oposición no debe ver la realidad nacional sólo como un escenario publicitario en el que conviene agitar reclamos de medidas imposibles. Una oposición que rechaza de plano las políticas oficiales sin generar alternativas realistas, en el sentido democrático del término, no es oposición. Es simplemente obstruccionismo, que reniega del sistema, pero que busca usufructuar las ventajas que le ofrece.
La mayoría de los panameños rechaza una oposición que busca entendimientos con el gobierno a cambio de favores políticos o nombramientos en posiciones privilegiadas en el aparato del Estado. La oposición debe demostrar que no la mueve únicamente la insana falta de vergüenza y la carencia de una ética social básica en el quehacer político. Debe generar conductas innovadoras en una sociedad yerma de moral y de pudor.
El gobierno, por otro lado, no debe ignorar a quienes no concuerdan con las iniciativas oficiales. La institucionalidad democrática exige el libre juego de las alternativas y la confrontación de ideas, la existencia de otros caminos posibles, arrimando opciones de búsqueda conjunta de soluciones de fondo a los problemas nacionales. La oposición debe ser copartícipe y corresponsable del funcionamiento del sistema democrático, no simplemente un testigo silencioso. Tanto el gobierno como la oposición deben tener una clara visión del país posible convencidos de que Panamá, en su conjunto, tiene mayor trascendencia que los partidos políticos y que el bienestar de la colectividad constituye la primera prioridad.
Son numerosos los temas de Estado. La lista comprende programas de generación de empleos y reducción de la pobreza, corregir la inequidad con el fin de asegurar mejores oportunidades para todos, garantizar los servicios sociales y mejorar la educación pública. Deben impulsarse también políticas tributarias equitativas que terminen con la evasión de los empresarios, seguridad ciudadana, confiabilidad jurídica para el fomento de las inversiones, clara y definida política exterior y una justicia, transparente y efectiva, con independencia del poder político de turno.
El gobierno y la oposición deben pensar de qué manera se fortalecerá la democracia frente a las enormes tensiones políticas y sociales que sacuden las estructuras del Estado. Juntos deben garantizar el funcionamiento de los instrumentos de control y de interacción.
El país necesita una oposición que aporte al debate de ideas, que señale errores, que promueva consensos, que deseche efímeros oportunismos electorales y cree alternativas de solución a los problemas nacionales; requiere de una oposición que deje de estar absorbida en la disputa coyuntural por el poder y que asuma los temas prioritarios y la búsqueda de acuerdos para superar los históricos rezagos sociales de los panameños.